lunes, 29 de mayo de 2017

Capítulo vii



CAPÍTULO VII

YO SOY EL ASESINO…

El último día de la semana amaneció nublado. La intensa lluvia caía sobre Ciudad Paraíso. Solo apenas se veía una pequeña ráfaga de luz que entraba por una de las enrejadas ventanas en aquel depósito abandonado.
La oscuridad no dejaba que Mariana Silva pueda identificar al principio a esas figuras espectrales a pocos metros.
Le dolía la cabeza. Apenas sus dedos rozaron su cuero cabelludo sintió una corriente eléctrica que descargó por toda la zona derecha del cerebro. Cada gota de lluvia que caía por el techo era como martillazos en su sistema nervioso.
Fue al suelo emitiendo un chillido cuando intentó ponerse de pie. Su tobillo aún no estaba del todo recuperado.
Se arrastró hasta la pared más cercana y con ayuda de ésta se puso finalmente de pie. Aún llevaba su vestido de dormir blanco manchado de sangre. Sintió repulsión al recordar los últimos instantes en la habitación de una de sus propiedades. Esa cabeza de ese cerdo negro con la lengua afuera ensangrentado, el olor nauseabundo que desprendía el animal aún estaba impregnado en su piel y ropa. Soltó un vómito amarillento que la hizo toser y por poco llevarla de nuevo al suelo.
Utilizó sus manos para guiarse y caminar hasta lo que parecía una reja. Estaba encarcelada.


El dolor se había manifestado por momentos mientras dormía. Él lo sabía. Pero no se había despertado mientras tanto. No tenía daños mentales, sólo físicos. Sus músculos y varias venas habían sido cortados por dos puñaladas que él mismo había ejecutado.
Ahora sentía como si una ola de suave seda acariciaba su piel una y otra vez. La sensación era deliciosa. Quería que dure para siempre, como la primera vez que sintió ese poder. Poder que sólo una persona en la Tierra poseía.
—Elena…—dijo débilmente abriendo sus ojos.
—Quédate quieto, que ya estoy terminando —habló la dulce voz de una mujer que tenía sus manos apoyadas en las heridas del vientre de Zen.
Se encontraban en el área médica dentro de la comisaria de Ciudad Paraíso. Una instalación de paredes blancas pero mantenían solo prendida una lámpara al costado de la camilla que soportaba el cuerpo del herido.
— ¡El asesino! —dijo alarmado Zen tratándose de ponerse de pie.
—No te muevas —repitió Elena— o por el contrario, no podré curarte.
Zen pudo ver la figura delgada de cabello rubio a su lado posicionando sus manos en la lesión del costado de su cuerpo.
— ¿Qué haces acá?
—Lucio nos contactó hace dos días.
— ¿Nos? —Zen se sobresaltó.
—Sinisa y Lothar también vinieron.
— ¡¿Qué?! —ésta vez la alarma en la voz de Zen hizo que una figura dormida se ponga de pie desde una silla en un rincón de la sala.
—Has estado a punto de morir —dijo una fuerte voz que hizo que se le ericen los vellos de los brazos.
—Lothar…
—Jamás pensé en verte tan mal herido y que no pudieras atrapar a una sola persona.
—Es muy poderoso…—respondió el muchacho mirando sus manos.
— ¡¿Poderoso?! —la voz de Lothar retumbó en las paredes—. Tú, porque puedes hacer unos cuantos trucos te has descuidado. Te dije que no bastaba con estupideces mentales, dejaste que un sólo sujeto te deje hecho un desastre.
Elena, sentada en la misma cama que Zen, miraba a Lothar de pie como si fuera un padre recriminando a su hijo.
El ambiente se sintió cargado.
Zen sabía que Lothar tenía razón. Sólo las palabras de Elena apaciguaron la tensión en esa habitación.
—Aún no sabemos de quién se trata. Ni Zen, ni la policía han podido atraparlo.
— La policía… —Lothar hizo un gesto de desprecio.
Aquel hombre fornido medía un metro noventa. Tenía los hombros anchos y una figura atlética. Lucía como un hombre de cincuenta años. Su cabello cano había sido siembre cortado al ras de la cabeza. Sus ojos tenían el mismo color oscuro que su gabardina y pantalones.
—Ahora, quiero que me digas ¿Cómo así consiguió herirte de esa manera con tu propia arma?
Zen se quedó en silencio mientras ideaba una respuesta. Sintió un fuerte dolor en uno de sus costados alertando a Elena para que siga curándolo imponiendo sus manos.
—Será mejor que te recuestes —recomendó la rubia, lanzando luego una mirada tierna a Lothar quien soltó un suspiro.
—Nos queda un día para encontrarlo —dijo finalmente Lothar.
—Veinte horas para ser exactos —añadió Lucio entrando a la habitación.
A su costado se encontraba un alto y delgado sujeto vestido con un buzo deportivo color azul. Tenía apariencia de un hombre de cuarenta años por sus facciones. Sus ojos verdes descansaban en unas bolsas de carne. Su cabello descuidado y alborotado era de color rojo.
—Hola Zen —dijo con su elegante voz.
—Sinisa…—respondió débilmente el muchacho.
Venían acompañados por el detective Oliver Zinder.
— ¿Cuánto tiempo más, Elena? —preguntó Lucio.
—Quince minutos —respondió ella mientras seguía curando la herida de Zen.
—Bien, acabo de hablar con el detective Nash y me ha informado que el comandante Lawson se encuentra fuera de peligro, pero no tenemos tiempo para esperar a que se recupere.
Zen, rápidamente ordenó sus pensamientos. La presencia de Lothar lo había inquietado pero tenía que pensar en los hijos de Mariana Silva y la amenaza de muerte que ésta tenía. Antes de enfrentarse al asesino vio cómo el comandante caía al suelo luego de haber recibido una apuñalada en el vientre.
—No lo necesitamos —dijo despectivamente Lothar.
Antes de que Zinder fuera a defender a su comandante, Lucio ya había hablado.
—Lothar, vas a tener que cooperar con la policía de esta ciudad. Nos dan facilidades para investigar y tienen una base de datos organizada.
— ¿Base de datos? —preguntó Lothar con una mueca en la cara.
—Una gran sala forense. Respondió Lucio mientras a Sinisa se le encendían los ojos verdes—. Un cementerio de criminales.


Domingo.
Siete de la mañana. El chofer de Paulo Silva estacionó el vehículo al frente de una gran casa vigilada por dentro y por fuera.
Había enviado a su hermana y a su esposo a descansar en una de las propiedades de la familia. Anteriormente su padre había vivido ahí junto a su madre ya fallecida veinte años atrás.
Dos miembros de su seguridad custodiaban la entrada y las cámaras de vigilancia seguían cada uno de los movimientos monitoreadas por un operario dentro de una camioneta a unos metros de la casa.
Paulo cruzó el jardín encontrándose con otros dos corpulentos sujetos armados que lo dejaron pasar por la puerta principal.
— ¿Todo bien, no? —preguntó.
—Sí señor —respondieron ambos.
La sala y la cocina se veían en perfecto estado. El asesino no estaba ni enterado de que Mariana se encontraba escondida en ese lugar.
Abriendo la puerta de la habitación pudo ver cómo su teoría se desmoronaba.
El olor era repugnante. Quería dar un grito a los vigilantes pero esa criatura ensangrentada en la cama donde supuestamente encontraría a su hermana le jalo la mirada. Un animal despedazado se mosqueaba sin rastro de ella.
Caminó a velocidad hacia afuera de la casa y sin decir una sola palabra se trepó en la camioneta donde se encontraba el operario de las cámaras de vigilancia.
—Jefe, buenos días.
Paulo lo observó al igual que a los monitores y equipos que manejaba el sujeto.
Se había desvanecido sin que ellos se dieran cuenta. Su hermana y su cuñado habían sido secuestrados de una casa llena de vigilancia.


