jueves, 18 de mayo de 2017

capítulo vi




CAPÍTULO VI

NO DESPERTAR AL DEMONIO CUANDO DUERME

Mariana siempre fue una mujer terca que nunca hacía caso a nadie. No soportaba consejos ni siquiera de su propia familia. Esta vez era igual. A pesar de las palabras de su esposo, de su médico y de su hermano por quedarse segura en la clínica, ella insistió en ir al entierro de su padre.
La vida de Mariana estaba a punto de derrumbarse totalmente, sus hijos habían sido secuestrados hace cuatro días y su padre había sido asesinado la mañana anterior, las amenazas habían desaparecido, tal vez sí era cierto que el viejo Enzo Vialli había sido el secuestrador y en algún lugar había escondido a sus pequeños. La mente de la mujer estaba desecha. Ahora, sus pensamientos y sus preocupaciones se mezclaban con los recuerdos de su padre asesinado.
Sentada en una silla de ruedas veía cómo descendían el ataúd donde se encontraba el cuerpo sin vida de su progenitor. El entierro se llevaba a cabo en un cementerio privado de la familia Silva. A su lado la acompañaban Nicolás, Paulo y su esposa Laura, algunos otros familiares y el encargado de todo, Lucio.
A Paulo le parecía increíble la eficiencia del anciano para organizar todo sin que los medios interfieran. No le parecía digno el entierro de su padre, sin embargo, tampoco fue digna su muerte, asesinado por, tal vez, el mismo criminal que secuestró a sus sobrinos. Aún no había alertado a su hermana sobre el episodio de Eric Arrieta muerto a manos de su más fiel empleada, Layla Nazaire. No eran coincidencias, ese asesino seguía jugando con la mente de Mariana acabando con las personas que la rodeaban. Tal vez, el siguiente sería Nicolás, o él mismo. De alguna manera, sabía que el criminal no era una persona común y corriente y que probablemente el único que pudiera atraparlo sería ese sujeto misterioso llamado Zen.
Por otro lado, Lucio, tenía un as bajo la manga. Había conseguido los videos de seguridad de la casa de campo de Lucas. Él era uno de los pocos que conocían la ubicación de ese lugar donde su viejo amigo tomaba vacaciones en soledad. Tenía ganas de ver el contenido de aquellos videos, pero estaba en su entierro. Los últimos pensamientos en su mente eran recuerdos que habían vivido juntos, tantas luchas, investigaciones, descubrimientos. Todo ese conocimiento que habían ocultado al resto del mundo. Ahora era el momento de transmitir toda esa información a Paulo. Definitivamente el muchacho era digno y suficientemente inteligente para recibir aquellos secretos negados. Lucas ya había dejado todo preparado para su sucesor y la debida ceremonia de iniciación, sin embargo, estos crímenes habían precipitado todo y debían terminar pronto.
Al lado de Mariana, se encontraba su esposo Nicolás. A pesar del dolor de toda la familia y la angustia de no saber si sus hijos estaban vivos o muertos, la ligera sonrisa en su mente aún no se mostraba. Los recuerdos de hace unos años, cuando aún cortejaba a Mariana, invadían los pensamientos de Nicolás. El maldito de Lucas siempre fue difícil de tratar, sobre todo para él, que pretendía a su sagrada hija. Al final, tuvo que salir embarazada para que pueda finalmente casarse con ella. De esta manera, Nicolás entraría en el grupo de futuros hombres con más poder en el mundo. En ese momento se preguntaba ¿por qué antes no se le había ocurrido matar al viejo?


El 85% de trabajadores de SILCORP no laboró ese día. Nadie hablaba de Eric Arrieta, ni de Layla Nazaire ya que ni sabían que uno había muerto en manos del otro. De lo único que se hablaba era sobre el asesinato del fundador de SILCORP.
Algunos opinaban que el viejo era un desgraciado y debió haberse muerto hace mucho, otros hablaban de que a pesar de que Lucas era un tipo ambicioso, no merecía haber sido asesinado de tal manera. Muy pocos añadían que el pobre anciano les había dado trabajo.
Dentro de la oficina legal tan sólo se encontraban Ornella Pereyra y Edgar Sagnier. La experimentada mujer seguía trabajando como si nada hubiera pasado, incluso la reducción de personal le permitía laborar con mayor eficiencia. Sobre todo, sabiendo que por la muerte de Lucas Silva la compañía entraría probablemente en una crisis legal y los papeleos nunca terminarían. Felizmente no había nadie que pudiera ralentizar su trabajo.
Edgar insistía tratando de comunicarse con alguno de su área, pero ni Layla, ni Eric, ni Cynthia contestaban. ¿Qué les habría pasado?
Cuando se sentó en su escritorio y encendió su monitor para seguir trabajando, vio el mensaje. Un correo electrónico que había llegado hace unos minutos sin texto alguno, solo una foto en donde se veían a los hijos de Mariana Silva amordazados con los ojos vendados. Edgar se sobresaltó no por las fotografías, sino por la dirección de correo del remitente: ornella_pereyra@silcorp.com


