martes, 14 de octubre de 2014

Capítulo iv



CAPÍTULO IV

CONTINGENCIA

Las pisadas producían un vacío eco en aquel pasadizo oscuro. Dos soldados escoltaban a ese hombre, ahora dueño de todo SILCORP, Paulo Silva.
La frialdad en sus ojos delataba su tranquilidad, a pesar de no haber dormido en toda la noche, su posición firme demostraba su capacidad para manejar todo tipo de situaciones.
Se encontraban en una especie de bunker bajo tierra de paredes grises, sólo al final se veía una pequeña luz arriba de una compuerta, que se abrió cuando uno de los soldados pasó su identificación por una ranura magnética.
—Pase señor Silva —dijo el soldado. Su compañero y él se quedaron fuera mientras Paulo entraba a una sala de conferencias donde sólo había un sitio libre. Los otros nueve asientos estaban ocupados por siete hombres y dos mujeres.
—Tome asiento señor Silva —Habló un viejo de cabello totalmente blanco que vestía un traje elegante de color negro, se encontraba en una de las cabeceras de la mesa.
Paulo obedeció. A su costado se encontraba una supuesta anciana debido a las notorias arrugas en sus manos, su rostro era cubierto por una máscara de bruja con una larga nariz. Su cabello era rubio y sus venosos ojos se clavaron en los de Paulo que ni se inmutó ya que la presencia del niño de moreno de ojos blancos al otro costado le parecía más extraña.
—No te sorprendas por la apariencia de Morric —dijo el viejo de la cabecera— es bastante inteligente y su padre le transmitió todos sus conocimientos antes de morir.
Era la primera vez que Paulo veía a esos hombres y mujeres. No todos tenían extrañas apariencias y máscaras, pero el sitio donde se encontraban aparentaba ser el lugar más seguro del mundo.
Habían pasado ya siete horas desde que llamaron a su oficina. Un hombre se identificó como Lucio y le dictó unas coordenadas aéreas a las que se debería dirigir si quería salvarle la vida a su hermana y a sus sobrinos.
La voz por el teléfono del tal Lucio era la misma de aquel viejo sentado en la cabecera. Su anciana voz era marcada con un acento extraño que Paulo no descifraba de donde podía provenir.
—Sabía que llegaría pronto —dijo el viejo— es el mismo piloto que trae a su padre a este lugar.
—¿Mi padre? —Preguntó Paulo intrigado, mas no sorprendido.
—Tendríamos mucho para hablar señor Silva, pero se lo resumiré en pocas palabras.
—Llámame Paulo y estoy de acuerdo, no tengo mucho tiempo que perder.
—Lo sé muy bien —respondió Lucio con mirada de preocupación—, empezaré con lo más básico.
De este modo, el anciano llamado Lucio empezó a hablar mientras que los demás, incluido Paulo, escuchaban con atención.
—Como te habrás dado cuenta al llegar con tu helicóptero, estamos en el medio del desierto. No hay forma de que alguien nos pueda encontrar. Sólo muy pocos sabemos sobre la existencia de este lugar. En esta mesa están sentados los líderes del mundo— Paulo entrecerró los ojos ante esto último dicho por Lucio—. Obviamente tu padre es miembro de este grupo de hombres y mujeres… Tú estás ocupando su lugar.
Paulo miraba fijamente los ojos de aquel anciano, aunque por momentos se fijaba en las apariencias de esos supuestos líderes mundiales.
—Tu padre no está aquí por obvias razones —continuó Lucio—. El hecho de que sus nietos hayan sido secuestrados por un desconocido y que su hija haya sido amenazada de tortura y asesinato, no lo harían pensar fríamente. Aparte, Lucas está ya muy viejo, ha sido sabio de tu parte no informarle nada, podría reventarle el corazón en el instante.
—Lo sé.
—Ahora tú tomarás su lugar.
—¿A qué se refieren con tomar su lugar?
—Ya te lo dije. Somos los líderes del mundo. Una hermandad que ha sido creada desde tiempos inmemorables delegada de generación en generación, por eso tomarás tú el lugar de tu padre.
Paulo trató de ordenar sus ideas, pero no tenía tiempo, mientras más minutos pasaba ahí, más chances tendría el asesino para matar a sus sobrinos o a su hermana.
—Nosotros te hemos traído aquí porque queremos ayudarte— seguía hablando Lucio—. La hermandad Sigma siempre se ha protegido de situaciones como la que estás viviendo Paulo. Ciudad Paraíso no se hizo en un sólo día, la construyeron nuestros antepasados, al igual que las otras ciudades del mundo. Si suceden las cosas es porque nosotros quisimos que así sucedieran. Hemos tenido el control de toda situación que ha ocurrido desde que volvió a haber vida en la Tierra. Lucas siguió los pasos de tu abuelo,y este de su padre.
—¿Quieres decir, que ustedes son los que toman las decisiones que rigen el destino del mundo y así ha sido siempre?
—Así es.
—¿Y qué ha pasado entonces? ¿Ustedes tomaron la decisión de raptar y amenazar a mi familia?
Los miembros de la hermandad Sigma, se miraron entre ellos, finalmente habló Lucio.
—No sabemos de quien se trata— se hizo otra pausa—. No sabemos cuántos son, dónde se encuentran, ni tampoco sabemos cómo lo hacen.
—¿Y cómo piensan ayudarme?
—Directamente no lo haremos nosotros.
—¿Qué quieres decir?
—Hay una persona que podría capturar a éste o éstos asesinos.
—¿Y quién es esta persona?
—Ya lo conocerás. Viene en camino.