Jornada libre. Grecia no trabajaba el último día de la semana porque el restaurante sólo atendía oficinistas y gente de negocio. Los domingos estaban muertos.
La muchacha aprovechaba su descanso para hacer limpieza y compras.
Cuando cerró la puerta de su apartamento y giró sus llaves en el cerrojo, pudo verlo.
En primer instante sintió cómo un demonio se arrastraba hacia ella dándole una aterradora descarga eléctrica. Al reaccionar, y dando dos pasos hacia adelante, pudo ver a esa mujer delgada de cabellos claros muerta en el rellano de su edificio entre las escaleras y el pasadizo.
Quedó paralizada por unos segundos. Pensó en ese momento en el peligro que podía atacarla. Una víctima de asesinato a tan sólo seis metros de ella. El criminal tal vez aún estaba cerca.
Forzaba la agudeza de sus ojos para identificar a la muerta, probablemente era una vecina, aunque no se hablaba con nadie del edificio. Había visto entrar y salir a muchas mujeres. La mayoría prostitutas.
Intentó acercarse sin preocuparse del fuerte ruido de los ladridos del perro encerrado en del apartamento del frente. La víctima se encontraba boca abajo con el cabello alborotado barriendo el suelo. Grecia observó que vestía jeans y una chaqueta azul oscura. Buscó rastros de sangre con mucho cuidado cuando escuchó el fuerte tosido masculino de la muerta haciéndola caer de nalgas y callando los ladridos del perro.
Se congeló de miedo y antes de ponerse de pie y correr a su apartamento, vio el rostro adolorido de la víctima que volvía a toser fuertemente.
Un hombre…Un hombre muy joven.
Tenía una marca de sangre seca debajo del ojo derecho.
¡Era él! El inquilino endemoniado que vivía al frente de su apartamento.


Frank Nash bajó de su automóvil y entró por la puerta principal de la comandancia de la policía. Había dejado ya estable al comandante Lawson fuera de peligro. El susto había pasado, pero todo era un caos. Los periodistas y familiares de Edgar Sagnier estaban haciendo un escándalo en el recibidor principal de la comisaría. Gritos, insultos y amenazas retumbaban en sus oídos cuando vio a Oliver Zinder haciéndole un gesto con la mano ignorando todo ese barullo para dirigirse a las oficinas especiales.
—Cómo está el comandante —preguntó Zinder.
—Estable, fuera de peligro. Respondió Nash.
Ambos caminaban por un pasillo donde varios policías y secretarias iban y venían de un lado a otro contestando llamadas, buscando y dejando papeles a toda velocidad.
—Se nos acaba el tiempo y toda la ciudad se ha convertido en un infierno —dijo Frank.
—La muerte de Sagnier desató todo este caos —añadió Oliver—. Le había contado a su madre y abuela sobre el secuestro de los hijos de Mariana Silva y éstas, al enterarse que el buen Edgar fue asesinado hace unas horas en la comisaría, vinieron a exigir culpables. Luego llegaron los periodistas y se soltó la bomba mediática.
Ambos siguieron caminando tratando de no perder la concentración por el manicomio que se vivía en la comisaria.
—Sólo nos queda un día —dijo Frank.
—Y lo peor ha ocurrido. Mariana Silva ha desaparecido, lo más probable es que el asesino ya la tenga en su poder.
—Tengo a los padres de Eric Arrieta llamándome a cada minuto exigiéndome el cuerpo de su hijo para enterrarlo.
—Aún no podemos entregar ningún cuerpo.
—No sé qué quiere Lucio perdiendo el tiempo abriendo esos muertos cuando deberíamos estar buscando por toda la ciudad a Mariana Silva y a sus hijos…
Frank cerró la boca cuando vio a Lucio ingresando en la oficina principal de la comisaría. Entraron detrás de él mientras el viejo colocaba un mapa con varias marcas sobre una pared. —Acérquense.
Los policías se pusieron al lado de él y los tres miraron el mapa de Ciudad Paraíso trazado de tal manera que seis líneas de colores se cruzaban la una a la otra en varias direcciones. Se visualizaban fotos de evidencias de todos los crímenes acontecidos en los últimos 7 días.
—Bien, empecemos.
— ¡Espera! —rugió Nash, antes que Lucio siga hablando—. Deberíamos informar a todos los detectives y policías de esta ciudad para que busquen y encuentren a Mariana Silva y sus hijos. Ya basta de tener este asunto en secreto. Tenemos a periodistas de todos los medios armando un pandemonio intentando entrar a la comisaría. Hay que decir lo que sabemos, así nos dejaran trabajar tranquilos.
—No podemos hacer eso —contestó Lucio—. El asesino se ha dado cuenta que sabemos poco. Tenemos que atraparlo por sorpresa y hasta ahora solo tenemos una sola pista.
— ¿Qué pista?
Lucio sonrió y sacó de un bolsillo de su saco unas hojas con dibujos.
Los dos detectives iban a abrir la boca pero Lucio ya había comenzado a dar explicaciones.
—Cuando Zen luchó contra el asesino, pudo meterse en su cabeza y navegar por su pasado —Lucio hablaba con mucha naturalidad mientras Nash y Zinder lo miraban incrédulos—. Despertó tras el desmayo e hizo varios dibujos seminconsciente. Y los más interesantes son estos.
Lucio abrió completamente el primer papel con un dibujo. Nash y Zinder enfocaron sus ojos a la puerta esbozada. Tenía el número 302 clavado en ella.
—Probablemente la puerta de su domicilio —dijo Lucio mientras abría otra hoja.
Un perro excelentemente dibujado incluso con el detalle que le faltaba una pata trasera.
—Un labrador —añadió Zinder.
Lucio asintió—. ¿Cuántos labradores con tres patas pueden haber en Ciudad Paraíso?
El tercer dibujo era de una calle con personas y autos pasando.
—¡Aquí! —Dijo Lucio encerrando una zona del dibujo con un lapicero.
Nash y Zinder vieron que dentro del círculo en casi una miniatura se leía el nombre de la calle. Pero no con todas sus letras.
—Zen hizo su mayor esfuerzo para conseguir la mayoría de letras posible.
—Por eso el mapa —comprendió Nash.
—Así es —respondió Lucio—. Tenemos: AV…..OC…..N…G...A.


A pesar de las grises nubes de inviernos que cubrían Ciudad Paraíso, los tenues rayos solares de esa mañana entraban por las pequeñas ventanas enrejadas en ese almacén abandonado. Mariana Silva estaba encerrada tras unos barrotes fríos.
El espacio de su celda medía menos de tres metros cuadrados. No tenía inodoro, ni una cama ni nada. Una celda totalmente vacía.
— ¡Sáquenme de aquí! —gritó con fuerza, tratando de, por lo menos, mover los barrotes que la encarcelaban.
Siguió pidiendo socorro, pero estaba abandonada. No había nadie alrededor. En esos minutos comenzó a imaginarse los próximos momentos de su vida ahí encerrada. Sin saber si sus pequeños seguían con vida, al igual que su esposo. ¿Dónde estaba él? A pesar del estrés, comenzó a ordenar sus ideas paso a paso. ¿Quién sería capaz de hacerle tanto daño? Ella sabía que tenía más enemigos que amigos, pero esto había llegado demasiado lejos. Secuestrar a sus hijos, matar a su padre, recibir constantes amenazas de que será torturada. Había arruinado vidas a lo largo de su existencia, incluso algunas perdieron todo. Sus influencias y el poder de su padre habían obedecido a sus caprichos, siempre saliéndose con la suya. Alguien la quería hacer pagar. Alguien a quien ella hizo sufrir.
Comenzó a recordar cada episodio de su vida donde ella había perjudicado a otras personas. Jamás se había puesto a pensar que ella tan solo era una mujer normal común y corriente pero con un padre millonario. Recién a sus treinta años estaba entendiendo que no era una reina o diosa a la que todo el mundo debía obedecer. Se dio cuenta lo detestable y maldita persona que era tras los últimos sucesos. Era el castigo de toda una vida de maldad.
— ¡Ya lo entendí! —gritó— ¡Sé que fui una mala persona!... Que fui una maldita desgraciada con todo aquel que se interpusiera en mi camino.
 Comenzó a soltar las lágrimas
— ¡Pero ya lo entendí! ¡Mataste a mi padre! ¡Secuestraste a mis hijos! ¡¿Dónde están?!... Quiero ver a mis pequeñitos…
Lloró como nunca lo había hecho en su vida. Sabía que moriría ahí encerrada sin que nadie la socorra. El olor al animal muerto ensangrentado en su cama le seguía produciendo nauseas. Fue en ese momento cuando entendió. ¡El asesino! Comprendió de quien se trataba. Ese cerdo negro era un mensaje para ella.