Habían pasado ya 5 horas. Lawson era el último en llegar a la sala principal de reuniones en la comandancia de la policía. Junto con él entró el sargento Oliver Zinder.
Los otros tres ya se encontraban sentados. Lucio se hallaba cerca de un televisor con un reproductor de video al costado. En un rincón estaba meditando Zen cubierto por su larga túnica. Al otro lado de la sala se encontraba el teniente Frank Nash leyendo unos documentos.
Lucio había llamado a Lawson hacía una hora. El comandante ya había descansado lo suficiente y no había habido ninguna novedad sobre el asesino, solo lo que tenía el anciano en su poder. Los discos de video que aparentemente habían grabado el asesinato de Lucas Silva.
Lawson se había comunicado ya con Nash y le había dicho que dé carta libre a Lucio y a Zen para lo que necesiten dentro del cuartel de la policía. Obviamente, el comandante negoció con el anciano para que tanto Nash como Zinder también estén al tanto de los detalles de la investigación.
—Estamos todos —dijo Lawson—. Comencemos.
—Aún no —respondió Lucio—, falta una persona.
Cuando el comandante iba a preguntar de quién se trataba. Escuchó la voz del último invitado.
—Perdonen la demora —era Paulo Silva con un aspecto más reluciente que de costumbre—. Tengo papeleos de una herencia que firmar.
Lawson aún intrigado detuvo del brazo a Paulo cuando éste estaba dispuesto a sentarse.
— ¿Está seguro de que quiere ver esto señor Silva?
—Llámame Paulo, odio que me digan señor —respondió el joven heredero— y sí, estoy seguro de que quiero ver al asesino de mi padre. Lo más probable es que sea el mismo que ha secuestrado a mis sobrinos.
—Tienes toda la razón —dijo Lucio con una sonrisa de satisfacción al saber que Paulo tenía el mismo carácter que el viejo Lucas. Definitivamente, iba a convertirse en el próximo líder de la hermandad Sigma.
El anciano encendió el reproductor y puso el primero de los 3 discos que tenía en su poder.
Zen abrió los ojos en ese momento, y como los otros 5 presentes, no despegó la mirada de la pantalla donde se proyectaba la primera escena.
La oscuridad de la noche se mostraba en el monitor, marcaban las 2:30am. Y solo se veían a dos guardias en la entrada de la casa de campo de Lucas Silva. Uno de ellos fumaba un cigarrillo mientras el otro se recostaba en la pared. Ambos con fusiles automáticos sujetados por una correa al hombro. El enfoque de la cámara venía desde arriba de la puerta principal sin audio.
Pasaron largos minutos de video sin cambio alguno.
—Debes adelantar —dijo Paulo— el asesinato de mi padre ocurrió aproximadamente a las nueve de la mañana.
—Correcto —respondió Lucio mientras avanzaba la grabación.
Las imágenes corrían sin ningún cambio, hasta que algo los inquietó.
— ¡Ahí! —Gritó Nash— ¡Detenlo!
Pudieron ver en la pantalla que ambos guardianes se encontraban tirados en el suelo. Lucio retrocedió el video hasta el momento en que ocurrió.
Marcaban las 6:45am cuando vieron el cambio en uno de los guardias que comenzó a sacudirse estirando y estrujando sus articulaciones y extremidades. El otro guardia quiso detenerlo pero recibió disparos en el pecho.
Los seis presentes en la sala de reuniones quedaron en shock al ver cómo ese guardia que había hecho esos extraños movimientos disparó a su compañero cuando éste trataba de ayudarlo. Luego, vieron al que quedaba aún en pie, sacando una navaja de uno de los bolsillos de su chaqueta enterrándosela en el vientre cayendo mal herido al suelo.
Lawson no podía creerlo. Había visto crímenes extraños, pero nunca nada como eso. Nada tan ridículo. Lucio, Nash y Zinder también se encontraban sorprendidos. Sólo Zen y Paulo estaban aún calmados.
Las imágenes no mostraron otro movimiento. Ambos cuerpos siguieron ahí hasta que el video terminó.
Nadie dijo ninguna otra palabra mientras Lucio cambiaba de disco.
Las imágenes volvieron a reproducirse. Igualmente sin sonido, pero esta vez desde un lugar más alto de la casa. Enfocaba un tejado en donde dos guardias caminaban con sus respectivas armas.
Lucio volvió a adelantar el video hasta que el indicador de tiempo marque la misma hora que el anterior.
Cuando llegó el momento, vieron como ambos guardias alarmados se acercaron al filo del tejado y comenzaron a gritar hacia abajo, aparentemente donde estaban los otros dos asesinados.
De pronto, uno de ellos en el tejado comenzó a temblar y sacudirse, luego de unos segundos intentó arrojar hacia abajo al otro, pero éste se defendió gritándole tratando de hacerlo reaccionar. Ambos sacaron sus navajas agujereándose el cuerpo una y otra vez. Los dos fueron al suelo desangrándose y arrastrándose tratando de obtener ayuda.
Los seis que veían el video aún no entendían qué era lo que estaba pasando. Algo les sucedió a esos guardias para que comiencen a volverse locos y tratar de matarse mutuamente. Alguna droga u otro químico que habría podido ser esparcido por aquella zona. Sabían de armas químicas que podían usarse de esa manera. Pero nunca pensaron que podían ser tan eficaces.
—Pon el otro video Lucio— Dijo Zen.
El anciano obedeció.
Todos pensaban lo peor. Que el viejo Lucas se haya quitado la vida como un loco al igual que esos guardias que custodiaban su casa de campo.
Las imágenes volvieron a reproducirse. Se enfocó dentro de la casa, justo en la entrada donde había un escritorio. No podía verse más por la poca luz en el interior.
Lucio volvió a adelantar el video hasta que ocurriera algo.
Nada.
El sol entraba por las ventanas y las luces se encendieron al momento que Tania Salas, la secretaria personal de Lucas Silva, hacía su ingreso para acomodarse en su respectivo escritorio.
El video siguió corriendo y todo transcurría con normalidad. La mujer hacía llamadas, tomaba apuntes y se limaba las uñas.
Pero sucedió lo que esperaban. Ella se puso de pie y comenzó a temblar. Sus brazos se estiraron de forma extraña y se sacudieron de un lado a otro. A los pocos segundos, sus piernas también se doblaron y empezó a caminar como si fuera un ave. Muy lentamente, se acercó a la puerta principal abriéndola dejando pasar a los dos niños que se encontraban fuera.
Paulo se puso de pie alarmándose. Los demás también se inquietaron al ver a los hijos de Mariana Silva en el video. Por un momento la tranquilidad invadió sus cuerpos al saber que aún estaban con vida. Pero luego vieron a esa figura macabra entrar. No sabían si era un hombre o una mujer, o un fantasma. La totalidad de su cuerpo era cubierto por una gigantesca gabardina negra y un largo cabello castaño que cubría su rostro.
Todos, a excepción de Zen, quedaron helados al ver cómo esa persona dirigió su rostro hacia la cámara para luego caminar hacia un lado y no ser visto.
Antes de que alguien en la sala diga algo, vieron cómo la mujer se acercó al escritorio y luego de pulsar un botón en el teléfono comenzó a hablar por el auricular, pocos segundos después se dirigió al centro de la recepción parándose delante de los niños.
Lucas se acercó violentamente pero se quedó quieto antes de poder llegar hasta sus nietos que todavía se encontraban al costado de Tania Salas, que luego cayó al suelo fulminada.
El viejo comenzó a mover la boca, como si estuviera hablando con alguien. Todos sospechaban que el asesino se encontraba ahí diciéndole las últimas palabras que oiría. Unos papeles cayeron para que Lucas los pueda leer. No faltó mucho para que el asesino, como si fuera la sombra de un felino, se lance contra el viejo cortándole la garganta para luego tomar a los niños de las manos y salir por la puerta principal.
Los últimos movimientos en el video se trataron del viejo Lucas Silva arrastrándose por el suelo blanco del vestíbulo. Una mano la usaba para ayudarse a avanzar, la otra aprisionaba inútilmente su garganta para que la sangre no siga saliendo.


