jueves, 11 de mayo de 2017

Capítulo v



SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO V

JUEGOS MENTALES

Eran las 5 de la mañana. El sol tardaba en salir, no había nadie por aquellas calles, ni tampoco en el parque donde esa persona estaba sentada. Llevaba una gabardina que incluso cubría parte de su rostro que no reflejaba ninguna expresión ya que sus ojos se encontraban cerrados ya desde hace buen rato.
El frío era intenso, sin embargo, la quietud que mostraba esa persona era igual a la de los árboles que rodeaban el parque. No se inmutaba por nada, ni siquiera al sentir la presencia de la mujer que se acercaba.
Si hubiera otra persona alrededor podría haber visto la forma tan extraña de caminar de Cynthia Jordan. Ella sí tenía los ojos extremadamente abiertos, pero sus pupilas estaban dilatadas. Miraba hacia la nada, sólo caminaba hacia esa persona sentada en una de las bancas.
Cuando llegó, sacó de su bolso un folder color crema y lo dejó en la banca, para luego marcharse caminando tan extrañamente como si se tratara de un títere.


Desde dentro del helicóptero se veía cómo el sol salía por el horizonte mientras dejaban ya aquellas montañas desérticas. El piloto iba delante guiado por las coordenadas indicadas anteriormente por Lucio, quien se encontraba en la parte de atrás sentado al costado de Paulo Silva. En el asiento frente a ellos, se hallaba, encapuchado, Zen. Solo se veía parte de su quijada, el resto de su cuerpo estaba siendo cubierto por una larga manta marrón.
El motor del helicóptero producía un fuerte ruido que incomodaba a Paulo, habían entrado en una zona tormentosa donde la arena se mezclaba con tierra más espesa en un terreno rocoso. Era la primera vez que Paulo cruzaba esa parte inhabitable del mundo.
Pero sus pensamientos se centraban más en ese hombre que tenía al frente. ¿Cómo ese joven podría encontrar al secuestrador de sus sobrinos? Si ni siquiera la policía de Ciudad Paraíso había podido aún. Definitivamente era una persona muy rara. Incluso, se encontraba durmiendo en pleno movimiento motor de aquel vehículo aéreo.
—En diez minutos estaremos llegando al cuartel de la Policía —dijo Lucio—. Zen encontrará lo necesario ahí para iniciar su investigación.
Paulo miró una vez más a ese individuo encapuchado al frente de él.
— ¿Qué te hace pensar que solo él puede capturar al secuestrador?
—No creo que exista otro ser humano capaz que pueda.
—Recién han pasado tres días. Tal vez, la policía ya esté a pocos pasos de capturarlo.
—Imposible. Este criminal ha secuestrado a tus sobrinos en un edificio lleno de mecanismos de seguridad. Luego, ha asesinado a sangre fría a una simple muchacha que cuidaba de esos niños, lanzó por la ventana del noveno piso a un viejo de setenta años, ha mandado mensajes amenazantes a tu hermana burlándose del mismo cuerpo policial de la ciudad más grande de todo el mundo.
Lucio tenía razón. Pero, ¿cómo sabía todo eso? Las dudas de Paulo se incrementaron aún mucho más.
—Todavía no me has dicho qué es lo que tiene de especial este sujeto.
—El mundo ha sido invadido por la avaricia y corrupción de muchas personas que han podido destruirlo en varias ocasiones. Los humanos somos codiciosos y jugamos a ser dioses —Paulo escuchaba atentamente a Lucio—felizmente hay un equilibrio que impide que el caos se desate destruyendo el planeta. Parte de ese equilibrio es este muchacho llamado Zen.
—Tienes mucha fe en esta persona.
— ¿Fe? —Reaccionó Zen levantando la cabeza, dejando ver esos ojos plateados— esa palabra no la había escuchado hace mucho. Según los libros antiguos, la fe era el motivo por el cual los humanos confiaban y creían en que las cosas iban a ocurrir. Pero esa fe los hizo débiles— Zen continuaba hablando con esa suave voz que hipnotizaba a Paulo—. La fe fue peligrosa, ahora es ridícula. Todos sabemos que hubo una era en que la el planeta estaba regido por dioses que concedían milagros gracias a la fe de sus creyentes. Ahora los milagros los hacemos nosotros sin necesidad de dioses ni fe.
Paulo miraba a Zen y sabía que no tenía opción para refutar a ese sujeto. Parecía como si supiera toda historia contada desde el principio de los tiempos.
—Si tú crees en la fe, Paulo Silva— continuó hablando el misterioso joven—. Pues tu fe soy yo.