El labrador había dejado de ladrar al escuchar las palabras de su amo cuando éste entraba a duras penas, casi arrastrándose, al apartamento de enfrente, donde vivía la muchacha con el pelo castaño llamada Grecia. Ella lo acostó en su cama y trajo del cuarto de baño una caja parecida a un botiquín y varios paños. Se arrodilló a la altura de la cabecera y prendió una lámpara encima de la mesa de noche que apagó en el instante tras el chillido de dolor del hombre al que ella pretendía ayudar. Trató, entonces, de depender solo de la luz de los débiles rayos solares que entraban por las ventanas. Aun así, pudo ver el rostro ese hombre. Tenía una herida interna en el ojo derecho que lo había hecho sangrar desde adentro manchando de negro la mitad del rostro. Ella, con un paño húmedo comenzó a limpiar dándose cuenta de las delicadas facciones del individuo. Pestañas largas, nariz respingada, labios rosados, piel suave color canela que hacía juego con su cabello lacio, largo, color castaño que conjuntamente denotaban feminidad en el físico de aquel muchacho. No tenía más de 25 años y, aunque se figuraba su intenso dolor, sólo soltaba pequeños gruñidos graves, y elegantes.
El muchacho estaba más inconsciente que consciente. Grecia ayudó a que se ponga más cómodo quitándole la casaca que traía encima. Ahí vio sus prominentes brazos empapados de sudor. Rozó uno de ellos y sintió como ardían de calor, como si hubiera tocado fuego. Dudó en quitarle la camiseta negra que tenía puesta pero a través del cuello notó cómo transpiraba el individuo. Él mismo la apartó con uno de sus fuertes brazos y de un tirón se quitó la camiseta. Dio un grito tomándose el pecho, por el área del corazón, como si quisiera arrancárselo.
— ¡Te está dando un ataque! —gritó alarmada Grecia.
La muchacha había estudiado medicina por cuatro años hasta que sus padres perdieron todo, incluyendo la vida, en una explosión en su hogar hace tres años en una ciudad llamada Linos.
—Hielo…—dijo él débilmente—. Tráeme hielo… por favor.
Ella, tras dudar por unos segundos, fue rápidamente a la nevera de su cocina y en sus manos cargó tres cubos de hielo que el muchacho se metió dentro de la boca uno por uno masticándolos como si se tratara de caramelos.
Grecia lo miraba queriendo quitarle el cabello de encima del rostro pero dudaba por el miedo que sentía en ese momento. Los ojos marrones del muchacho se abrieron como los de una serpiente cuando está a punto de atacar a su presa.


Las miradas de los tres se enfocaron en el mapa, tratando de ubicar una avenida que contenga esas letras.
Frank Nash no demoró en encontrarla.
— ¡Ahí! —Puso fuertemente el dedo índice en la zona de los suburbios de Ciudad Paraíso en el mapa—. ¡AV. ROCA NEGRA!
Lucio y Oliver Zinder se asomaron y ambos asintieron con la cabeza.
Frank tomó su teléfono portátil
—Voy a preparar un ataque sorpresa en cinco minutos.
—Suelte ese teléfono, teniente Nash —ordenó Lucio.
Frank, antes de apretar los botones miró intrigado al anciano.
— ¿Desde cuándo recibo órdenes tuyas?
—Será mejor que esperemos las indicaciones de Zen y los demás.
— ¿Demás? —preguntó el detective sobresaltado.
—Llegaron dos hombres y una mujer para ayudar a Zen—. Dijo Zinder.
— ¡¿Cómo?! ¿Me están diciendo que has traído a otros tres chiflados a que completen el circo?
—Serán de mucha ayuda —habló calmadamente Lucio—, sus habilidades están más allá de lo que te imaginas.
— ¿Dónde diablos están?
—Se dirigían al salón de autopsias —dijo Oliver Zinder.
— ¿Qué? —se escandalizó Frank Nash— otra vez Zen va a escuchar el susurro de un muerto para que le diga lo que todos ya sabemos
—No —respondió Lucio—. El que hablará con los muertos será Sinisa.  Es su especialidad.
Oliver y Frank miraron a Lucio preguntándose mentalmente si lo que oían cabía en la realidad.
—Zen tan sólo puede escuchar susurros, a diferencia de Sinisa… Él se encuentra más en el mundo de los muertos que en el de los vivos.


Zen, Elena, Lothar y Sinisa habían llegado a la sala de autopsias de la comisaría. Estaban siendo guiados por Daniel Roldan, el médico forense, quien prendía las luces para dejar ver las camillas en el medio de la sala.
—Aquí están, como lo pediste —dijo el médico.
Zen agradeció con la mirada y observó cómo los ojos verdes de Sinisa volvían a encenderse de la emoción al ver los cinco cuerpos cubiertos con mantas blancas.
Roldan le entregó a Zen una carpeta. Éste la leyó detenidamente y luego de un minuto comenzó a hablar.
—Carmen Fiori, 24 años de edad, soltera, muerta hace seis días, apuñalada en el vientre. Tiene ambas muñecas rotas y varios órganos perforados por un objeto cortante. Enzo Vialli, 75 años de edad, divorciado, muerto hace seis días, huesos y órganos destruidos por aparente suicidio al caer de un noveno piso. Erick Arrieta, 28 años de edad, soltero, muerto apuñalado veintiséis veces hace cinco días —Lothar, Sinisa, Elena y Roldan seguían con la mirada a Zen— Lucas Silva, 78 años, viudo, muerto hace tres días por un fulminante ataque cardiaco antes de desangrarse por un corte en la garganta. Finalmente, Edgar Sagnier, 27 años, soltero, muerto hace menos de 24 horas por cinco balazos en el cuerpo.
Zen revisó las siguientes hojas de la carpeta.
— ¿Y los otros? —preguntó a Roldan.
— ¿Qué otros? —repreguntó el médico forense.
—Los guardaespaldas de Lucas Silva.
—Ah... No han muerto, ninguno de ellos. Están todos gravemente heridos, pero aún con vida.
Zen se vio sorprendido. Quiso decir algo más pero ya no era necesario. Sinisa ya caminaba hacia las cinco camillas.
—Con estos son suficientes —dijo el larguirucho pelirrojo.
Daniel Roldan había visto muchas cosas en su vida, pero nunca se imaginó presenciar lo que sucedía en su sala de autopsias. Los movimientos temblorosos de Sinisa aparentaban una extraña danza de invocación.
—Nunca sabremos si lo del baile es necesario —dijo Lothar de manera despectiva.
Roldan sintió cómo la temperatura iba disminuyendo, como si hubieran encendido el aire acondicionado. Los susurros se confundían con pequeñas ráfagas de aire que circulaban por su nuca, el miedo invadió sus pupilas cuando las luces fluorescentes de la sala comenzaron a tiritar.
— ¡Listo! —balbuceó Sinisa.
El larguirucho individuo podía ver a los cinco muertos sentados en sus camillas mirándolo a los ojos.