La oscuridad reinaba en los suburbios de Ciudad Paraíso. Los gatos callejeros dejaban de maullar cuando el fuerte sonido al pasar el tren se hacía presente.
El frío era intenso. La escasa luz ocultaba a los delincuentes que solo alcanzaban a robar lo poco que tenía la pobre gente que vivía en esa parte de la ciudad.
Ya había pasado media noche y recién aquella mujer llegaba a su apartamento. Las escaleras metálicas hacían ruidos cuando ella subía los tres pisos que daban a su morada.
Mientras ubicaba las llaves en su bolso, ella notaba la fuerte mirada de esa persona que vivía en la puerta del frente. La presencia de aquel vecino era extremadamente fuerte. Hasta ese momento, ella no tenía idea de quién se trataba, pero sabía que alguien se había mudado hacía ya un mes ahí. Desconocía si era hombre o mujer, joven o viejo; solo estaba segura que había un perro dentro también.
La muchacha entró y cerró rápidamente la puerta. Esperó tan sólo unos segundos para dar media vuelta y ver por el orificio ocular de la puerta a aquel misterioso vecino cuando salía de su apartamento. Lamentablemente, no pudo descifrar su aspecto debido a la oscuridad del pasillo.
— ¡Espera! —gritó ella abriendo la puerta impulsada por su curiosidad.
Pudo ver el largo cabello del individuo sujetado por una coleta debajo de una gorra de un color oscuro, la espalda era ancha y el cuerpo era cubierto por una casaca azul. El perfil de esa persona aparentaba ser la de un hombre a pesar de lo delicada que se veía la nariz.
Lo último que vio la muchacha fueron esos intensos ojos de reptil cuando el sujeto dio media vuelta. Luego, ella despertó al cabo de unas horas en su cama.
Su nombre era Grecia. Su castaño cabello lucía alborotado mientras se ponía de pie. Aún llevaba el uniforme de mesera del restaurante en el que trabajaba día y noche.
Encendió la lámpara sobre velador tratando ver la hora en el reloj.
 3:30 am.
La cabeza le daba vueltas y comenzó a sentir nauseas. Corrió hacia el baño pero el vómito no llegó a salir. Abrió el caño del lavatorio para poder mojar su rostro y tratar de recordar lo que había ocurrido.
Solo seguía viendo esos ojos endemoniados mirándola. Su respiración volvió a agitarse y el cuerpo comenzó a quemarle desde dentro. Arrancó los botones de su blusa blanca al abrírsela por completo, intentaba quitarse la falda negra que llevaba por la quemadura que sentía en sus blancas piernas. También estuvo a punto de quitarse la ropa interior cuando el intenso fuego interno dejó de arder. Su respiración se normalizó y avanzó de rodillas hasta su cama. Pudo alcanzar una bata de seda rosada debajo de la almohada. Se puso de pie y caminó hacia la puerta. Abriéndola, se quedó mirando el apartamento del frente con esos ojos marrones. Iba a entrar en la guarida de ese demonio.