Eric Arrieta trataba encontrar los ojos negros de Layla detrás de esas gruesas gafas, pero sólo alcanzaba a ver el reflejo del sol que entraba por la ventana de la sala de su apartamento.
La mujer estaba parada cerca de la puerta, vestida de negro como siempre, pero ésta vez en lugar de tener un fajo de papeles en la mano, ahora tenía un gigantesco cuchillo de cocina.
A pesar de que Eric era soltero, se las había ingeniado para que su apartamento se vea bastante bien. Las paredes eran de color crema, adornadas por cuadros con pinturas de paisajes. La cocina se encontraba a unos 4 metros pero Layla estaba lo suficientemente cerca como para lanzarse sobre él y apuñarlo hasta morir si es que él hacía un movimiento en falso.
—Layla…—dijo con mucho miedo el muchacho— ¿Cómo entraste?
La figura espectral de Layla sólo levantó la mano para señalar la puerta.
Antes que Eric vuelva a preguntar, la menuda mujer saltó como si fuera un felino lanzándose encima del cuerpo desnudo del muchacho haciendo que ambos cayeran al suelo. La primera apuñalada cayó de lleno contra el hombro de Eric. Éste metió un chillido que fue apagado por el intenso dolor. Nunca antes había experimentado la sensación de que un objeto afilado se le incrustara en la piel cortando piel, venas, músculos y órganos.
Las lágrimas de dolor obstaculizaban su visión. Sintió como el cuchillo volvió a salir de su cuerpo. Ésta vez no fue sólo un chillido, sino un verdadero grito. ¿Cómo era posible que su compañera de trabajo fuera a buscarlo hasta su departamento para asesinarlo? ¿Cómo había podido tener tanta fuerza para tumbarlo y hundirle completamente un cuchillo en el hombro siendo ella tan pequeña?
El tiempo se hacía eterno, esa segunda puñalada tardaba en llegar, o tal vez ya se había producido pero ya ni la sintió por el intenso dolor en el hombro.
Entre sus gemidos y chillidos, Eric pudo escuchar como la puerta se abría. Su último grito había alertado a uno de los vecinos.
Trató de ponerse de pie usando sólo las piernas pero volvió a caer sentado, apoyó su espalda contra una de las paredes y pudo ver a Layla de rodillas en el suelo mirando hacia abajo y con el cuchillo aún en su mano. Parecía poseída.
Eric giró el cuello soportando el dolor en el hombro solo vio la silueta de la persona que se encontraba en el marco de la puerta del edificio.  La luz del sol que entraba desde fuera hacía que no pueda ver con exactitud al individuo que había llegado tras su grito.
—Hola Eric.
—Esa voz…—habló Eric para sí. Buscaba dentro de su pasado aquella tonalidad entre masculina y femenina.
—¿Me recuerdas? —la persona dio un paso hacia delante y miró hacia Layla que aún se meneaba de un lado a otro arrodillada en el suelo. La muchacha le entregó el cuchillo.
El sol dejó de ser un impedimento para que Eric pueda ver el rostro de aquella persona que se acercaba a él con cuchillo en mano.
—¡Tú…!


El nudo de la corbata negra ajustaba a la perfección a la camisa blanca del comandante Darious Lawson. Él y los oficiales Frank Nash y Oliver Zinder aún se encontraban en el cuarto de reposo de la clínica.
—Comandante —decía una joven enfermera —debería estar aún en cama. Sus heridas todavía no han terminado de sanar.
—No tenemos tiempo que perder —dijo Lawson mientras se acomodaba la venda en su cabeza— el asesino se sigue burlando de nosotros y hasta ahora no sabemos nada de él. Una y otra vez nos amenaza con sus juegos mentales… A nosotros, que somos policías de la ciudad más importante del mundo y no podemos atrapar a este sujeto.
—Tal vez no sea uno solo—. Dijo Zinder.
—Una mafia—. Agregó Nash.
—No lo sabremos hasta que tengamos a alguien tras las rejas.
Los tres salieron de la habitación y se dirigieron a la de Mariana Silva.
Cuando llegaron, encontraron la habitación cerrada debido a que el doctor lo solicitaba así. La paciente aún no había despertado.
Los policías que había dejado Lawson todavía se encontraban en el pasillo cuidando de Mariana. El comandante los encontró algo intranquilos. Se miraban entre ellos.
—¿Qué sucedió? —Lawson pensaba lo peor. Algo le había pasado a Mariana, el asesino había atacado de nuevo, alguno de los niños había muerto.
—Comandante —Habló uno de los policías —han asesinado a Eric Arrieta.
—¿Y quién es ese?
—Uno de los abogados de la oficina de Mariana Silva —añadió Nash— y también amigo mío.
—¿Quién lo mató? —Preguntó Zinder.
—Layla Nazaire— dijo uno de los policías.
—¿Y quién es esa? —preguntó Lawson.
—La asistente principal de Mariana Silva— respondió el policía— ahora está en la carceleta de la comisaría.
Lawson, Nash y Zinder se quedaron sorprendidos. No podían creerlo. ¿Qué era lo que estaba sucediendo? Toda persona que rodeaba a Mariana Silva, era asesinada o implicada en un crimen.
—Quédense aquí —ordenó Lawson— Nash, Zinder, vengan conmigo, vamos a hablar con esa tal Layla Nazaire.