— ¡Teniente Nash!… ¡Espere! —gritaba Lucio mientras iba detrás de Frank que caminaba a toda prisa hablando por una moderna radio— Tiene que esperar la información que está obteniendo Sinisa.
Frank se detuvo de golpe.
— ¡¿Información?! —Se dio media vuelta mirando a los ojos del anciano— Me dijiste que Zen y sus amigos hablan con los muertos y demás estupideces, pues te digo que no hay tiempo para ese tipo de cosas, la vida de dos criaturas y sus padres están en juego, y recién, después de una semana tenemos una pista clara. Si es que no nos vas a ayudar, pues hazte a un lado.
Lucio soltó una mueca de preocupación y luego sacó también un teléfono celular de su saco.
—Estaré al tanto de la operación.          
Frank asintió con la cabeza y ambos entraron en un salón donde aproximadamente treinta policías se preparaban para un ataque de gran magnitud. Oliver Zinder comandaba a un grupo vestidos con uniformes de unidad especial negros y cascos del mismo color, armados hasta los dientes. Por otro lado, Frank iba vestido de civil al igual que otros diez policías que tendrían que pasar inadvertidos y dar la señal de ataque.
Inquieto, Lucio pensaba que esto podría terminar con la pesadilla de una vez, o todos esos policías morirían a manos de ese peligroso asesino.
—Estamos listos —indicó Zinder.
—Vamos a atrapar a ese maldito —dijo finalmente Frank, mientras terminaba de preparar su arma.


En la oscuridad, Grecia contemplaba a un desconocido muchacho que alguien había golpeado hasta dejarlo inconsciente. Al parecer tenía una rara enfermedad por el hecho de que su piel ardía como si se estuviera quemando. Aunque había bajado su temperatura corporal después de haberse tragado tres cubos de hielo.
Ella se encontraba sentada en el suelo a los pies de la cama donde dormitaba agitadamente el muchacho que había caído totalmente en el mundo de los sueños luego de haber intentado poseerla a la fuerza.
Se había lanzado contra ella mirándola con ese único ojo rojizo y de un empujón la arrojó a la cama. Ella sólo había soltado un chillido sin poder sobreponerse ya que el individuo, como si fuera un felino, saltó sobre ella y mostró los dientes que parecían colmillos de serpiente, la quemó tomándola de una muñeca y de un jalón arrancó dos botones de su blusa dejando su brasier blanco tapándole sólo un seno. Ella estuvo a punto de reventarle el tímpano de la oreja izquierda cuando se dio cuenta que él había caído desmayado a su lado. A duras penas pudo zafarse del pesado brazo dormido que la aprisionaba. De un impulso se puso de pie y antes de abrir su bolso en busca de su teléfono celular, pudo ver el rostro del muchacho. Parecía un niño durmiendo, su cabello caía en su musculoso torso desnudo y sus piernas se encogieron para tomar una posición fetal. Ella volvió a la cocina y regresó con más paños húmedos para limpiar la herida en el rostro y el sudor.
Ahora, ella estaba contemplándolo y admirando esa fusión de femenina y masculina belleza. Pareciera que su cuerpo había sido moldeado a la perfección, mientras su rostro era el de un niño hermoso.
¿Qué le habría sucedido? Esa herida en el ojo derecho no era común, aunque ella ya había podido limpiarla. Esa temperatura corporal no era normal. Decidió llamar al hospital para que lo recogieran pero, sin darse cuenta, él la tomó del brazo y la miró a los ojos.
—Ven —dijo el muchacho con una profunda voz—. Recuéstate conmigo… Por favor.
Grecia se sorprendió, y a pesar de que hacía unos momentos él, en un arranque de locura intentó, aparentemente, violarla, no pudo resistirse a ser seducida por ese espécimen masculino tan perfecto y con miedo en un principio, pudo relajarse a su lado.
Sintió un calor intenso al recostarse también en posición fetal delante de él dejándolo abrazarla tiernamente.
— ¿Puedes decirme por lo menos tu nombre? —preguntó ella con una suave voz.


Aunque el día parecía como cualquier otro domingo, en esa parte de Ciudad Paraíso se movían unas sombras negras totalmente armadas.
Un escuadrón policiaco se desplegaba y posicionaba rápida y eficientemente rodeando un pequeño complejo de edificios. Habían dado ya con la calle, Roca Negra. La única con ese nombre en la ciudad. Era la única pero más fuerte pista del asesino. Tenían que entrar con sumo cuidado, tal vez en ese lugar se encontraban los niños secuestrados.
Las órdenes del teniente Nash se habían cumplido a la perfección. En cinco minutos ya tenía a treinta hombres listos para actuar.
—Procedan —dijo desde una radio.


Dentro del departamento 301 en el tercer piso de la torre C de ese complejo de edificios, Grecia despertó con un malestar en los ojos debido a la luz solar que entraba por la ventana. Había olvidado cerrar las cortinas. Reaccionó al ver un brazo rodeándole la cintura, recién recordaba lo que había acontecido hacía unas horas. Quería sentirse preocupada, quería asustarse por el hecho de que un desconocido duerma a su lado. Estaba herido pero era enorme y podría matarla en cualquier momento. Ella le daba la espalda y aun así no sentía miedo, todo lo contrario, sentía paz. Estaba relajada y decidió levantarse solo para cerrar las cortinas y seguir durmiendo al lado de ese hombre. Al ponerse de pie sintió un mareo y se desplomó vencida por un raro cansancio. O eso pensaba ella hasta que lo vio ponerse de pie. El muchacho que había dormido en su cama se paraba frente a ella que se arrastraba hacia atrás de nalgas al admirarlo completamente. La energía que irradiaba el muchacho le revolvió las entrañas. Primera vez en su vida que sentía y veía algo así. Él la levantó fácilmente del piso colocándola suavemente en su cama. Ella no sintió terror al ver ese ojo demoníaco.
Si este muchacho era un ser maldito, pues ella no se iba a resistir. Iba a dejar incluso que la asesine, que la viole o que se alimente de ella. Sintió como un líquido orgásmico recorría su entrepierna cuando él acercó su boca a su oreja.
—Duerme…
Ella soltó un gemido placentero mientras sus ojos se cerraban totalmente.