Parecía como si se le acabara el aire ahogada en un océano negro, abría los ojos pero no alcanzaba ver nada, trataba de respirar, pero un líquido espeso se le introducía por las fosas nasales, quería gritar, pero enormes burbujas salían desde su garganta; hasta que lo hizo con tal fuerza que casi revienta sus pulmones despertando de aquella pesadilla.
            Mariana comenzó a toser debido al esfuerzo. El dolor le recorría desde el pecho hasta la boca.
            Le parecía extraño que su esposo no se haya despertado debido al grito.
            —Nicolás —lo llamó mientras quiso tomarlo del hombro.
            Lo que sintió en ese momento hizo que recoja su mano dando un ligero chillido. Algo había tocado y no era su esposo. Intentó encender la luz de la mesa de noche pero el interruptor no obedecía. Con su mano izquierda ubicó el cordón de electricidad colgando y tanteó enchufarlo mientras seguía llamando a su esposo por su nombre.
Su desesperación por enchufar la bendita lámpara fue más fuerte que no encontrar a su esposo al lado. Los nervios ya estaban en su contra cuando se hizo la luz.
Su corazón latió tan fuerte que casi le perfora el pecho. Comenzó a gritar más fuerte al ver ese endemoniado acto. Un cerdo negro había sido descuartizado en su cama, en el lugar donde debería estar Nicolás. La sangre se esparcía entre las sábanas blancas y el pelo negro del animal. La lengua la tenía fuera y los ojos abiertos. Recién en ese momento Mariana sintió el nauseabundo olor y al correr saliendo del cuarto tropezó con el cuerpo de Nicolás en el suelo. También ensangrentado con un cuchillo de cocina en la mano.
La desesperación de Mariana la hizo ponerse de pie y seguir corriendo, pero la mano derecha de su marido la cogió del tobillo haciéndola caer nuevamente.
¿Qué estaba haciendo Nicolás? ¿Habría matado él a ese animal y luego la mataría a ella? Los ojos de aquel hombre se tornaron blancos antes de que golpeara a su esposa en la cabeza haciéndola perder el conocimiento.


Darious Lawson y Oliver Zinder miraban una y otra vez los videos del asesinato de Lucas Silva, mientras en la habitación de al lado, Frank Nash se encontraba con un especialista en edición de videos tratando de enfocar y descifrar el rostro del asesino. No había conseguido resultados aún. El gigantesco saco encapuchado de aquel individuo y su cabello largo impedían identificarlo.
Según la declaración de Mariana Silva, el asesino había asegurado matarla en siete días. Ya habían pasado cinco. Lawson pensó siempre que ese enunciado del criminal se trataba de un juego mental para que la mujer sintiera pánico y entregar cualquier recompensa ante el secuestro de sus hijos. Pero esto ya había llegado muy lejos. Todo era demasiado confuso.
Horas antes, Zen había entregado al comandante la nota que extrajo del interior del estómago de Layla Nazaire. La muchacha también había sido amenazada e intentó rescatar por su cuenta a los niños secuestrados. No era del todo culpable. Los cortes en el cuerpo de Eric Arrieta demostraban que ella no había podido cometer ese asesinato con tal perfección. Las puñaladas en su cuerpo eran de un experto en anatomía y ella definitivamente no lo era. Clavaron a Eric una y otra vez para que sintiera dolor mas no para matarlo, salvo por la estocada final en el cuello.
Ahora, el viejo y poderoso Lucas Silva había caído víctima del mismo sujeto que, según las palabras de Zen, “hipnotizó” a Layla Nazaire, a los guardias de seguridad y a la secretaria Tania Salas.
Hasta ese momento el asesino no se había manifestado en cobrar una recompensa ni tampoco lo iba a hacer. Su intención era acabar con la familia Silva.
            Zen tenía razón, Lawson recién se daba cuenta de lo peligroso que podía ser ese verdugo, incluso a él también había sido alertado. Recordó en ese momento la nota que fue dirigida hacia él, escrita en el cuerpo de Enzo Vialli antes de ser arrojado desde la ventana de su apartamento. También Nash alcanzó a fotografiar lo que ese maldito había escrito antes o después de dejarlos caer en ese ascensor que por poco los mata. Ya lo había amenazado dos veces, tal vez era mejor que también se cuide la espalda y la de su familia. Pero el comandante era una persona que velaba por el bienestar humano en toda Ciudad Paraíso y que no podía abandonar la investigación en ese momento. Fue ahí cuando recibió una llamada.
            —Comandante —era la voz de un oficial.
            —Si dígame.
            —Tengo en la otra línea a un sujeto llamado Edgar Sagnier. Dice que trabaja para Mariana Silva y que sabe quién ha secuestrado a sus hijos.
            —Pásamelo—. Dijo Lawson, sorprendido pero todavía calmado.
            —Sí señor.
            Lawson esperó tan sólo diez segundos para escuchar la voz de la posible solución a todo ese gran problema.
            —Señor Lawson —dijeron desde la otra línea en un tartamudo susurro—mi nombre es Edgar Sagnier.
            —Señor Sagnier por favor hable más alto.
            —Sí… Sí señor… Es que trato de no despertar a mi madre…
            — ¿Tiene información para mí a las cuatro de la madrugada?
            —Correcto señor… No he podido dormir teniendo este peso encima…
            —Soy todo oídos.
            —Fue Ornella Pereyra.
            — ¿La abogada?
            —Así es… Me llegó un correo electrónico de ella con una foto de los niños con los ojos tapados y amordazados.
            — ¿Cuándo fue eso?
            —Hoy por la tarde…
            —Y recién por la madrugada me lo está informando.
            —Tenía miedo… Desde hace unas horas siento que alguien me está observando.
            Lawson demoró en responder.
            — ¿Puede enviarme la foto al correo de la comandancia?
            —Verá…—Edgar comenzó a ponerse nervioso—. Los correos electrónicos de SILCORP, sólo se pueden visualizar en las oficinas de la compañía.
            —Entonces su llamada a las cuatro de la madrugada ha sido en vano señor Sagnier.
            —Puedo llevarle la fotografía a la comandancia…
            —Usted…
            —Sí…—Dijo Edgar interrumpiendo a Lawson— la imprimí.
            —Mando un patrullero por usted.
            —No será necesario… vivo a tres cuadras.
            — ¿Y qué hace que no se apura?
            —En cinco minutos estoy ahí.