El cansancio derribó al detective Frank Nash. Ya en su dormitorio, sólo se dejó caer de cara contra su almohada. Se sentía culpable al saber que el sueño lo iba a vencer. Ni siquiera iba a tener un último pensamiento para Eric Arrieta, con el que pasó gran parte de su juventud. Ambos solteros, ambos ambiciosos por lograr el éxito, ambos buenos amigos.
Ahora, Eric muerto. Asesinado aparentemente por una mujer de 24 años, cosa que no tenía ni pies ni cabeza. Las declaraciones de la muchacha carecían de sentido común. Se le encontró en la escena de crimen y sus huellas estaban impresas en todas las marcas de sangre en el departamento de Eric.
Culpable.
Pero, ¿A qué se refería con aquella nota? ¿Los hijos de Mariana Silva? ¿El otro asesino?
En la confusión de sus pensamientos, el cansancio se apoderó de su cuerpo haciéndolo caer en un profundo sueño.


El médico forense, Daniel Roldán, caminaba en la oscuridad atravesando pasajes y habitaciones arrastrando una camilla con un cadáver cubierto por una sábana blanca.
Justo cuando llegó a la sala de autopsias se dio cuenta que tenía visita.
El comandante Darious Lawson y el oficial Oliver Zinder lo estaban esperando.
— ¿Otra vez por acá comandante?
—Dime Roldán —Lawson se acercó a la camilla— ¿es ese el cuerpo de Eric Arrieta?
—Según el expediente, sí.
— ¿Ya has descubierto algo sospechoso?
—Justo empezaré en este momento —Roldán destapó el cuerpo del fallecido joven—. Pónganse las máscaras —dijo mientras se ponía la suya y señalaba con un bisturí el escritorio al otro lado de la habitación.
Con una mirada, Lawson le indicó a Zinder que vaya por dos de esos tapabocas.
Ambos se acercaron luego de controlar parcialmente un sutil olor desagradable del cadáver.
— ¡Qué barbaridad! —Se alarmó Roldán al ver por completo la cantidad de cortes que tenía Eric— ¿Han encontrado al culpable de este acto vandálico? 
—Se podría decir que sí— dijo Lawson.
—Yo creo que aún no— dijo una voz que venía desde la escalera oscura por donde se ingresaba a aquella zona mortuoria en el cuartel de la policía.
Lawson volteó al mismo tiempo que Zinder y Roldán. Vieron la silueta de dos sujetos descender de esas escaleras.
Un elegante anciano con traje negro y un sujeto encapuchado con aspecto de monje aparecieron ante ellos.
—Comandante Lawson—. Dijo el viejo—. Mi nombre es Lucio. Vengo representando a Lucas y Paulo Silva. Traigo una carta del presidente autorizando a este hombre a mi costado, para que se haga cargo del caso que usted aún no ha podido resolver.
La expresión de Lawson era difícil de describir. Pero sus profundos ojos negros se clavaron en los extraños ojos grises del sujeto vestido de monje.