En la sala forense del sótano de la Comandancia de la policía se encontraban las cinco camillas con los respectivos cuerpos que había solicitado Zen.  Él estaba junto con Lothar, Elena y el médico forense Daniel Roldan, que por indicaciones de Frank Nash, debía quedarse al lado de esos sujetos.
Delante de ellos estaba arrodillado Sinisa, con la mirada al suelo. Había terminado su invocación.  La conciencia regresaba a su mente. Sabía que en el mundo no había nadie más que podía hacer lo que él.
Roldan se llevó las manos a la boca. Nunca había visto algo así. Ese sujeto escuálido había hecho una especie de invocación o exorcismo que lo mandó de rodillas al suelo. Un minuto después se vio cómo Sinisa se ponía de pie y los cinco cuerpos muertos se movían de a poco tambaleándose y sacudiéndose para luego inclinarse en sus camillas.
Se veían sorprendidos. Cada uno de ellos observaba su cuerpo estudiando sus heridas.
—Están listos.
Zen se adelantó a los demás y se situó al lado de Sinisa.
— ¿Pueden verme? ¿Escucharme?
—Sí.
Los cinco muertos, a pesar de sus graves heridas no entraban en estado de shock, más bien se veían confundidos.
En la primera camilla del lado izquierdo, Carmen Fiori veía las desviaciones en sus muñecas partidas y la sangre negra en su vientre, que había sido cortado causándole la muerte al desangrarse. No se había dado cuenta del estado de sus extremidades inferiores debido a la manta blanca que cubría la parte inferior de su cuerpo.
A su costado el cuerpo podrido de Enzo Vialli no conseguía girar el cuello. Sus múltiples huesos rotos no obedecían a sus movimientos para articularlos. La mayoría de sus órganos reventaron por la caída que le causó la muerte.
En la camilla de en medio se encontraba Eric Arrieta. Veía su piel cubierta de sangre seca llena de cortes y perforaciones por las veintiséis puñaladas que lo llevaron a la muerte.
Junto a él, Lucas Silva con un gran corte en la garganta, miraba sin pestañear a Zen y a Sinisa.
En la última camilla se encontraba Edgar Sagnier con el pecho perforado por las cinco balas que entraron en su cuerpo. Sus ojos estaban en blanco mientras caía saliva desde su boca abierta.
—Esto es imposible —susurró impresionado Daniel Roldan.
—No lo es tanto cuando se trata de alguien como Sinisa —le respondió Elena. Ambos no quitaban los ojos a las camillas. —Es falso cuando se dice que el ser humano solo puede usar el 10% del cerebro. En realidad tiene la facultad de llegar al 100% pero es casi imposible superar una capacidad mental  cuando no es necesaria. Justamente, es la décima parte de nuestro poder el que utilizamos normalmente, el que nos permite comer, caminar, hablar, pensar y tener voluntad. Cuando alguien tiene una lesión cerebral o nace con una deficiencia puede llegar también al 100% de su cerebro, pero necesita menos del 10% para vivir. Por otro lado, hay personas como Zen o Sinisa que están por encima del 30% de esa capacidad mental. Son seres con habilidades extraordinarias gracias a su cerebro. Han vivido más tiempo de lo normal para seguir superando esas limitaciones naturales.
Roldan miraba a Elena sorprendido por la explicación de la rubia.
—Por ejemplo, yo también he podido desarrollar mi cerebro sin tener que vivir tanto tiempo. Nací de una familia que me enseñó a utilizar mi mente para poder curar heridas. Algunas personas la llaman imposición de manos. Pero esas personas tan sólo llegan apenas a superar el 11% de la capacidad mental, mientras yo llego a 25% Puedo cicatrizar cortes en tan sólo unos minutos. Incluso, he podido hacer crecer una mano amputada.
Roldan escuchaba impresionado lo que Elena decía.
—Por eso Zen está totalmente recuperado a pesar de que un puñal atravesó su riñón hace pocas horas.
—Eres una sanadora. Es increíble…
—Más increíble es el poder de Sinisa.
Roldan volvió la mirada al larguirucho individuo envuelto en un buzo deportivo azul.
— ¿Trae muertos a la vida?
—Se podría decir que sí. Pero tan sólo por unos minutos. Ellos ya no son los que fueron en vida. Tal vez ni recuerden sus propios nombres. No sienten nada, no existe dolor ni ninguna otra sensación en sus cuerpos. Nosotros tenemos la certeza que existe algo llamado alma y que es nuestra esencia real que habita en nuestros cuerpos. Se vincula a nuestro cerebro haciéndolo trabajar como si fuera un voltaje eléctrico. Cuando el cuerpo de una persona muere, esta alma escapa y se aloja en otra dimensión. No podemos verla obviamente ya que no puede vivir en esta sin un cuerpo. Es lo que sucede con Zen o con Sinisa, antes que sus cuerpos mueran, sus almas son trasladadas a otro cuerpo. De esta manera pueden vincularse y desarrollarse junto a otros cerebros para llegar a tener más capacidad mental.
—No puede ser… Lo que me estás diciendo es algo imposible de creer… ¿Y qué es lo que está dentro de estas personas que han muerto?
—Un cuerpo sin alma. No durará mucho ya que sólo quedan residuos de conciencia. Una vez Sinisa me explicó que a pesar que el cuerpo muere y el alma se desprende de él, el cerebro sigue trabajando por un período de tiempo inconsciente. Sinisa ha aprendido durante muchas décadas a dominar ese tiempo en los muertos, no puede hacerlos pensar ni desarrollar una operación matemática básica. Pero los puede hacer hablar sobre sus últimos momentos en vida usando esos residuos de conciencia.
—Impresionante… ¿Y Zen? ¿Qué hace él?
—Zen… pues es un ser muy avanzado. No he conocido a nadie como él. Puede hacer todo y más. Es decir, también puede curar y hablar con los muertos, incluso puede hacer lo de Lothar.
Ambos miraron a un rincón oscuro donde se encontraba sentado el siniestro individuo con los brazos cruzados aparentando estar dormido.
—Él pues… es como que inmortal.
—¿Cómo?
—No hay arma que lo pueda dañar, es una máquina de matar sin recibir herida alguna.
—Pero Zen si recibió una herida.
—Sí. Pero es primera vez que veo su cuerpo dañado. El enemigo que buscamos parece que es bastante poderoso. Igual, la invulnerabilidad o curarse no son la peculiaridad de Zen. Él puede hacer todas esas cosas en las que nosotros somos especialistas.
— ¿Y cuál es su especialidad?
—La hipnosis.
—Eso no es nada del otro mundo.
Elena soltó una sonrisa.
—Él puede matarnos en un segundo a todos nosotros si lo deseara. Puede meterse en nuestra mente e indagar en ella para luego hacer explotar todas las venas de nuestro cerebro. Obviamente, no lo hizo con el asesino porque quería atraparlo y averiguar dónde tenía a esos niños. Aunque aparentemente le iba a resultar imposible. Si Lucio nos ha llamado es porque este asesino es más poderoso que Zen.


El scuadrón de treinta policías se encontraba posicionados y listos para actuar.
Estacionado en una camioneta de investigación policial, hallaba Lucio monitoreando con pantallas y radio el ataque.
—¡Ahora! —ordenó Frank Nash.
—¡Esperen! —gritó por radio Oliver Zinder— nadie se mueva. El sospechoso está saliendo.
Zinder se encontraba en uno de los apartamentos encubierto.
— ¡Es él! ¡Está a punto de salir!
Lucio se acercó al monitor que proyectaba imágenes desde una cámara que apuntaba a la entrada del edificio.
Un hombre con una gorra que le cubría el rostro, chaqueta azul oscuro y jeans gastados. Una larga cola de cabello castaño salía por la parte de atrás de la gorra. A su costado caminaba un perro labrador color crema de tres patas que lo primero que hizo fue orinar en un poste para luego lamerle la mano a su amo. Este le dijo unas palabras para que el animal salga corriendo de ahí con dificultad.
No cabían dudas. Tenía que ser él. La descripción que dio Zen  era esa. Alto, cabello largo, gorra, perro de tres patas.
Antes que Frank de la orden de apresarlo se escuchó un disparo.
— ¡¿Qué sucedió?! —gritó por la radio.
— ¡Es Díaz, Señor! ¡Se ha vuelto loco, le ha disparado a Rossi! ¡No, Díaz!
Otro disparo.
— ¡Argh! ¡Me ha disparado en la pierna!
Se escucharon dos disparos más por otra zona.
Frank Nash, Oliver Zinder y Lucio lo sabían, el asesino estaba controlando la mente de los policías y estaba haciendo que se disparen entre ellos. Veían a ese individuo en medio de la calle como si los invitara a que lo atrapen.
Frank no lo pensó dos veces y saliendo de su sigilo corrió a posicionarse para tener un ángulo de disparo. Se ubicó detrás de un carro estacionado y tomando su arma apuntó pero no pudo disparar, varios de los policías también se acercaron al asesino como zombies cubriendo el ángulo de disparo. Frank sólo alcanzaba a ver la sonrisa de ese sujeto mientras buscaba una apertura para darle en algún lugar del cuerpo que no lo pueda matar ya que aún tenían que encontrar a los niños.
—No están —dijo Oliver por la radio— estoy en el apartamento de este maldito y los niños no se encuentran acá. Definitivamente es el asesino. Tiene todo el lugar lleno de fotos y documentos de los Silva.
—Tenemos que acabar con este tipo —respondió Nash—. Está controlando la mente de todos usándolos como escudo humano.
—Intentaré darle desde aquí.
No era mala idea. Oliver Zinder era el que mejor puntería tenía en la comandancia.
Frank, pudo ver cuando su compañero abrió la ventana que daba a la calle del tercer piso del edificio. Y sacó medio cuerpo para asegurarse de darle al criminal y no a uno de sus compañeros.
El asesinó giró como si se diera cuenta de lo que tramaba el sujeto desde su ventana y tomando un cuchillo de uno de los policías que lo rodeaban lo lanzó como si fuera una bala. Oliver al apuntar vio la mirada endemoniada de ese maldito y quedó paralizado hasta que el cuchillo lo tumbó hacia atrás clavándose de lleno en su hombro.
Ni Frank, ni Lucio, que presenciaba todo desde una camioneta de monitoreo, podían creer lo que vieron. El asesino lanzó un cuchillo con tal precisión y rapidez asemejándose a un francotirador.
En el suelo, liberándose del puñal clavado en el hombro, Oliver Zinder pudo ver una botella de plástico echando humo púrpura. Una bomba casera.
Se escuchó la explosión junto con una fuerte llama de fuego desde la ventana por donde se había visto por última vez al sargento Zinder.
— ¡Oliver! —gritó Frank Nash a la radio.
Luego, sintió esa fuerza que ni siquiera Zen irradiaba. Ese sujeto lo miraba fijamente y volviendo a sonreír lo señaló con el dedo invitándolo a que lo ataque.
Los policías, bajo el control del asesino, intentaron frenar a Frank, pero éste los esquivó con mucha velocidad y se lanzó de lleno contra el criminal que de un rápido movimiento se defendió de los golpes de su atacante para luego tomarlo del cuello y lanzarlo contra la camioneta de monitoreo.
Lucio… —la voz del asesino entró en la cabeza del anciano.
—“De lo que estoy seguro es que te atraparemos, y será pronto…”
Ésta vez era su propia voz. Había dicho eso días antes cuando encontraron el cuerpo sin vida de Lucas Silva,