           
            En la oscuridad de una de las carceletas de la comandancia de la policía de Ciudad Paraíso se encontraba Zen sentado en el suelo apoyado en una pared de ladrillos negros con los ojos cerrados. Frente a él se encontraba Layla Nazaire.
            La muchacha aún no había podido dormir debido a los dolores en su interior. Ese hombre misterioso que tenía al frente la había hecho vomitar a la fuerza. Las imágenes de Eric ensangrentado le venían a la mente. Ya ni sabía si lo había asesinado o no. Lo que sí sabía era que él estaba muerto, que los hijos de Mariana aún seguían secuestrados y que las víctimas seguían cayendo. Se sentía confundida y lo suficientemente mareada para que no pueda cerrar los ojos sin sentir nauseas.
            —Mujer —Zen interrumpió sus pensamientos— ¿Escuchas voces dentro de tu cabeza?
            — ¿Cómo? —Respondió Layla sorprendida.
            Zen aún tenía los ojos cerrados mientras volvía a interrogar a la muchacha.
            —Has sido hipnotizada por la persona que asesinó a Eric Arrieta —Zen abrió los ojos para mirarla fijamente—. Por algún motivo quiso que la policía te culpara. Por eso pregunto si escuchas voces, o tienes algún dolor.
            —Tengo un ligero latido en este costado —dijo Layla tocándose el lado derecho de la cabeza—. Pero más es el malestar que me causaste al forzarme a vomitar.
            —Era necesario. Además, la dolencia que tienes en el cerebro también te la causé yo.
            — ¿Qué?
            —Tuve que también hipnotizarte para que puedas hablar.
            — ¡¿Quiénes son ustedes?! —gritó Layla poniéndose de pie— ¡¿Cómo así todo el mundo puede hipnotizar?!
            —No todos. Yo lo aprendí hace unas décadas, pero sólo consigo hacer hablar a las personas. El individuo que ha cometido los asesinatos puede, aparentemente, controlar a la gente a su placer —Zen hizo una pausa—. Me lleva ventaja.


            El silencio era el mejor aliado de Edgar Sagnier. Con fotografía en mano bajaba las escaleras de su casa tratando de no despertar a su madre y a su abuela. Sin encender las luces caminó hacia la puerta de su casa. Ya tenía memorizadas las ubicaciones de los muebles y aun así, chocó su pierna derecha contra una mesa donde hizo tambalear un florero que casi cae al suelo.
Con mucho cuidado abrió y cerró la puerta de su casa saliendo de ella y se dispuso a introducirse entre las oscuras calles.
Un ruido, que probablemente haya sido producido por su imaginación, hizo que acelerara el paso y mirara hacia atrás cada diez segundos.
La calle estaba realmente desierta. Solo uno que otro auto pasaba a gran velocidad mientras las luces de los postes servían de guías para que Edgar pueda llegar a la comandancia de la policía.
Sentado en la vereda y apoyado en uno de esos postes de luz se encontraba esa figura humana cubierta con una chaqueta. La gorra que traía puesta le cubría el rostro.
Edgar desaceleró sin quitarle la mirada a aquel sujeto que se ponía de pie. El foco de luz de aquel poste comenzó a tiritar creando una sensación de cámara lenta mientras Edgar quedaba inmóvil ante esos ojos viperinos que tenía al frente.
El sujeto dio un paso hacia delante.
—Hola Edgar —la voz que escuchó el obeso muchacho fue reconocida en el instante.
—Tú…
No hubo tiempo para reaccionar.


Lawson cruzaba un largo pasillo para poder llegar al vestíbulo de la comisaría. Era un salón lleno de escritorios con seis policías siguiendo al detalle la investigación del caso que amarraba el secuestro de los niños y los últimos asesinatos. Las fuertes luces incomodaban al comandante cuando le anunciaron que una persona se aproximaba.
—Debe ser Edgar Sagnier —le dijo a uno de los policías cerca de la puerta de entrada—. Déjenlo entrar.