En la oficina legal de SILCORP, parecía que todo estaba yendo mejor que de costumbre. Bajos las órdenes de la experimentada Ornella Pereyra, la bella morena Cynthia y el obeso Edgar trabajaban mucho mejor que cuando estaban Mariana, Layla y Eric.
A pesar de todo, se preguntaban porque ni Layla ni Eric habían ido a trabajar ese día.
—Par de relajados —renegaba Cynthia—. ¿Creen que porque la jefa ha tenido problemas pueden faltar al trabajo?
—¿Problemas? —cuestionó Ornella mientras la miraba por encima de sus gruesas gafas—. Han secuestrado a sus hijos. A pesar de que Mariana sea una verdadera arpía hija de puta, ninguna mujer merece pasar por lo que ella está pasando.
—Es verdad —añadió Edgar—. Tú Ornella, eres madre y entiendes eso. Pero tan sólo imaginar que algún miembro de mi familia ha sido secuestrado, pues me provoca la peor de las sensaciones.
—Yo lo entiendo —dijo Cynthia— pero algo me dice que sabía que esto iba a pasar. Es más, estoy segura que ustedes también sabían que algo así le ocurriría tarde o temprano a Mariana.
Edgar y Ornella se quedaron en silencio.
—No somos los únicos a los que Mariana ha tratado mal. Todo por ser la hijita de Lucas Silva, ella siempre creyó que podía hacer lo que quisiera con todo el mundo. ¿Cuántas veces habré deseado matar a esa gorda? ¡Millones! O tú, Ornella, sabiendo lo inteligente que eres podrías tú misma idear un plan para dar una lección a esa estúpida.
—¿Qué quieres decir Cynthia? —preguntó la experimentada abogada.
—Que todos nosotros y muchas personas más odiábamos a Mariana Silva. Y qué lo que le está sucediendo, se lo merece.
—¡Son sólo unos niños! —se alarmó Edgar.
—Son víctimas de los pecados de su madre —dijo finalmente Cynthia.


El sol se ocultaba, y las luces se prendían dentro de la Clínica Especial de Ciudad Paraíso. Por fin Mariana Silva despertaba de su crisis nerviosa que la había hecho dormir casi todo un día. Una enfermera se encontraba dentro, midiendo el nivel de suero que la alimentaba.
—Señora, informaré al doctor que ha despertado.
—¿Qué hora es?
La enfermera vio el reloj de pared en la habitación.
—Seis de la tarde.
—¿Tanto… he dormido?
—Volvió a caer en una crisis. El doctor estimaba que despertaría a estas horas. Le diré que venga.
—¿Dónde está Lawson? ¿Alguna novedad?
—No lo sé señora. Fuera de esta habitación se encuentran cuatro policías cuidándola.
—¿Y mi padre? ¿Mi hermano?
—No lo sé.
En ese momento se escuchó a un hombre gritar y forcejear con los policías fuera de la habitación. Las amenazas de disparo de los policías no frenaron al individuo que exigía ver a su esposa.
El tobillo dañado de Mariana le produjo un fuerte dolor al bajar violentamente de la cama. La enfermera trató de detenerla pero ya la paciente se había arrojado hacia la puerta abriéndola para caer en los brazos de Nicolás Lender, su esposo.


Lawson, Nash y Zinder veían tras un vidrio a la derrotada Layla Nazaire en un cuarto a oscuras sentada en una esquina.
—Sus huellas están en toda la escena del crimen —dijo Zinder—. Sobre todo en el cuchillo con el que asesinó a Arrieta
—Han sido más de veinte puñaladas —añadió Nash—. Pobre Eric, era un buen amigo.
—Algo me dice que ustedes no creen que haya sido ésta mujer —dijo Lawson.
—¡Comandante! —habló eufórico Nash—. Esta mujer mide menos de 1.60mts. Y pesa menos de 40kgs. Es imposible que pueda matar con un arma blanca a un muchacho atlético como Eric.
—Después veremos el cuerpo de Arrieta. Por ahora enfoquémonos en lo que nos pueda decir ésta mujer. Es la única pista que tenemos.
Desde dentro, Layla vio como entraban los 3 hombres vestidos con elegantes trajes, uno más serio que el otro, a pesar de la escasa luz, reconocía al que iba delante, sin duda era el comandante Darious Lawson. No era para menos, ella había asesinado a una persona. No recordaba bien lo que había sucedido, pero sabía que había cometido un crimen espantoso.
Las intensas luces se encendieron cegándola parcialmente.
—Levántese señorita Nazaire —dijo Lawson ofreciéndole la mano ayudándola a ponerse de pie.
Apenas la menuda muchacha puso sus dedos en la gigante palma de Lawson, éste de un jalón la sentó en una silla en medio de la sala.
La mujer dio un quejido pero se resignó a aguantar ese pequeño dolor, ya que tratarían de quitarle toda la información posible incluso golpeándola. Información que no tenía.
Layla estaba al centro mientras los tres policías la miraban fijamente.
Lawson empezó.
—Señorita Nazaire. Alrededor de las 8 de la mañana usted irrumpió en el apartamento del señor Eric Arrieta.
En ese momento, Layla se había dado cuenta que ni siquiera conocía la dirección del apartamento de Eric. No recordaba cómo había llegado ahí.
—¡Responda! —gritó Lawson sobresaltando a Layla que sólo atinaba a llorar.
—Yo sólo quería salvar a los niños—. Dijo sollozando la mujer.
Los policías se miraron.
—¿Los hijos de Mariana Silva? —Preguntó Zinder.
—Si…
—¿Quieres decir que Eric Arrieta es el que secuestró a esos niños? —Ésta vez preguntó Nash.
Lawson no podía creerlo. Esa pequeña mujer había encontrado al secuestrador y lo había matado a puñaladas. A Layla se le conocía por ser la más fiel ayudante de Mariana Silva y lo había demostrado al averiguar por su cuenta el paradero del criminal.
—No…—dijo Layla, sacando de concentración a Lawson—. Eric no tuvo nada que ver con el secuestro de los niños.
—¡Entonces por qué lo mataste! —gritó Nash—. ¡Eric era un maldito pedante pero jamás cometería un crimen!
—¡Fue la nota! —dijo Layla soltando todas las lágrimas posibles.
—¿Qué nota? —preguntó Lawson.
—Sólo recuerdo que leí una nota ayer por la noche, se dirigía a mí con órdenes de matar a Eric. Si no lo hacía, uno de los niños moriría. De ahí no recuerdo nada más —la mujer seguía llorando intensamente—. Luego desperté en esa sala donde vi el cuerpo de Eric o lo que quedaba de él. Todo estaba lleno de sangre, mis manos estaban rojas sujetando un cuchillo.
—Así te encontraron los oficiales que te trajeron acá —añadió Zinder mientras Layla se derrumbaba en llanto.
Los policías se miraban entre sí buscando respuestas.