El sonido del intercomunicador encima de la mesa de noche lo despertó. El sol volvió a salir mientras estaba durmiendo. Los años habían pasado sin que él se diera cuenta. No estaba muerto, aún no. El estridente sonido lo traía nuevamente al mundo.
— ¿Sí?
—Señor Silva —dijo la voz de una mujer al otro lado de la línea.
—Tania, ¿No te dije que me dejaran descansar por la mañana?
Lucas Silva era un anciano arrugado sin un solo cabello en la cabeza
—Sí señor —dijo la mujer, ahora con un tono muy nervioso— pero se trata de una emergencia.
—Mi hijo se encargará. Estoy harto de los problemas de la compañía.
—Esto es más serio…—se produjo un fuerte sonido y luego una larga pausa.
— ¿Tania?... ¡¿Tania?! ¡Responde!
—Lucas Silva —era la voz de Tania pero con un tono mucho más serio.
— ¿Tania qué sucede? —el viejo Lucas tuvo dificultad para sentarse al borde de su cama con el auricular en la mano.
— ¿Has escuchado alguna vez a tus nietos llorar de dolor?— la voz de la secretaria ahora era mucho más grave.
— ¿Cómo?
De pronto, se escucharon los chillidos de Alex y Manuel. Eran gemidos de fatiga y desesperación.
—Están con mucha hambre Lucas, y tú ni enterado que están perdidos hace tres días. La policía los está buscando y tu hija Mariana morirá en poco tiempo. Y ¿tú qué haces? Pasando el resto de tus días alejado de los problemas que causaste a tanta gente.
Los nervios de Lucas Silva alteraron su pulso, se sujetó el pecho mientras intentaba llegar al control remoto que accionara la visibilidad de la cámara de vigilancia.
—Tania… Si quieres conservar tu trabajo, espero que tengas una buena explicación para esta broma.
— ¿Broma? —Se escuchó una risa junto con los continuos gemidos llorosos de los niños—. ¿Por qué no vienes a comprobar si estoy bromeando o no?
Lucas tomó el control remoto y activó una caja que emitía una luz roja, cinco segundos después las tres pantallas frente a él se encendieron.
La primera mandaba imágenes de la entrada principal de aquella casa. Los dos guardias se encontraban en el suelo aparentemente muertos.
La segunda pantalla proyectaba el techo donde también deberían de estar dos guardias cuidando la zona, ambos en el suelo.
La tercera cámara daba a la zona de recepción de la casa, donde debería estar Tania. Y ahí estaba la mujer, de pie con el auricular en mano. Los dos niños estaban detrás de ella. El corazón de Lucas se sacudió violentamente, pero el viejo, sin pensarlo dos veces, se lanzó a correr lo más rápido que pudo. Bajó las escaleras saliendo de su habitación, luego atravesó un pasillo hasta que la vio ahí. Su secretaria personal de pie en medio de la iluminada recepción. Tanto el piso, como las paredes y el techo eran de color blanco. Tania era una mujer simple, castaña por donde se veía. Hasta su traje era del mismo color. Lucas vio como los ojos blancos de la mujer ahora se cerraban y ella caía al suelo golpeándose la cabeza.
Al anciano le dio otra punzada en el pecho, pero la imagen de sus nietos a tan solo diez metros de él, le daban las fuerzas suficientes para caminar hacia ellos.
No entendía lo que había pasado, ¿Cómo habían llegado ahí? ¿Qué había pasado con su personal de seguridad y con su secretaria?
Después del segundo paso hacia sus nietos, una extraña voz lo alertó
—Lucas Silva—. El viejo volteó y vio a esa persona sentada en uno de los sillones de la recepción. No se había dado cuenta que alguien se encontraba ahí cuando entró—. ¿Me recuerdas?
Lucas era un viejo zorro, que sabía cómo lidiar con cualquier tipo de circunstancias, había pasado ya por asaltos, secuestros, incluso lo habían ya intentado matar más de una vez.
—No —dijo fríamente—. No te reconozco— sabía muy bien que la mayoría de criminales actuaban para llamar la atención. Lo mejor que podía hacer era tranquilizarse y hablarle con indiferencia.
—Supongo que no. Ya que no debo ser la única persona que quiere matarte. 
—Lo han intentado antes —Lucas retrocedió un paso para acercarse un poco más a sus nietos.
—Sin embargo, ¿cuántos pudieron secuestrar a uno de tus familiares por tres días?, o ¿cuántos sabían de la existencia de este lugar? ¿Acaso alguien sabe que tenías planeado pasar aquí el resto de tus días?
La sangre se le congeló, quien le hablaba tenía razón. Sólo su hijo Paulo tenía conocimiento de ese lugar.
— ¿Mataste a mi hijo?
—No. Pero estoy a punto de matar a tu hija.
El corazón del viejo se detuvo por un par de segundos arrojándolo de rodillas al suelo. Los niños trataron de acercarse pero los ojos de su secuestrador les ordenaron que se quedaran dónde estaban.
— ¡Maldición…! —Dijo débilmente— ¿Quieres dinero?
— ¿Dinero?... Solo quiero liberar al mundo de personas como tú. Si quisiera dinero ya lo habría vaciado de tu cuenta bancaria.
— ¿Y cómo harías eso? —el viejo, con mucha dificultad se puso de pie.
—De la misma manera que obtuve esta dirección.
Lucas todavía desconocía la forma de actuar de esa persona y cómo había conseguido tal información. En ese momento, el secuestrador le arrojó un sobre con muchos papeles a sus pies.
— ¿Qué es esto?
—Dale un vistazo.
Lucas se puso de rodillas nuevamente y con sólo ver la primera hoja pudo saber que esa persona no estaba hablando de más. Los estados de cuenta y las claves secretas bancarias se hallaban ahí.
En otra hoja se encontraban las direcciones y códigos secretos de alarmas de todas las casas, departamentos y propiedades de la familia Silva.
— ¿Cómo conseguiste esto?
—Eso ya no importa.
Lucas no pudo reaccionar a tiempo. No vio venir aquel ataque hacia su garganta. La persona con la que estaba hablando hasta hace unos segundos, se había puesto de pie y de un rápido movimiento deslizó una navaja por la garganta del viejo haciéndolo sangrar por el blanco suelo de la recepción.
Los niños comenzaron a llorar de nuevo y eran llevados afuera mientras su abuelo luchaba por arrastrarse hacia el pasillo por donde vino. El corazón le latía cada vez más fuerte, de una u otra forma moriría, de un ataque cardíaco por la desesperación, o por desangrarse por el corte en el cuello.
Las escaleras se teñían de rojo mientras el viejo dejaba sus últimas fuerzas al subir por ellas. Avanzaba por inercia, había sido entrenado mentalmente para momentos como este. No podía creer que había sido víctima de alguien que había burlado todos los sistemas de seguridad conocidos.
Por fin, había llegado arrastrándose al dormitorio, no le quedaron más fuerzas, sólo pudo levantar un brazo una vez más para poder abrir el cajón de la mesa de noche y sacar de ahí un cilindro con un botón rojo, que presionó mientras moría fulminado por un último ataque cardiaco.