—Me arrastró… de los cabellos hasta la habitación de… de Mariana Silva —Carmen Fiori hablaba con dificultad ante la mirada atenta de los presentes—. Los niños lloraban y él… él los hizo callar de un grito.
—¿Quién? —preguntó Zen.
—El vecino… El anciano Vialli… Sus dientes amarillentos… Sonreía cuando me cortó el vientre… No recuerdo más… Estas heridas en mis manos…
Los presentes se dieron cuenta de que fue en ese momento cuando ella murió.
—Enzo Vialli —volvió a hablar Zen haciendo que el anciano voltee el cuello de manera torcida para mirarlo a los ojos— ¿Qué es lo último que recuerdas?
—Ese sujeto… más parecía una mujer... Aunque su fuerza era descomunal. Yo estaba durmiendo en mi apartamento…  Y él ya estaba ahí… Yo tenía las manos con sangre… no sé por qué… pero no recuerdo nada… sí… él se acercó… de un golpe en el cuello me arrojó al suelo… No me dio tiempo… de… me llamó enfermo… que le daba asco… Sentí un enorme miedo al ver esos ojos… Te gustan los niños ¿no? Me hizo mirar hacia mi puerta y ahí estaban de pie… los hijos de la Señora Silva… ¿También pensabas abusar de ellos? Traté de gritar… Pero no lo hice… Su voz era la de ellos… Abrió mi camisa y con un cuchillo escribió un mensaje…
Enzo se detuvo.
— ¿Qué pasó luego? —preguntó Sinisa.
—Mis trofeos… Me torturó al ver como los rompía uno tras otro… yo no podía moverme… Él controlaba mi cuerpo pero me hacía mirar…
— ¿Qué eran esos trofeos? —volvió a preguntar Sinisa.
—Fotos… de mis niños… Yo los cuidaba y los fotografiaba… desnudos… Y él me descubrió… Solo los tocaba… Pero nunca… Sí… abusé de unos cuantos… Pero nunca me encontraron…
El médico forense, Daniel Roland, sabía de ese caso de pedofilia que nunca pudo resolverse. Fue uno de los pocos casos que el viejo Lawson, padre de Darious, no pudo encontrar al culpable. Había sido Enzo Vialli.
—Pasó mis trofeos por el inodoro… Y luego me lanzó como si fuera un trapo por la ventana… caí.


Lucio salió de la camioneta en medio del caos. Los bomberos habían llegado rápidamente y evacuaban a todas las personas del edificio debido a la explosión de hacía unos minutos. Los policías aún no heridos deambulaban como marionetas, mientras la gente corría de un lado a otro presa del pánico.
—No has matado a ninguno de estos policías… —dijo el anciano dirigiéndose al asesino.
—Ellos no me han hecho daño.
—Y los niños de Mariana Silva.
—No están muertos… aún.
— ¿Piensas matarlos?
—Mientras ella sufra…
Lucio trataba de sacar más información sin tener que provocar al asesino.
— ¿Qué te hizo ella?
—Ella me hizo lo que soy… Ella acabó con mi vida así como yo acabaré con la suya. Ella es la culpable de todo.
— ¿Y por qué sus hijos? Sus trabajadores, su padre…
—Su padre se merecía eso y más. Lo sabes. Lo puedo ver en tus pensamientos.
—Deja a los niños… Ellos son inocentes.
— ¡Yo también era inocente!
El macabro grito resonó en toda la cuadra e hizo que Frank vuelva en sí. Sin pensarlo dos veces, volvió a lanzarse contra el asesino disparando pero éste esquivaba las balas con suma facilidad. Los golpes del teniente hubieran acabado con cualquier individuo promedio pero el rival que tenía al frente no era humano. Solo bastaron cinco segundos de golpes entre los dos para que se note la diferencia. Una patada en el pecho hizo que Frank vuelva a ser arrojado dando botes en el asfalto.
La confianza del asesino fue borrada en ese momento cuando notó que Lucio había desaparecido. Imposible, lo hubiera notado. No percibía su presencia, delante, izquierda, derecha, atrás. ¡Atrás! Los brazos de Lucio se cerraron en el cuello del criminal que sorprendentemente cayó de rodillas facilitando la labor de su atacante.
—No eres el único asesino aquí.
Lucio no lo iba a soltar. Frank, sin fuerzas veía como ese anciano estaba dominando con una sorprendente fuerza a ese sujeto que había acabado fácilmente con él.
El asesino no podía creerlo. Ese viejo no era normal. Tenía la fuerza de un oso. El cuello iba a partirse en dos.
—He matado más gente de lo que te imaginas— Lucio balbuceaba con los dientes apretados—. Y a pesar de que tienes rehenes, no puedo dejar a un bastardo como tú con vida.
Otro grito.
Tratando de ponerse de pie, Frank observó como la escena se iba transformando. Lucio era como un pequeño mono tratando de asfixiar a un enorme tigre. El anciano cayó de espaldas al pavimento con el traje rasgado y chamuscado por quemaduras. El cuerpo de ese sujeto ardía como el fuego.
El asesino volteó y sus ojos de serpiente se clavaron en los de Lucio. El anciano se puso de pie arrancándose la camisa. Su torso arrugado estaba dotado de enormes músculos. Antes que decida atacar, el asesino ya se había movido velozmente para tomarlo del cuello y hablarle al oído.
—Estoy cansado de advertirles que no interfieran. Estoy matando solo a los que se lo merecen, pero me han hecho cambiar de idea.
El golpe cayó en el estómago del viejo haciéndolo vomitar. Le faltaba aire y la visión se blanqueó por completo.
Lucio se desplomó, al igual que Frank Nash.