El doctor Linderoth entró a la habitación cuando Mariana había terminado de contar todo lo que sabía a su esposo. Estaban sentados tomados de la mano en la cama donde debería estar reposando Mariana. Los ojos de ambos estaban llenos de lágrimas.
Nicolás era un hombre relativamente pequeño, casi del mismo tamaño que Mariana. Su piel no era ni clara ni oscura, sus jalados ojos eran negros al igual que su escaso cabello.
—Señor Lender —dijo el doctor— créame que entiendo la situación por la que están atravesando. Pero como doctor, necesito el absoluto reposo de su esposa.
—¿Y por qué no me lo dice a mí directamente? —preguntó malamente Mariana.
—Porque usted nunca hace caso a mis consejos médicos señora Silva —respondió seriamente el doctor.
Tanto Mariana como Nicolás sabían del prestigio de Linderoth, no había un doctor mejor que él en toda Ciudad Paraíso.
—Será mejor que descanses —dijo Nicolás levantándose de la cama—. El doctor tiene razón, ya has sufrido dos ataques nerviosos en pocas horas.
—¡¿Pero te das cuenta lo que ha ocurrido?! —gritó enérgica Mariana—¡Han secuestrado a nuestros hijos!
—Lo sé —dijo Nicolás besándole la mano— pero no podemos hacer nada, solo mantenerte segura. Hay cuatro policías armados fuera y harán todo lo necesario para protegerte.
—¿Alguna noticia de Lawson? —preguntó Mariana a Linderoth.
—No mucho —respondió el doctor— sólo sé que tienen a un sospechoso.
Mariana sobresaltó mirando fijamente Linderoth.
—¡¿Quién?!
—No lo sé —el doctor hizo una pausa—. Sólo esperemos que ésta pesadilla termine pronto.
Mariana volvió a recostarse y comenzó a llorar intensamente con el rostro apretado contra la almohada.
—¿Se quedará ésta noche señor Lender? —preguntó Linderoth
—Así es. Necesitaré una cama extra.
—Enseguida. Haré que una enfermera traiga una —dijo el doctor mientras salía de la habitación—. Vendré luego a revisar a la paciente.
Nicolás bordeó la habitación dirigiéndose a la ventana que daba a la calle. Antes que cierre las cortinas, pudo ver la silueta de una persona en la cera del frente mirándolo fijamente. La oscuridad de la noche no dejaba distinguir al individuo pero Nicolás estaba completamente seguro que lo estaba observando.