Resignado, Darious Lawson se sentó al lado de Lucio. Había pasado la última hora tratando de encontrar explicaciones, había llamado a todos sus superiores intentando volver a obtener el caso de los niños secuestrados. Ninguna influencia ni tampoco ninguna de sus antiguas condecoraciones fueron suficientes ante la carta del Presidente.
A unos metros se encontraba Zen con Daniel Roldán examinando el cuerpo de Eric Arrieta.
—Tienes muy buenas influencias Lucio— dijo Darious al anciano quien  mirándolo soltó una sonrisa burlona.
En ese momento un ligero pitido los alertó. Provenía de uno de los bolsillos del saco de Lucio. Un aparato con una pantalla comenzó a llenarse de datos y códigos. Darious no entendía nada, pero el anciano agachó la cabeza cerrando los ojos.
— ¿Qué ocurre? —preguntó el comandante.
Lucio levantó la cabeza.
—Lucas Silva ha sido asesinado.
— ¡¿Cómo?!
—Probablemente haya sido el mismo sujeto que ha cometido los demás crímenes.
¿Quiénes son ustedes? —preguntó Lawson.
—Yo soy un hombre de negocios —dijo Lucio para luego señalar a Zen—, él es el sujeto que atrapará al asesino.
El comandante se puso de pie y se dirigió hacia el centro de aquella habitación donde se encontraban Zen, Daniel Roldán y el Oficial Oliver Zinder. Le causaba curiosidad lo que podría hacer aquel muchacho de cabello largo y negro.
Roldán sujetaba con unas pinzas parte de la piel de la zona del pecho de Eric Arrieta mientras Zen examinaba desde muy cerca.
Lawson se paró al costado de Zinder.
—Ya ha pasado más de una hora —le dijo Lawson a Zinder al oído— ¿Encontró algo?
—No estoy seguro… Lo primero que hizo fue hablarle al oído.
— ¿Qué?
—Ese tal Zen, le habló al oído a Eric Arrieta.
— ¿Y qué sucedió?
—Cogió un bisturí y comenzó a abrir el cuerpo por partes. Supongo que está buscando algo.
— ¡Terminé! —dijo Zen, entregándole el bisturí a Roldán—. Ahora llévenme con la presunta asesina.
Lawson y Zinder se miraron y caminaron hacia la puerta de salida de la sala de autopsias.
—Por aquí —dijo Lawson.