Con menos dolor, Layla Nazaire seguía respondiendo a las preguntas de Zen en la carceleta donde la habían encerrado.
—No se me viene a la cabeza otro nombre —dijo la muchacha—. Es cierto que a Mariana Silva tiene muchos enemigos pero no conozco a todos. Incluso ella desconoce a la mayoría. No le importaba a quienes hace daño, hasta su familia fue muchas veces afectada debido a sus caprichos.
—Creí que la apreciabas.
—La respeto, y mucho. Nunca se dejó pisotear por nadie.
—Pero por lo que me cuentas, ella fue quien pisoteó.
En ese momento, Zen se sobresaltó abriendo completamente sus agrisados ojos, asustando a Layla.
— ¡Está aquí! —dijo poniéndose rápidamente de pie.


Lawson hacía señales hacia Edgar para que se acercara a él. El comandante se encontraba cansado y estresado, necesitaba dormir por lo menos una hora, pero tal vez, en esa fotografía estén las pistas que buscaba para encontrar al secuestrador. Alguna referencia del lugar, una dirección, algo. No iba a mandar a capturar a la prestigiosa abogada, Ornella Pereyra, hasta que viera la foto.
Edgar se acercaba dando cortos pasos, aparentemente también muy cansado, se movía de manera extraña. A Lawson dejó de importarle eso ya que el obeso muchacho estiró el brazo derecho donde tenía la fotografía de los niños secuestrados.
A tan sólo cuatro metros de distancia, Lawson se dio cuenta de que Sagnier tenía los ojos cerrados mientras se acercaba. Ya cuando estuvieron cara a cara y el comandante esperaba que le entregara la foto. Los dedos de Edgar se movieron para darle vuelta a aquella hoja de papel y dejarle leer un mensaje.

Lawson, te lo dije.

Lawson solo pudo reaccionar ante el grito de Zen, que había llegado tarde. La sensación de un objeto frío se introducía en su estómago para que luego se convirtiera en un lago hirviente de sangre que lo dejó de rodillas, mientras veía como Edgar Sagnier moría a su costado debido a los cinco balazos que cayeron en su cuerpo.
El comandante trató de levantarse mientras se sacaba el cuchillo del vientre. Sus ojos se cerraban cuando pudo ver, por las puertas aún abiertas, a ese sujeto en la calle que se ponía de pie. Parecía un muerto que volvía a la vida. Era él. El asesino. No había nadie más fuera de la comandancia. Ninguno de los policías se había dado cuenta, sólo Zen, que a toda velocidad fue tras el sujeto que se perdía rápidamente entre la oscuridad de la noche.


El perro labrador dentro de la guarida del asesino había levantado la oreja al darse cuenta de que alguien entraba.
La muchacha llamada Grecia entró con mucha facilidad en aquel apartamento.
Los interruptores de luz no funcionaban haciendo que ella use sus manos para adivinar con qué se chocaba.
Una pequeña luz se proyectaba desde la otra habitación. Acercándose, pudo ver que venía del monitor de una computadora portátil a unos metros.
Quiso acercarse, pero lo que vio la sobresaltó haciéndola retroceder. Dos maniquís decapitados con las extremidades amputadas reemplazadas por ramas de árboles que levantadas y juntadas formaban un arco. Como si dos personas con los brazos hacia arriba se unían para dar la forma de un portal el cual tenía hacia el otro lado una especie de altar con un libro encima.
Al aproximarse, se dio cuenta del enorme labrador color crema a sus pies al que por poco le pisa la cabeza. El animal soltó un gruñido.
—Tranquilo perrito —retrocedió.
El perro ladró dos veces obligándola a abandonar el apartamento a toda velocidad.


Zen corría rápidamente atravesando pasajes y callejones en aquella noche. A pesar de haber entrenado sus músculos para situaciones como esa, llevaba desventaja ya que no conocía la zona. Solo podía ser guiado por su instinto.
No recordaba la última vez que había estado en Ciudad Paraíso, pero definitivamente no era la misma ciudad de hace un tiempo atrás.
Ese asesino había sido lo suficiente hábil para escaparse de él.
Zen había estudiado sobre la energía corporal de cada ser humano y también la espiritual, ésta última no podía ocultarse por una persona normal ni siquiera durmiendo. No podía creer que aquel sujeto haya podido evadirlo ocultando esa energía llamada “aura”.
Recién sintió la presencia cuando llegó a un callejón sin salida. No estaba frente a él, sino detrás. Había caído en una trampa.


Los médicos aparecieron en el acto tratando de impedir que el comandante Darious Lawson siga perdiendo más sangre. Antes que lo subieran a la camilla para llevarlo a la Clínica Especial de Ciudad Paraíso, el comandante pudo darle a Frank Nash la fotografía.
El joven detective no pudo reaccionar ante la evidencia debido a lo preocupado que estaba por su comandante.
Cuando Oliver Zinder y Lucio llegaron al vestíbulo pudieron sacar del trance a Nash. Éste levantó la fotografía y los tres la miraron. Ambos niños estaban con los ojos vendados y amordazados. La habitación donde se encontraban no les decía nada. Sólo el texto encima.