La desesperación invadía la mente de Paulo Silva, había recorrido gran parte de ese gigantesco bunker en el medio del desierto y sólo había visto a unos cuantos soldados y a algunos miembros de esa hermandad Sigma dispersos. Esos individuos eran realmente raros. Había visto a un hombre vestido con un traje antiguo o de alguna cultura desconocida practicando una danza de invocación. Otro hombre con un traje negro y un parche en el ojo le ofreció una galleta, pero Paulo la rechazó con una falsa sonrisa.
La paciencia se había terminado, la última hora se la pasó buscando al tal Lucio hasta que lo encontró en una sala de monitoreo de pie observando un grupo de pantallas.
—Sé en lo que debes estar pensando Paulo —se adelantó el viejo— pero confía en mí. El sujeto que vendrá, es la única esperanza para salvar a tu hermana y a tus hijos.
—He perdido mucho tiempo Lucio, y desde aquí no puedo comunicarme con nadie, no sé si el piloto de mi helicóptero se ha marchado. Probablemente mi hermana esté ya muerta.
—No. Tu hermana aún está en la clínica donde la dejaste, y si el asesino ya la hubiese querido matar, ya lo hubiera hecho.
—¿Tan peligroso lo consideras?
—Por eso hemos llamado a Zen.
—¿Zen?
—Ese es su nombre, o así es como se hace llamar. En realidad muy pocas personas lo han visto. Es uno de los seres humanos que ha controlado el mundo desde hace mucho, no se sabe en realidad su edad, algunos lo han visto como un viejo arrugado, otros como un joven. Lo que yo creo es que antes de morir deja a alguien de discípulo y le comparte todos sus conocimientos.
Mientras Lucio hablaba, ambos sufrieron esa intensa sensación. Era la primera vez que el corazón de Paulo latía tan rápido. El cuerpo le comenzó a temblar, la adrenalina que invadió su organismo era única.
—Ya está aquí. —dijo Lucio señalando una de las pantallas.
Las luces que alumbraban el nocturno desierto ayudaron a Paulo a ver al sujeto que caminaba hacia la puerta principal del Bunker.
—Vamos —habló nuevamente Lucio mientras avanzaba hacia el encuentro de Zen.
Varios de los miembros de la hermandad Sigma ya estaban ahí cuando entró aquel hombre encapuchado con una gran manta marrón que cubría todo su cuerpo.
Paulo había escuchado antes sobre cierta energía que irradiaban algunos seres de culturas antiguas, o tal vez los humanos que poblaron la tierra en la era antigua, pero nunca había estado frente a frente ante uno. Hasta parecía que el aire era diferente, ese sujeto de ahí definitivamente no era normal.
—Lucio—. Susurró el sujeto llamado Zen con una hipnotizante voz —te ves viejo.
—Tú línea de tiempo es diferente a la mía —respondió Lucio.
—Algo tarde para ti para que entiendas eso.
Lucio soltó una ligera carcajada mientras Zen se descubría el rostro.
Paulo quedó congelado por la apariencia de ese sujeto.
Su largo cabello negro era sujetado por una soga, su piel era de color canela, sus ojos eran grises, y aparentaba ser un joven de 20 años.

lunes, 13 de octubre de 2014

Capítulo III



CAPÍTULO III

DECISIONES MORTALES

Tras la llamada de uno de los médicos forenses, Darious Lawson se dirigía a la división mortuoria de la comandancia de la policía de Ciudad Paraíso.
Señor, tiene que ver esto —le había comunicado el sujeto que estaba examinando el cuerpo sin vida de Enzo Vialli.
Sabía que no debía dejar a Mariana Silva. No hasta que encuentre a sus hijos. ¿Dónde estarían los pequeños? ¿Porque el secuestrador de esos niños y asesino de Carmen Fiori se habría quitado la vida? Sus huellas digitales se encontraron por todos los rincones ensangrentados del departamento; y ahora ese maldito estaba muerto.
Lawson ni quería pensar que ese desquiciado haya ya matado a las criaturas y probablemente sus pequeños cuerpos hayan sido cortados en varias partes para nunca ser encontrados.
Todo estaba sucediendo de manera extraña. Pero a pesar de todo, el asesino ya había sido identificado y ya no cometería ningún otro crimen.
Cuando Lawson llegó a la sala de autopsias dentro del cuartel de la policía sólo pudo ver una habitación donde había un foco encendido. La penumbra de aquel lugar daba escalofríos y pocos policías bajaban solos a esa zona, pero el comandante ya estaba acostumbrado.
Habían cerca de cuatro cadáveres y el olor a podrido se hacía notar.
Darious Lawson era un sujeto de aproximadamente 45 años. Su grueso cuerpo era lo suficiente atlético a pesar de su edad. Tras la muerte de su padre, anterior comandante de la policía, él tomo el puesto dado que la responsabilidad y la dedicación hacia el prójimo habían sido heredadas. No había policía que estuviera inconforme con su trabajo.
—Comandante Lawson —dijo un sujeto que se encontraba de espaldas a él en aquella única habitación alumbrada— debería ponerse una mascarilla.
—Cómo sabe que no tengo una —respondió Lawson tapándose ligeramente las fosas nasales con sus manos.
—Porque están en aquel cajón —el médico forense señaló un escritorio con tres cajones. Lawson se acercó y tras abrir uno de los cajones, sacó una mascarilla blanca y protegió su respiración antes que el olor lo haga vomitar.
—Mi nombre es…
—Daniel Roldán —se anticipó Lawnson—. Conozco a todo mi personal, incluso a los que han sido trasladados hace una semana.
—No me esperaba menos de usted.
—Vayamos al grano Roldán —Lawson se acercó al cuerpo aún cubierto con una sábana blanca.
El médico se encontraba frente a él. Cada uno a un lado de la camilla donde estaba el muerto
—¿Qué era tan urgente? El caso aún no está terminado.
—Lo sé Comandante. Pero tenía que enseñarle esto.
Daniel Roldán sujetó un extremo de la sábana a la altura del rostro fallecido y lo destapó rápidamente.
Ésta vez la sangre de Darious Lawson quedó congelada. Había visto muertos antes y más desfigurados, incluso con huesos más partidos que los de Enzo Vialli. Pero nunca había visto algo parecido como lo que tenía el asesino en su pecho. Ahora entendía por qué aquel médico forense lo había llamado con tal urgencia. Entre las costillas destruidas y los órganos fuera del viejo cuerpo de Vialli se encontraba un mensaje escrito con un objeto cortante, un mensaje para el comandante.