            Era mediodía. La desesperación por esperar alguna respuesta de los policías los estaba matando por dentro. Nicolás y Mariana se encontraban sentados en el borde de la cama de la habitación de la clínica. Ella apoyaba su cabeza en el hombro de su esposo mientras ambos se tomaban de la mano. Las imágenes de sus hijos en sus mentes los torturaban. Tan pequeños y sufriendo un secuestro. No querían pensar lo peor.
            Sólo les quedaba esperar. No podían hacer nada, incluso dejó de importarles la amenaza que ella recibió. Solo querían volver a ver a sus hijos sanos y salvos.
            Paulo Silva entró a la habitación.
            Mariana se puso de pie y abrazó fuertemente a su hermano para luego caer nuevamente en un intenso llanto.
            —Parece que tu tobillo ya está bien —dijo Paulo luego de dar un suspiro.
            Mariana respondió asintiendo con la cabeza.
            — ¿Alguna novedad? —preguntó Nicolás.
            —Se podría decir que sí —respondió Paulo mientras dirigía a su hermana hacia la cama—. Hay muchas personas que nos están ayudando.
            — ¿Pero ninguna noticia sobre el secuestrador? ¿Cuánto dinero ha pedido?
            —Aún no se manifiesta.
            —Quiere mi muerte —habló Mariana—. Es lo que ha estado pidiendo en todos esos mensajes.
            —No digas eso —dijo su hermano— nadie más va a morir.
En ese momento sonó el teléfono celular de Paulo indicándole que había recibido un mensaje de texto.

Canal 8.

Por unos cuántos segundos Paulo se quedó viendo el mensaje mientras Nicolás y Mariana lo miraban extraños.
— ¿Es un mensaje del asesino? —preguntó Mariana.
Paulo se acercó al televisor de la habitación encendiéndolo. Manualmente pulsó el botón para cambiar de canales: Canal 5… Canal 6… Canal 7… Canal 8…
Justo en ese momento pudieron ver como un reportero narraba sobre una grotesca escena de crimen mientras un camarógrafo filmaba el cuerpo ensangrentado y sin vida de Lucas Silva.


La noticia se había expandido como un agresivo cáncer.
Todos los trabajadores de SILCORP se encontraban estupefactos mirando las noticias proyectadas por los televisores dentro del edificio. Nadie lo podía creer. Habían asesinado al fundador de la compañía. Junto con él, habían resultado gravemente heridos cuatro efectivos de su personal de seguridad. La principal sospechosa era su secretaria, Tania Salas, quien había sido quien llamó a los policías. Su extraña declaración la convertía en una supuesta culpable de aquel incidente.
La cantidad de reporteros no dejaban trabajar a los oficiales y detectives. Nunca hubo tanta gente alrededor de esa zona llena de árboles en las afueras de Ciudad Paraíso. Incluso, muchos de los presentes ignoraban de la existencia de la casa de campo de Lucas Silva.
De pronto, un auto negro seguido de tres patrulleros policiales se estacionó fuera de la casa.
El jefe de mayor cargo de los policías dentro de la casa salió a recibir al hombre que bajó del auto. Se identificó como Lucio y le entregó una carta con unas indicaciones. También cada uno de los reporteros de los diferentes medios había recibido una llamada de sus superiores.
Al cabo de quince minutos, solo Lucio y su personal se encontraban dentro de la casa. Ellos se encargarían del cuerpo y de la investigación.


Darious Lawson ya había ordenado a Oliver Zinder a que se retirara a su casa a descansar, tanto su esposa como su pequeño hijo necesitaban de su compañía.
Dentro de las carceletas del cuartel de policías, caminaba el comandante junto con aquel individuo misterioso llamado Zen. Los pasillos eran largos y los prisioneros siempre gritaban y maldecían, sobre todo cuando entraba Lawson. El comandante había puesto a la mayoría de esos criminales tras las rejas.
Los gritos de los delincuentes se hacían más intensos mientras más avanzaban. Lawson ya estaba acostumbrado, inclusive ya le causaba gracia. Pero a Zen no.
—Silencio…—Susurró el misterioso joven.
Lawson quedó estupefacto cuando todos los gritos cesaron. Los criminales dejaron de insultar y se callaron sentándose en sus respectivas celdas.
—Me molesta el ruido —dijo Zen mientras seguían caminando.