Lucio, tú serás el siguiente.

El anciano sonrió, tomó la foto de las manos de Nash y caminó hacia dentro de las salas de investigación.
—Síganme —ordenó a los 2 detectives. Ambos caminaron detrás de él, dejando de lado el cuerpo de Edgar Sagnier ensangrentado rodeado de otros policías.


Ambos sujetos se miraron sin decir una sola palabra. Estaban alumbrados por un poste de luz en el medio del callejón sin salida. Los primeros rayos del sol tardaban en aparecer.
Los dos se quedaron sin moverse por varios segundos. Mientras Zen ya tenía su rostro descubierto y su larga túnica abierta, el asesino vestía una casaca azul totalmente cerrada, unos jeans gastados y una gorra negra que ocultaba parte de su rostro.
— ¿Quién eres? —preguntó el asesino. Su voz era una mezcla entre sonidos metálicos y el de una niña.
Zen no respondió, miraba de un lado a otro esperando el momento oportuno de hacer algo, de atacar o escapar. Sabía que si miraba fijamente a ese sujeto, podía quedar hipnotizado, tal vez hablando también caería bajo el poder de ese manipulador. Ya tenía alguna idea de cómo había cometido esos asesinatos. Pero lo que no entendía, era el miedo que sentía en ese momento. Hacía ya muchos años que el cuerpo no le temblaba.
— ¿Me has perseguido hasta acá para solo temblar? —la voz cambió a una más repulsiva y sin sonido, llegó directamente al cerebro de Zen, que comenzó a caminar hacia el asesino.
Después de dar el quinto paso, Zen sintió el primer ataque mental. Fue como si un gigantesco peso le cayera encima nublándole la vista y provocándole un pitido en los tímpanos. Las piernas dejaron de responderle, sin embargo, tan sólo era un intento de controlarlo. Él estaba capacitado para que no cayera en ninguna hipnosis, por más fuerte que sea. Y ese criminal, definitivamente, era el ser mental más peligroso del mundo.
Cuando Zen reaccionó, liberándose totalmente del intento de hipnosis del asesino, se lanzó a toda velocidad hacia él, parecía que iba a embestirlo de frente, los ojos de su rival se abrieron al ver su rapidez. Zen lo rodeó y con un veloz movimiento se colocó detrás de él pateándolo en las piernas haciendo que cayera de rodillas. Liberó una navaja de su túnica y la introdujo en la garganta al asesino para luego deslizarla por todo el cuello haciendo que la sangre cayera al suelo desparramándose en chorros.


La ambulancia se dirigía toda velocidad atravesando las oscuras calles de Ciudad Paraíso. La camilla donde estaba recostado el comandante de la policía, Darious Lawson, se tambaleaba en cada esquina.
El Comandante, trataba de no perder la conciencia mientras recordaba lo que había sucedido minutos atrás.
Pudo ver al asesino. Después de haber sido atacado por Edgar Sagnier. Vio como esa persona de apariencia andrógina se daba media vuelta mientras decía lo que estaba escrito en la fotografía, Lawson, te lo dije.
El pobre muchacho obeso que le clavó el cuchillo en el vientre había sido acribillado por la enorme cantidad de policías que presenciaron cómo intentaban matar a su comandante. Edgar definitivamente había muerto. Tal vez Zen tenía razón después de todo. Este asesino podía controlar la mente de las personas y hacerlos moverse y actuar a su placer. Jamás había visto algo parecido.
El dolor se intensificaba mientras se aproximaban a la Clínica Especial de Ciudad Paraíso. Pero aquel dolor era sólo superficial. Ese cuchillo no había tocado ningún órgano. Sabía que el asesino sólo había intentado frenarlo, mas no acabar con él.
La enfermera, sentada a su costado sujetando su enorme cuerpo para que no se caiga de la camilla, veía la sonrisa de Lawson al sentir más dolor por la pérdida de sangre.
El comandante había ya recibido advertencias del asesino. Incluso que matarían a su pequeña Adriana. Imposible. Si aquel maldito hubiera querido un final trágico para él y su familia, tranquilamente hubiera podido meterse en su mente y matarlos a todos para luego suicidarse. Pero no lo hizo. Ese criminal no tenía intenciones de acabar con su vida. Sólo quería destruir a Mariana Silva y todo lo que le rodeaba.
A pesar de que el cuchillo no dañó ningún órgano interno, y que Lawson era un mastodonte lleno de salud, la pérdida de sangre le estaba blanqueando la mente. Sus últimos pensamientos conscientes fueron hacia Mariana Silva. Si el asesino la hubiese querido muerta, ella ya estaría sepultada. Pero él no la iba a matar. No aún. Primero la torturaría en un extremo dolor físico y mental.