Aléjese Lawson o su hija será la que morirá


Dentro de la Clínica Especial de Ciudad Paraíso, Mariana Silva aún esperaba noticias de la policía. Había tratado de comunicarse también con su esposo Nicolás, pero no había obtenido respuesta. Sólo su hermano Paulo había estado en la clínica y había usado toda su influencia para que los medios no armen un escándalo tras los sucesos. También facilitó las comodidades para la habitación de Mariana, de esta manera pueda tener lo necesario y que sólo los de la oficina legal y uno que otra cabeza de la corporación estén al tanto de lo sucedido.
A Lucas Silva no se le había informado nada. El corazón del anciano podría explotar tras recibir una noticia como esa. Era mejor no contarle nada aún hasta que encuentren a los niños.
Dos guardias acompañaban a Mariana en su habitación. Darious Lawson les había ordenado que nadie sin identificación entrara y que estén alertas ante una posible respuesta sobre el paradero de los niños.
Después de tocar la puerta y siendo vigilada por los dos policías, una enfermera entró en la habitación. Traía una bandeja blanca con pertenencias de Mariana encima. Un bolso marrón, un teléfono celular, y una bata blanca que se pondría Mariana para dormir.
Los oficiales revisaron el contenido antes de que sea entregado a Mariana. Ella había pedido con anterioridad esos objetos. Quería que Lawson viera el mensaje en el teléfono. Pensó que sería bueno que un especialista pueda averiguar de dónde habría venido aquel mensaje.
Dentro del bolso se hallaban sus objetos personales, pero algo le sorprendió. En el interior encontró una caja pequeña de color negro, era plana y estaba hecha de plástico, tenía una etiqueta pegada que decía: Abrir aquí.
—Señora Silva —dijo uno de los policías. Su nombre era Oliver Zinder. Era bastante alto, joven, su cabello era corto y rubio sus ojos eran negros y llevaba el traje de policía azul— deme eso.
Mariana estiró la mano con aquel objeto y se lo entregó al oficial, que lo puso en una de las mesas. En el momento que se disponía a investigarlo. La caja se abrió por si sola mostrando su contenido.
—Un disco —dijo el otro policía. Su nombre era Frank Nash. Su largo cabello negro era amarrado por una cinta, sus ojos eran negros, su piel era blanca, no era tan alto como Zinder.
Mariana se preguntaba cómo había llegado eso a su bolso.
—Esperemos que venga el comandante Lawson —sugirió el policía que había tomado la caja.
—Pongámoslo ahí— dijo Mariana, señalando un reproductor de videos en discos que se encontraba debajo de un televisor—. ¿Funciona no? —le preguntó a la enfermera.
—Señora Silva —habló el policía— será mejor que analicemos este video en la comandancia.
Los ojos de Mariana se clavaron en los del sujeto.
—La vida de mis hijos está en juego…—apretó fuertemente la sábana de la camilla— ¡Ponga el disco ahora!
Lo que vieron a continuación los dos policías, la enfermera presente y Mariana, les paralizó la respiración. La madre de los niños sintió un fuerte dolor al pecho cuando los vio en aquel monitor. Las criaturas estaban sentadas en algún lugar de la ciudad, se veía la luna llena y también las estrellas. El video había sido grabado en la intemperie, en algún lugar abierto de la ciudad. Las bocinas de los autos se escuchaban, pero no identificaban el lugar, solo se veía una pared blanca donde se apoyaban las espaldas desnudas de los niños con los ojos vendados. Aún estaban con vida, sin embargo, sus cuerpos temblaban debido a que no se encontraban con ropa. El frío los iba a matar más temprano que tarde. Uno de los policías rápidamente vio que el video marcaba la hora de su grabación, 8:35pm. Su mirada se dirigió al reloj de pared de la habitación, también vio el reloj en su muñeca, ambos marcaban la misma hora, 9:26pm.
No habían pasado ni 20 segundos de video cuando comenzaron a salir letras blancas en la pantalla.
Otro mensaje.

El frío aquí afuera es intenso
Estos niños morirán bañados en sus propias lágrimas
O tal vez en la lluvia que caerá pronto
El tiempo juega en su contra
El infierno te espera Mariana
La diferencia será cuando lo encuentres
¿Antes o después de morir?

Mientras las letras y las imágenes desaparecían del monitor, se escuchó un fuerte trueno que fue precedido por una intensa lluvia.


Las botas negras hacían que los charcos salpicaran por las fuertes pisadas que daba el comandante Darious Lawson. El frío entraba en sus pulmones y la intensa lluvia caía sobre sus ojos mientras trataba de encontrar algunas respuestas.
Enzo Vialli, el presunto asesino de Carmen Fiori y el secuestrador de los hijos de Mariana Silva se había quitado la vida lanzándose del piso once del edificio donde vivía. Según el médico forense, Daniel Roldán; el mensaje en el cuerpo de Vialli había sido escrito por él mismo justo antes de suicidarse.
La amenaza sangrante en el pecho del difunto no le asustaba, al fin y al cabo, ya estaba sin vida. No había forma que ese viejo se levantara y vuelva a caminar de nuevo. Lo que sí le incomodaba era que Vialli sabía que tenía una hija, y lo había amenazado o si no ella sufriría consecuencias. ¿Acaso habría un segundo asesino? ¿Un cómplice? O alguien que uso a Vialli y luego lo arrojó al vacío.
            Lo más importante en ese momento era encontrar a esos dos niños.
            Cuando llegó a su auto en la playa de estacionamiento del cuartel de policía, sonó su teléfono celular.
            —¿Si?
            —Comandante…—se escuchó a Frank Nash desde al auricular— tiene que apresurarse.
            —¿Qué ha sucedido?
            —Hay otro mensaje…
            —¿Qué?
            —…Un video.
            La comunicación se paralizó por unos cinco segundos, Nash esperaba la reacción de Lawson.
            —Otra cosa más comandante —volvió a hablar el policía— Mariana Silva ha sufrido otro shock nervioso y ha caído en un coma temporal.
            —Voy para allá.
            Darious Lawson subió a su auto activó la sirena, y se dirigió a toda velocidad hacia la Clínica Especial de Ciudad Paraíso.