Habían pasado ya seis horas desde que asesinó a Lucas Silva.
Recién llegaba a su apartamento en uno de los suburbios de Ciudad Paraíso, la zona no le incomodaba. Si hubiera querido algo más lujoso, sabía que podía conseguirlo, pero por ahora, lo mejor era mantenerse en la oscuridad.
Solo tenía unas cuantas monedas en su bolsillo y una llave, la cual usó para entrar en su pequeña y oscura morada. En el otro bolsillo tenía un teléfono celular bastante moderno.
Un perro labrador color crema de aproximadamente siete años levantó la oreja para luego acercarse y lamerle la mano apenas entró en casa.
El plato de comida en el suelo aún se encontraba con pequeñas galletas para animales.
Al abrir el refrigerador, sacó una botella de agua y se tomó lo que quedaba de un solo trago. Luego, se acercó a un sillón marrón bastante descuidado y encendió el televisor tras tomar asiento.
La sonrisa de satisfacción al ver las noticias de diferentes medios sobre el asesinato de Lucas Silva fue brevemente opacada cuando alguien tocó la puerta. Seguro era esa mujer que vivía al frente. Se había convertido en una molestia. Todo se haría más simple si se acercara a la puerta y la matara.
Pero solo los culpables serían castigados.
No respondió al llamado. Se mantuvo en silencio hasta que dejaron de tocar.
Iba a volver a sonreír cuando regresó a sentarse en el sillón y ver las noticias sobre la muerte de ese asqueroso capitalista, pero la imagen de ese otro viejo en todos los canales le incomodó.
—“…Todas las preguntas respecto a la muerte de Lucas Silva serán respondidas en su respectivo momento…”
Apretó los dientes mientras seguía escuchando lo que decía ese anciano por la televisión.
—“…Con respecto al asesino… Sabemos sobre los demás crímenes, secuestros y esas ridículas notas amenazantes…“
Se hizo una pausa mientras los periodistas preguntaban todos a la vez.
—“…De lo que estoy seguro es que te atraparemos y será pronto…”
La transmisión se terminó y el televisor se apagó. En la total oscuridad y silencio solo se escucharon las palabras que se pronunciaron en su mente.
—Lucio… no sabes con quién te has metido…