La sangre del cuello del asesino se escurría por los dedos de Zen. De la misma forma como había muerto Lucas Silva.
Zen, aún se encontraba sorprendido por la facilidad con la que se aproximó hacia su oponente y con ese rápido movimiento situarse detrás de él tumbándolo para luego cortarle la garganta.
Antes que el criminal caiga al suelo para retorcerse de dolor. Zen, lo tomó de la nuca y quitándole la oscura gorra quiso verle la cara a ese maldito. Sus ojos grises se abrieron completamente al ver su propio rostro y su propia garganta sangrando.
Había caído en una ilusión. La figura espectral a la que él había cortado estaba esfumándose. No podía creer que ese asesino mental fuera tan hábil y que lo haya hecho entrar en una ilusión tan facilmente.
Pero, ¿dónde estaba? Zen giró hacia un lado y pudo verlo por el rabillo del ojo. Ahí se encontraba, a tan sólo tres metros; de pie, mostrando esa cabellera sujetada por aquella gorra que ocultaba su rostro. Comenzó a acercarse.
No distinguía si era un hombre o una mujer. Pero lo que si sabía era que tenía que salir de ahí. Ese asesino era realmente peligroso. A pesar de que Zen había aprendido infinidad de técnicas mentales, jamás había presenciado algo parecido a controlar totalmente la mente de una persona y que lo haga actuar a placer.
No había otra salida; escapar, o atacar de la misma manera. Usaría la más fuerte de sus técnicas mentales. Los ataques físicos no harían efecto contra su rival porque escaparía fácilmente.
Zen rodó hacia un lado para luego ponerse de pie antes que su rival se acerque más a él.
—No eres un ser ordinario —dijo el asesino con una voz gruesa y macabra.
—Tú tampoco —respondió Zen—. He pasado decenas de años estudiando técnicas mentales, pero no había visto nada como controlar totalmente a un humano. Incluso controlar a un animal es casi imposible.
—Lamento que no puedas vivir una decena más para aprenderla —esta vez, la voz del asesino era la de un viejo con la garganta ya destruida por la edad.
Ambos se miraban fijamente sin poder identificar totalmente sus rostros. La oscuridad de la noche sólo dejaba ver el brillo de sus ojos.
Era el momento de matar o morir. Zen iba a usar la más peligrosa de sus técnicas, iba a interferir en los recuerdos del homicida para luego usarlos en su contra. Si daba resultado, podía llegar a generarle un derrame cerebral que acabaría con la vida de su contrincante. El problema de esa técnica, es que si no daba resultado, Zen quedaría totalmente agotado, indefenso y sería una presa realmente fácil.
El asesino vio cómo su rival hacía que el aire se haga más espeso. La energía que irradiaba Zen, lo sorprendía y lo paralizaba. Intentó acercarse más, pero algo lo frenaba. Entonces su mente quedó en un oscuro vacío.
Fue en ese momento cuando sus recuerdos en blanco y negro comenzaron a proyectarse como si fuera una vieja película.
A pesar de que sabía que todo era una ilusión, el asesino no podía desprenderse de esos recuerdos en forma de imágenes.
La voz de una mujer se escuchaba en su mente. Luego otras voces de su pasado se mezclaban en su cerebro mientras imágenes de su niñez pasaban una tras otra.
A unos metros, Zen se encontraba intensificando aquella técnica ilusoria. Estaba en un trance tratando de indagar más en el cerebro del criminal, pero a pesar de todos sus esfuerzos, no podía ver más allá que pequeños vistazos sin ni siquiera saber aún si el criminal era un hombre o una mujer. Hasta que por un momento, las imágenes se detuvieron en una sola. El rostro de Mariana Silva.
Fue en ese instante en que el asesino intentó salir del trance. Pero los recuerdos comenzaron a dibujarse más rápido, uno tras otro, la mayoría con la figura de Mariana en alto relieve. Luego, Zen pudo ver aquella figura impregnada en la tapa de un libro. Un símbolo que había visto antes. Fue lo último que pudo ver de los recuerdos de ese sujeto, ya que éste reaccionó atacándolo mentalmente.
A pesar que no podía controlarlo totalmente, el asesino se las ingenió para conducir mentalmente el brazo derecho de un sorprendido Zen, tomando el cuchillo de uno de los bolsillos de su túnica y apuñalarse en uno de los costados del vientre.
El dolor fue intenso, pero Zen no soltaba el cerebro de su rival. Aún se encontraban a tan solo tres metros de distancia. No podía claudicar en ese momento. Si cedía, caería de rodillas por el dolor físico y cansancio mental. Se encontraría al margen del asesino y moriría en el instante.
No le quedaba otra más que usar todo lo que le quedaba.
El asesino sintió cómo un dolor en forma de líquido recorría la parte izquierda de su cabeza. Era la primera etapa de un derrame cerebral. Ese sujeto frente a él estaba lográndolo. Las imágenes de Mariana y su detestable voz aún invadían su mente. Tenía que acabar con su rival antes que ese dolor en el cerebro siga procediendo.
Otra vez hizo que Zen se apuñale a sí mismo en el vientre.
Eso fue lo último que pudo hacer antes de que ambos cayeran al suelo.
Pasaron sólo unos segundos para que Zen pueda abrir los ojos y ver el cuerpo inmóvil del asesino. Por fin lo había logrado. Pudo hacerle estallar una de sus venas cerebrales acabando con su vida.
Aún no podía creer, cómo ese criminal había hecho para controlar uno de sus brazos y apuñalarse a sí mismo dos veces. La sangre caía por uno de sus costados y el dolor era intenso. Pero había valido la pena.
Tenía que informar a Lucio. El viejo vendría e investigaría el cuerpo. A duras penas se puso de pie manchando sus manos con la sangre que salían de las heridas. Pero su corazón se paralizó cuando pudo ver que el cuerpo aparentemente muerto del criminal había desaparecido.