En el sótano de la comandancia de policía de Ciudad Paraíso se encontraba la sala forense donde Sinisa hacía ejercicios de concentración enfocados en su respiración para que pueda seguir con los otros tres que faltaban. Carmen Fiori y Enzo Vialli ya no eran necesarios y volvieron a desprenderse de la vida.
—No es fácil lo que hace Sinisa —dijo Elena ante un completamente sorprendido Daniel Roldan.
—Me… me imagino que no.
—Zen es el único que puede acercarse pero sólo dura menos de un minuto y sólo puede escuchar susurros. En cambio Sinisa puede traer al muerto a la vida por un aproximado de treinta minutos. Pero esta vez son cinco personas. Tiene que descansar, si no, no podrá llegar al último.
Roldan vio a la última víctima. Edgar Sagnier botando saliva con los ojos en blanco.
—Él está así por la transición —seguía hablando Elena. —Lleva pocas horas muerto, entonces su cerebro está en un estado de espera hasta que los residuos de su conciencia se adapten a no tener alma.
Roldan, a pesar de ser el mejor médico forense de Ciudad Paraíso y probablemente del mundo, no daba crédito a lo que oía. Lo que esa mujer decía no era normal, pero ese otro sujeto había hecho hablar a dos sujetos clínicamente muertos. Era el momento de creer en todo.
—Eric Arrieta —habló Zen— ¿Qué es lo último que recuerdas?
— ¿Estoy muerto? —Eric observaba con indignación los múltiples cortes en su piel.
—Responde la pregunta, Eric —dijo Sinisa.
—Estaba en mi apartamento cuando Layla me atacó. Esa puta lesbiana se convirtió en un animal con un cuchillo agujereándome el cuerpo.
—Pero no fue la única persona que viste— añadió Zen.
—Había muerto cuando lo vi entrar…
Todos los presentes se inclinaron hacia delante.
— ¿Quién? —preguntó Sinisa.
—Era el Diablo.
— ¿Cómo?
—El Infierno existe. Ese ser perverso salió de ahí y se mostró al momento de mi muerte. Sus ojos… Su espantosa sonrisa… ¡Ahh! ¡No! ¡Viene por mí!
— ¡Cálmate! —gritó Sinisa.
Ya era muy tarde. Eric cayó fulminado en su camilla para no despertar más.
Zen y Sinisa cruzaron miradas. El larguirucho individuo tenía que volver a concentrar sus energías. Faltaban dos y aún no tenían una pista clara.
— ¿El Diablo?—preguntó Daniel Roldan — ¿El Infierno?
—Doctor…—respondía Elena— tú eres un científico. Tus creencias se guían en hechos, en la razón y el sentido común. Nunca se ha demostrado lo contrario. Hasta que ha aparecido este asesino. Un sujeto que, aparentemente, puede controlar la mente de otros. ¿Es posible eso?
—No…
—Se han abierto puertas imposibles en tu cerebro. Como dije muchos humanos usan sólo el 10% de la capacidad.
— Pero, ¿el Diablo? Esas son fantasías, historias antiguas, el Infierno, demonios… Nada de eso existe.
—Nosotros, hemos visto cosas inexistentes mientras los demás seres humanos siguen sus vidas normales. Sabemos que esta no es la primera vez que la tierra es poblada. Han habido civilizaciones desaparecidas hace miles de años cuyos dioses y demonios hacían y deshacían a placer.
—Somos una civilización avanzada. Todo lo que hemos conseguido ha sido gracias a nuestro intelecto y capacidad.
—Es correcto. Ningún dios o demonio se ha proclamado hasta el momento. Nacimos creyendo en la evolución de hace millones de años donde quien rige nuestro destino es el mismo planeta que cambia de era para aniquilarnos a todos y entrar en un estado de renacimiento. Pero… existen los demonios. Los he visto — Roldan no salía de su asombro—. Pero dudo que uno de ellos haya secuestrado a esos niños. Generalmente son extremadamente violentos sin capacidad de razonamiento.
—No puedo creer lo que me dices. ¿demonios?
—Puedes tranquilizarte… Nosotros hemos tenido que ir a otra dimensión para poder verlos. Pero existen.
—Entonces es verdad que cuando uno muere va hacia otro plano… ¿Crees que fue en ese momento que Eric Arrieta vio a un demonio?
—Definitivamente no. Era el asesino. Su aura maligna y su fuerte poder mental se materializó para introducirse en el cerebro de Arrieta.
— ¿Aura?
—Pues…
—Silencio —ordenó Lothar detrás de ellos—. Ya van por el siguiente.
Elena y Daniel miraron adelante.
—Hola Lucas —saludó Zen.
—Sé que estoy muerto y no puedo decirles quién lo hizo. No reconozco a ese sujeto. Sé que secuestró a mis nietos y tiene conocimiento total de mi vida. Incluso tiene documentos a los que solo yo tenía acceso. Zen, por el tiempo que nos conocemos te ruego que salves a mi hija y a mis nietos.
—Estamos en ello.
—Ese maldito es demasiado rápido y puede controlar el cerebro de los demás. Nunca había visto su rostro antes. Definitivamente conoce a Mariana y la va a matar… ¿Qué día estamos?
—Domingo.
—Sólo queda este día. Mañana mi hija estará muerta.
—Lo atraparemos —finalizó Zen—. Ahora descansa en paz.
Lucas regresó a la muerte recostándose lentamente en su camilla.
— ¿Cuánto te queda?
—Un minuto más —respondió Sinisa— pero de este no creo que saquemos mucho.
Edgar Sagnier, en la última camilla seguía botando saliva con los ojos en blanco.
El teléfono de Roldan sonó en la sala.
—Diga.
—Daniel…—Una macabra voz sonaba desde el otro lado de la línea.


En la carceleta de la comandancia de policía, Layla Nazaire volvía a despertarse de un corto sueño. Nada de lo ocurrido le parecía real. Después de días se le antojaba comer algo. No tenía noticias de nada. Los policías estaban tratando de frenar a las manifestaciones que se organizaban afuera de la comandancia. Incluso ella escuchaba los fuertes gritos de las personas demandando justicia. La ciudad era un caos y todo giraba en torno de Mariana Silva. Algo había hecho… De todos los caprichos y abusos que cometió, recién los estaba pagando… Pero, ¿sus hijos? Ellos no tenían la culpa. ¿Eric? Eric era un pendejo que obedecía a Mariana con los ojos cerrados pero no tenía que morir de esa manera. ¿Ella quería matarlo? Pues no. Layla se había cansado de los insultos y humillaciones. La acusaba de lesbiana… Pero nunca sería capaz de matar a nadie, ni siquiera tenía la fuerza para herir a un adolescente, menos lo haría con alguien tan fuerte como él y tampoco lo detestaba tanto como para matarlo ¿Quién más odiaba a Eric?
Mariana y Eric le habían hecho algo a alguien y ahora pagaban.
En ese momento Layla recordó a esa persona.


Mariana lloraba encerrada en su celda culpándose una y otra vez. Lo que le estaba sucediendo era justicia. Venganza por haberle hecho tanto daño.
Escuchó pisadas, y luego un mecanismo de metal. La puerta se abrió dejando entrar una fuerte luz que provocó un ligero dolor en sus ojos.
Los susurros entraron en su cerebro, voces malditas que hablaban de muerte, tortura y venganza.
Se encendió la luz de la habitación. Era un depósito abandonado pero modernizado. Ella estaba en una de las cuatro celdas. Una en cada esquina del lugar. A su izquierda se encontraba desmayado Nicolás, su esposo. En la celda de la esquina contraria, también desmayada, estaba Cynthia Jordán. Y por último, en la celda de enfrente, sus hijos.
— ¡Alex! ¡Manuel!
No le hacían caso a los gritos, ambos se encontraban perdidos viendo dibujos animados en una televisión. La celda de ellos era diferente, en lugar de usar barrotes estaba hecha de un vidrio transparente.
— ¡Hijos! ¡Soy mamá!
—No pueden escucharte —dijo una voz que venía de la puerta.
Ahí estaba... El asesino.