La celda estaba en total oscuridad. La muchacha que supuestamente había asesinado a Eric Arrieta se encontraba sentada en un rincón.
—Ella es —dijo Lawson.
—Puede retirarse comandante, se le nota cansado y no es necesario que esté aquí.
Lawson miró a Zen como si un niño le hubiera faltado el respeto a su padre.
—Imposible —respondió el comandante—. Esta es mi prisión y yo veo todo lo que sucede aquí.
—De acuerdo… Entremos.
Al ingresar al calabozo, Layla ni siquiera había movido un dedo, una pequeña luz se encendió en la pared lateral y los ojos grises de Zen penetraron en el vidrio de los anteojos atravesándolos y llegando a las retinas de la muchacha.
— ¡¿Quién eres?! —preguntó Layla sobresaltada. De un brinco se puso de pie y quiso retroceder pero la pared negra de ladrillos la detuvo.
Zen dio un paso al frente y quitó los anteojos de la cara de Layla de un manazo que golpeó ligeramente la mejilla de la muchacha dando un grito alarmando a Lawson, pero el comandante dejó al misterioso muchacho trabajar con la prisionera.
La palma derecha de Zen se encontraba apoyada en la frente de Layla. Los ojos de la mujer se tornaron blancos y cayó de rodillas hipnotizada por el extraño poder de su interrogador.
—¡Quieta! —gritó Zen mientras Layla aún se sacudía desde el suelo.
Después de unos segundos, la muchacha se quedó inmóvil.
—Mujer, dime tu nombre —preguntó Zen.
—Layla Nazaire —respondió la muchacha mientras botaba saliva por la boca con la cabeza hacia atrás como si mirara al techo aún con los ojos en blanco.
— ¿Dónde y cuándo naciste?
Layla se quedó en silencio por un momento—. No lo sé—. Respondió finalmente.
—Recuérdalo… ¿Dónde y cuándo naciste? —Insistió Zen.
—No lo sé… No lo recuerdo.
Zen puso ambas manos encima de la cabeza de Layla y comenzó a respirar agitadamente. Lawson se sorprendía cada vez más ante los métodos de aquel individuo, pero no había otra solución. Si no hacía algo pronto, todo se le iría de las manos. Tal vez ese anciano de Lucio tenía razón al decirle que Zen era su única esperanza y atraparía al criminal.
—En un pueblo llamado Zuno a dos mil kilómetros de Ciudad Paraíso, en el año 2021.
—Ya está —dijo Zen separando sus manos de la cabeza de Layla— puede recordar todo.
Lawson aún asombrado, se acercó a Zen. La mujer hasta ese momento decía que no recordaba nada, menos sobre el asesinato de Eric. Sólo decía que lo había matado por orden de una nota.
—Que te hable sobre el asesinato de Eric Arrieta.
Se hizo una pausa mientras Zen respiraba con más calma.
—Layla —dijo finalmente.
— ¿Sí? —la muchacha parecía dormida de rodillas con mucha saliva saliendo de su boca y los ojos aun abiertos sin mostrar las pupilas.
— ¿Conoces a Eric Arrieta?
—Sí. Trabaja conmigo en la oficina legal de SILCORP.
— ¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
—En su departamento. Él estaba herido en el hombro por el cuchillo que le clavé.
El cansancio de Lawson de no haber dormido en más de 48 horas se diluía al escuchar las palabras de la muchacha. Era culpable, había apuñalado a Arrieta.
—Detállame, ¿Cómo sucedió todo, ese día que lo viste por última vez?
—Ni siquiera sé cómo llegué a su apartamento. Di un ligero vistazo y salió él de la ducha, me miró sorprendido e iba a poner su cara de arrogante una vez más, pero luego se dio cuenta que yo tenía un cuchillo de cocina en mi mano derecha. No le di tiempo de reaccionar y le salté encima. Ni siquiera entendía cómo lo había hecho. Tampoco sé cómo pude arrojarlo al suelo siendo él tan fornido y yo tan pequeña. Mis fuerzas parecían las de un tigre. Luego, me dio una patada que me hizo rodar por el suelo. Trató de ponerse de pie y pudo haberlo hecho. Pero justo en ese momento entró esa persona.
— ¿Qué persona? —Preguntó Lawson.
—El que escribió la nota.
— ¿Qué nota? —Preguntó Zen.
—La que esa persona me hizo tragar.
— ¿Tragar? —Dijo alarmado Lawson.
—Síguenos contando lo que sucedió luego que llegara ese hombre.
—No sé si era un hombre o una mujer, su cabello ocultaba su rostro, solo pude ver sus diabólicos ojos cuando me miraron obligándome a entregarle el cuchillo que aún tenía en mi mano. Luego, Eric trató de escapar pero en tan solo segundos ya había recibido más de veinte puñaladas. La sangre comenzó a salpicar por todo el departamento. Fue en ese momento cuando traté de reaccionar y pude ver que en mi mano izquierda aún estaba la nota que recibí de esa persona. Totalmente arrugada, pero todavía legible. Una voz entró a mi cerebro ordenándome que me la coma.
Lawson se sujetó la cabeza para frenar la migraña que le estaba dando en ese momento. Necesitaba descansar. Por otro lado, Zen se encontraba tranquilo, y sabía que no había otra salida.
— ¿Le han dado de comer a esta mujer?
—Sí —respondió Lawson señalando un plato con alimento y un vaso con agua—. Pero desde que llegó, no ha probado ni un bocado.
—Has hecho bien Layla —dijo Zen mientras remangaba la manga de su túnica.
Lawson tardó en reaccionar cuando el joven introdujo rápidamente dos de sus dedos en la boca de la sospechosa. Ella, en ese momento, despertó de la hipnosis abriendo los ojos de dolor y desesperación. Comenzó a toser todavía con los dedos de Zen en su boca impidiendo que entrara o saliera aire provocándole asfixia. Lawson se le iba a ir encima para detenerlo porque los pequeños ojos de Layla ya estaban rojos pero antes que lo haga, el misterioso muchacho se detuvo apartando la mano de la cara de la pobre chica para que ella pudiera vomitar.
La pequeña luz en la carceleta era suficiente para que pudieran ver aquel bollo de papel casi deshecho que había salido de algún lado del interior del cuerpo de Layla.

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