            Layla Nazaire siempre salía preparada. Llevaba un paraguas negro que la protegía de las frías gotas que caían esa noche. Se había quedado conversando con Paulo Silva. Ella, siendo la asistente personal y principal de Mariana, tenía que enterarse de todo. Hasta que no encuentren a los niños, Layla tendría que tomar las decisiones de la oficina, y por mucho que estime a su jefa, sabía de su incompetencia y que todos ahí trabajarían mejor sin su presencia.
            La menuda mujer llegó a la puerta principal de la clínica, ya faltaba poco para las 10 de la noche. Sabía que el horario de visitas se había terminado, pero si en algo podía ayudar, ella estaría totalmente dispuesta a hacerlo.
            Layla odiaba cualquier tipo de transporte. Desde hace ocho años no se había subido a ningún auto, tampoco a trenes ni aviones. Sus padres y su hermano pequeño murieron en un trágico accidente automovilístico. Desde ese día comenzó a vivir sola en la casa de sus difuntos padres cerca del edificio de SILCORP. Vivía con tres gatos a los que alimentó antes de dirigirse hacia la clínica.
            Cruzando la puerta principal se encontraba la recepción. Una sala grande y con un escritorio de cinco metros cuadrado donde cuatro mujeres atendían a los que ingresaban.
A pesar de que era ya tarde, nunca pensó que la clínica más grande de Ciudad Paraíso estuviera tan deshabitada. Debía ser parte de las influencias de Paulo Silva para mantener la discreción con el caso de los niños desaparecidos.  
            —Por favor, ¿La habitación de Mariana Silva? —preguntó a una de las recepcionistas.
            —Señorita, no se permiten visitas a esta hora.
            —Soy la asistente personal de la señora Silva —dijo Layla tratando de adelantarse.
            La mujer la observó con tal intensidad que parecía que la mataría con la mirada.
            —¿Layla Nazaire? —Preguntó la recepcionista inclinándose hacia ella.
            —Sí… ¿Qué sucede?
            —Tengo algo para usted.
            Layla puso un gesto de no saber de lo que estaba hablando, la mujer sacó desde uno de los cajones un sobre blanco cerrado.
            —Una nota.


            Cuando el comandante Darious Lawson llegó al cuarto piso, donde estaba la habitación de Mariana en la clínica, encontró la puerta cerrada. Los dos policías que había asignado se encontraban en el pasillo.
            —El doctor nos ha pedido que esperemos fuera —dijo el oficial rubio Oliver Zinder.
            —¿Qué sucedió? —preguntó Lawson.
            —Llegó un paquete con éste video —Zinder le dio el disco a su comandante— pensamos que lo mejor era esperar a que venga señor.
            —Han hecho bien.
            —Tiene que verlo ya mismo. La vida de esos niños está en juego mientras hablamos— añadió Nash.
            Los otros dos asintieron con la cabeza y entraron a la habitación del frente que se encontraba vacía.
            Los tres permanecieron en silencio cuando pasaron esos 2 minutos de video.
            Cuando las letras en la pantalla se desvanecieron. Lawson volvió a acercarse al reproductor y quitó el disco para guardarlo en uno de los bolsillos de su traje.
            —Comandante —habló Nash— ¿No quiere verlo de nuevo?
            No será necesario —respondió Lawson— sé exactamente dónde los tiene escondidos.
            El comandante salió de la habitación y se encontró con el doctor que atendía a Mariana. Era un hombre calvo de gruesas gafas.
            —Doctor Linderoth, soy el Comandante de la policía, Darious Lawson. ¿Cómo está la paciente?
            —Ha vuelto a tener una recaída —respondió el doctor— su sistema nervioso es un desastre. Siempre le recomendé tomar pastillas para su stress, pero ella nunca hizo caso.
            —No la deje ni un segundo sola doctor. Dejaré al oficial Zinder si es que sucede algún imprevisto.
            —¿Imprevisto?
            —Sólo cuídela doctor —la mirada de Lawson se perdió en el pasadizo mientras dejaba atrás al Linderoth—. Vámonos Nash.
            —Sí, comandante.


            A pesar de su insistencia, Layla no pudo convencer a la anciana recepcionista para que la deje pasar y ver como se encontraba su jefa; Sin embargo, ésta le entregó un sobre cerrado.
            ¿Mariana le habría dejado órdenes?
            Se sentó en una de las sillas de la sala de espera y con mucho cuidado, notando si alguien la pudiera ver, abrió aquel sobre blanco.
            Dentro encontró una hoja también blanca con un mensaje.

Layla Nazaire,
Por más que trates ayudar a tu jefa, ésta vez no lo conseguirás. Su destino ya está escrito y en uno de estos días estaré arrancando su corazón con mis propias manos.
Los niños correrán el mismo destino, pero dependerán de ti. Salvaré a uno de ellos si es que mañana muere una persona.
Eric Arrieta.
Si quieres que uno de esos niños viva. Mata a ese hijo de perra. Ambos sabemos cuánto lo odias, cuantas humillaciones te ha hecho pasar, es el momento de cobrar venganza, ya tienes un motivo para arrancarle la vida. Hazlo por uno de los hijos de tu adorada Mariana.
Ten en cuenta, que si llevas ésta nota a la policía. La cabeza de uno de los niños será la comida de tus gatos.
Mata a Eric Arrieta.