—Daniel… Soy Darious Lawson…
—Comandante. ¿Se encuentra bien?
—Llevo media hora despierto… Ya estoy fuera de peligro pero… No podré salir de aquí hoy. Me dijeron que Zen está contigo en la sala forense haciendo algo raro con los cadáveres víctimas del asesino.
—Así es señor. No podrá creer lo que ha hecho…
—Eso no importa —interrumpió Lawson—. Nada importa mientras no tengamos aún a esos niños… y a ese hijo de perra encerrado —hizo una pausa—. Ponme en altavoz, por favor.
—Listo.
—Zen y todos ahí reunidos. Acabo de hablar con el teniente Nash… Me ha informado que ha sido gravemente herido por el asesino al igual que el Sargento Zinder y Lucio... Fueron tras una pista que acabó en una tragedia… Aproximadamente treinta policías han resultado heridos al encontrarse con ese maldito…—sólo Roldan se sobresaltó. Los demás escuchaban atentos—. Otra cosa, un cadáver más está yendo hacia ustedes —eso último si los sorprendió—. Apenas desperté, mandé a un detective a que investigara al domicilio de Ornella Pereyra y a los quince minutos me informó que la encontró muerta por aparente suicidio… Ella trabajaba también con Mariana Silva y fue culpada por Edgar Sagnier, el cual debe de estar en este momento con ustedes —todos miraron a Edgar aún como zombie—. Aparentemente el asesino los confundió para que al final acaben muertos.
—Comandante —habló Zen— lo que nos está diciendo nos quita toda posibilidad de atrapar a ese criminal. Pero me parece extraño que sólo hable de la muerte de esa mujer. ¿Acaso ninguno de sus hombres ha perdido la vida al enfrentarse al asesino?
—Así es. Todos heridos, ninguno muerto. Se está burlando de nosotros. Sigue matando gente de esa oficina, ya he mandado a que investiguen ahí y no han encontrado nada… Además, recién me entero que ya capturó a Mariana Silva y a su esposo.
—Y nos queda sólo este día —añadió Zen.
—Jamás había pasado algo así —dijo Darious—. Podría culparnos por ser tan ineficientes, pero esto ya está más allá de la realidad.
Zen, Sinisa, Elena y Lothar también lo sabían, nunca habían sido burlados de esa manera.
—No nos quedan opciones —continuó Lawson—. Aunque Paulo Silva ha insistido en investigar por su cuenta. Dijo que llamaría pronto. Mientras tanto, hagan todo lo que puedan. Atrapemos a ese maldito.
—Trataremos.
Cuando finalizó la comunicación, Edgar Sagnier dijo el nombre del asesino.


Mariana había hecho demasiado daño a ese muchacho. Layla sabía la historia. Unos años después que ella empezase a trabajar en la Oficina Legal de SILCORP. Ese pobre chico había hecho los méritos suficientes para tener un digno trabajo como abogado. Pero ella… ella lo destruyó… Y ahora él iba a hacerla pagar por todo.


—Hola Mariana…
Las pisadas del asesino eran acompañadas por susurros que atormentaban el cerebro de la mujer. Era como si la muerte misma con una guadaña se acercase a ella para quitarle la vida.
—La última vez que nos vimos fue en una situación parecida, pero se han invertido los papeles. Ahora, eres tú quien está tras las rejas.
Esa voz… Recordaba Mariana. Definitivamente era él.
—Tú…
—Sí, yo.
El asesino se quitó la gorra dejando su rostro al descubierto. La zona izquierda superior de su cara se encontraba en una tonalidad oscura. Mariana, a pesar de estar protegida por las barras, dio un paso atrás.
—Es verdad… Fui herido.
El asesino puso la palma de su mano derecha en su rostro y en tres segundos había quitado esa mancha. Su ojo izquierdo volvió a abrirse para que junto con el derecho se claven en los de su víctima.
—He esperado tanto este momento…
—No… Adam por favor…


—Adam Baros.
Dijo Edgar aún balbuceando.
—Él nos mató a todos… Es su venganza.
Fue lo último que dijo.
Todos quedaron sorprendidos. Pero Zen reaccionó.
—Sinisa, deja que Elena te estabilice. Roldan, ya puedes llevarte los cuerpos. Lothar ven conmigo.
Salió rápidamente seguido de Lothar hacia la celda donde se encontraba Layla Nazaire.
— ¡Adam Baros! —gritó ella.
—Abran esa celda —ordenó Zen a los guardias—. Ellos obedecieron inmediatamente.
— ¡Adam Baros! —Volvió a gritar— ¡Él es el asesino!
—Dime todo lo que sepas de él.


—Mátame a mí pero no a mis niños —Mariana se arrojó de rodillas— por favor…
—Oh, sí te voy a matar. Aún no sé qué haré con ellos. O con tu esposo. A él debería matarlo por imbécil. ¿Cómo ha podido casarse con alguien tan asqueroso como tú? Es repugnante.
—Déjalos ir…
—Yo los veo bien tranquilos ahí. Incluso están alimentándose bien. Maldita maniática. Tu hijo no tiene nada. Le estás jodiendo la vida haciéndole pensar que está enfermo y  míralo ahí. Tiene siete días alimentándose de comida normal y no le ha pasado nada.
—Pero…
— ¡Mentirosa! Te victimizas incluso usando a tu propio hijo inventándole una enfermedad.
Mariana se echó a llorar.
Adam caminó hacia la celda de los niños. Y con los nudillos golpeó el muro de vidrio. Los niños giraron pero no pasaron ni cinco segundos para que sigan viendo la T.V.
—Sabes… esta celda era para ellos. Está hecha de un material impenetrable. Ellos no nos pueden ver ni escuchar. Sin embargo, éste lugar no lo preparé yo… Fue el pedófilo de tu vecino. Acá experimentaba su asqueroso placer con niños, y los tuyos ya estaban en su lista.
Mariana escuchaba sorprendida.
Si no fuera por mí, ese maldito ya los habría violado. Y tú preocupándote por ti. ¡Es que no eres atractiva ni para un viejo de mierda! Ese anciano era capaz de violar a un perro antes de que te toque a ti.
Mientras Adam hablaba, Mariana lo miraba contemplándolo. En verdad era él. Habían pasado ya cinco años y mientras ella se ponía más horrenda, él se había convertido en un hombre atractivo, lleno de músculos y con un cabello mejor cuidado que el de una mujer, incluso le parecía verlo más alto. No podía reaccionar. Él había matado a su padre y había secuestrado a sus hijos, pero aun así, estaba como hechizada por él.
— ¿En serio pensaste que nunca iba a vengarme? —El asesino irrumpió en sus pensamientos— sólo quedas tú.
—Pero mis hijos…
— ¿Tus hijos? Escoge uno… Dame un nombre… Manuel o Alex, uno de ellos morirá ante tus ojos y el otro vivirá para ver cómo te torturo… ¿Tienes alguna elección? ¿Prefieres a uno de ellos?
—No… por favor… no…
—Esperé mucho por esto —el asesino sonreía mientras se acercaba a la celda donde estaban los niños—. Alex… ¿puedes salir un momento?
El niño obedeció mientras su hermano ni se inmutó.
— ¡Alex! —gritó Mariana empotrándose contra los barrotes de su celda— ¡Hijito! Todo ya va a pasar.
Adam se detuvo junto con Alex al medio de la sala.
— ¿No le dirás nada a tu madre?
—Hola.
El asesino soltó una carcajada mientras Mariana miraba a su hijo que mostraba indiferencia.
— ¡¿Alex?!
—Adam nos dijo lo que hiciste hace cinco años.
Mariana no podía creer que su hijo hablara tan fluido y claro. Tras unos segundos recién pudo reaccionar por lo que el niño había dicho, pero no pudo hablar, se sentía mareada y la parte derecha de su cerebro le provocaba un intenso dolor. Pero lo que vio no dejó que se desmaye.
¡No! —gritó.
Una línea roja se dibujó en el cuello de su hijo para que luego explote un charco de sangre a sus pequeños pies. Adam lo empujó con un dedo y sin reaccionar el niño cayó pesadamente al suelo.