Lawson y Nash subían por el ascensor al último piso del edificio donde se había producido el secuestro.
—Comandante, ¿cómo puede estar tan seguro?
—Esos niños nunca salieron de este edificio. El video ha sido filmado en la azotea —Lawson miraba con desesperación los números brillantes del ascensor cómo cambiaban—. Cuando vine ahora en la mañana, revisé bien éste lugar sobre todo la azotea que sería el único lugar por donde escaparía el asesino.
Nash  sabía que el comandante Lawson era realmente bueno, que tenía una memoria gráfica notable, pero nunca pensó que podía acordarse de los detalles del techo de un edificio y mecánicamente asociarlos con los que vio en el video.
De pronto, se escuchó un fuerte ruido y el ascensor se detuvo. Tras un remesón, las luces se apagaron y antes que pudieran reaccionar comenzaron a caer hasta que se produjo el impacto.



El sol entró extrañamente por la ventana de aquella habitación. El despertador sonó y la flojera, una vez más, invadía el cuerpo de Eric Arrieta. Al momento de pararse de la cama, tropezó con uno de sus zapatos pero se pudo mantener de pie para dirigirse al cuarto de baño.
Mientras se duchaba, pensaba en lo que había dicho Paulo Silva el día anterior. Los hijos de Mariana habían sido secuestrados y ella había caído en una crisis nerviosa que la había mandado a la clínica. No se pudo enterar de nada más. Lo que sí sabía era que los Silva tenían muchos secretos y tal vez alguien de mucho poder económico quería vengarse del viejo Lucas.
Algún día iba a pasar. La familia Silva tenía demasiado dinero. Un secuestro a los niños y pedir una recompensa no sería mala idea. Pero meterse con los Silva y con su sistema de seguridad sería imposible. Sólo Paulo y algunos más, entre ellos Eric, conocían sobre aquel sistema. El edificio donde vivía Mariana estaba completamente resguardado. Tenía cámaras y detectores por todos lados.
Hace unos años, Mariana pidió a Eric que la lleve a su casa. En esa época Nicolás también había salido de Ciudad Paraíso en un viaje de negocios. En ese momento, el joven abogado pudo ver la magnitud de la seguridad del apartamento. Sensores de calor, detectores de movimiento, incluso había un dispositivo que emitía una descarga eléctrica a quien paseaba por los pasillos del edificio sin ser identificado. El sistema se activaba de noche, y por el día sólo las cámaras tomaban los movimientos dentro del edificio.
El secuestro había ocurrido aproximadamente al medio día, y según el guardia encargado, no había entrado ni salido nadie sospechoso.
Eric salió de la ducha y sus pensamientos se vieron frenados por la presencia dentro de su sala.
¿Cómo esa menuda mujer había entrado en su apartamento? Todo en ella era negro, menos su piel, incluso el cuchillo que tenía en la mano también era negro.
—¿Layla? —dijo Eric mientras sujetaba la toalla blanca que cubría su cuerpo.


El dolor en sus piernas y brazos lo despertó. Esa habitación blanca le resultaba familiar. También los dos hombres que se encontraban parados frente a él. Ésta vez no llevaban sus clásicos uniformes de oficiales. Frank Nash llevaba un traje marrón con corbata negra, mientras que Oliver Zinder llevaba un traje azul oscuro y corbata del mismo color. Era el momento en que comiencen a pasar desapercibidos y actuar como detectives que eran. Ambos eran los mejores hombres de Lawson, que ahora se encontraba postrado en una de las camas de la Clínica Especial de Ciudad Paraíso.
—Qué sucedió —habló débilmente Darious.
—El ascensor comandante —respondió Nash—. Se cayó con nosotros dentro.
—Ha sido un milagro que estén vivos —dijo Zinder— sólo tiene contusiones en la cabeza y el brazo fracturado, Frank no tiene ni un rasguño.
—Ese si es un milagro —dijo Lawson.
—Caímos desde el séptimo piso —volvió a hablar Frank Nash—. Usted perdió el conocimiento y tuvimos la suerte de que el ruido alertara a toda la cuadra.
—¡Los niños! —reaccionó alterado Lawson.
—Apenas abrieron la puerta del ascensor y atenderlo, yo subí por las escaleras hacia la azotea lo más rápido que pude.
La mirada del detective se perdía en una de las paredes blancas de la habitación.
—¡Habla Nash! —Lawson lo hizo reaccionar.
—Era muy tarde. No pude encontrarlos, ni rastro de ellos, busqué por todo el edificio. Baje y subí las escaleras mientras se lo llevaban de emergencia a la clínica. Sólo encontré esto —Nash sacó de su bolsillo derecho una fotografía y se la entregó a Lawson—. El maldito se dio el tiempo de escribir eso en el suelo de la azotea.
El comandante visualizó la fotografía que había tomado Nash.
… Otro mensaje…

No estoy jugando Lawson. ¿Quieres que tu pequeña Adriana se quede sin papá o tal vez tú quieras quedarte sin hijita?
Ésta es la última advertencia que te doy. No te esfuerces en encontrarme. No podrás hacerlo. No intentes hallar a estos niños, que ellos verán a su madre siendo torturada y asesinada. No hagas que a tu hijita le suceda lo mismo.