lunes, 13 de octubre de 2014

Capítulo III



CAPÍTULO III

DECISIONES MORTALES

Tras la llamada de uno de los médicos forenses, Darious Lawson se dirigía a la división mortuoria de la comandancia de la policía de Ciudad Paraíso.
Señor, tiene que ver esto —le había comunicado el sujeto que estaba examinando el cuerpo sin vida de Enzo Vialli.
Sabía que no debía dejar a Mariana Silva. No hasta que encuentre a sus hijos. ¿Dónde estarían los pequeños? ¿Porque el secuestrador de esos niños y asesino de Carmen Fiori se habría quitado la vida? Sus huellas digitales se encontraron por todos los rincones ensangrentados del departamento; y ahora ese maldito estaba muerto.
Lawson ni quería pensar que ese desquiciado haya ya matado a las criaturas y probablemente sus pequeños cuerpos hayan sido cortados en varias partes para nunca ser encontrados.
Todo estaba sucediendo de manera extraña. Pero a pesar de todo, el asesino ya había sido identificado y ya no cometería ningún otro crimen.
Cuando Lawson llegó a la sala de autopsias dentro del cuartel de la policía sólo pudo ver una habitación donde había un foco encendido. La penumbra de aquel lugar daba escalofríos y pocos policías bajaban solos a esa zona, pero el comandante ya estaba acostumbrado.
Habían cerca de cuatro cadáveres y el olor a podrido se hacía notar.
Darious Lawson era un sujeto de aproximadamente 45 años. Su grueso cuerpo era lo suficiente atlético a pesar de su edad. Tras la muerte de su padre, anterior comandante de la policía, él tomo el puesto dado que la responsabilidad y la dedicación hacia el prójimo habían sido heredadas. No había policía que estuviera inconforme con su trabajo.
—Comandante Lawson —dijo un sujeto que se encontraba de espaldas a él en aquella única habitación alumbrada— debería ponerse una mascarilla.
—Cómo sabe que no tengo una —respondió Lawson tapándose ligeramente las fosas nasales con sus manos.
—Porque están en aquel cajón —el médico forense señaló un escritorio con tres cajones. Lawson se acercó y tras abrir uno de los cajones, sacó una mascarilla blanca y protegió su respiración antes que el olor lo haga vomitar.
—Mi nombre es…
—Daniel Roldán —se anticipó Lawnson—. Conozco a todo mi personal, incluso a los que han sido trasladados hace una semana.
—No me esperaba menos de usted.
—Vayamos al grano Roldán —Lawson se acercó al cuerpo aún cubierto con una sábana blanca.
El médico se encontraba frente a él. Cada uno a un lado de la camilla donde estaba el muerto
—¿Qué era tan urgente? El caso aún no está terminado.
—Lo sé Comandante. Pero tenía que enseñarle esto.
Daniel Roldán sujetó un extremo de la sábana a la altura del rostro fallecido y lo destapó rápidamente.
Ésta vez la sangre de Darious Lawson quedó congelada. Había visto muertos antes y más desfigurados, incluso con huesos más partidos que los de Enzo Vialli. Pero nunca había visto algo parecido como lo que tenía el asesino en su pecho. Ahora entendía por qué aquel médico forense lo había llamado con tal urgencia. Entre las costillas destruidas y los órganos fuera del viejo cuerpo de Vialli se encontraba un mensaje escrito con un objeto cortante, un mensaje para el comandante.

Aléjese Lawson o su hija será la que morirá


Dentro de la Clínica Especial de Ciudad Paraíso, Mariana Silva aún esperaba noticias de la policía. Había tratado de comunicarse también con su esposo Nicolás, pero no había obtenido respuesta. Sólo su hermano Paulo había estado en la clínica y había usado toda su influencia para que los medios no armen un escándalo tras los sucesos. También facilitó las comodidades para la habitación de Mariana, de esta manera pueda tener lo necesario y que sólo los de la oficina legal y uno que otra cabeza de la corporación estén al tanto de lo sucedido.
A Lucas Silva no se le había informado nada. El corazón del anciano podría explotar tras recibir una noticia como esa. Era mejor no contarle nada aún hasta que encuentren a los niños.
Dos guardias acompañaban a Mariana en su habitación. Darious Lawson les había ordenado que nadie sin identificación entrara y que estén alertas ante una posible respuesta sobre el paradero de los niños.
Después de tocar la puerta y siendo vigilada por los dos policías, una enfermera entró en la habitación. Traía una bandeja blanca con pertenencias de Mariana encima. Un bolso marrón, un teléfono celular, y una bata blanca que se pondría Mariana para dormir.
Los oficiales revisaron el contenido antes de que sea entregado a Mariana. Ella había pedido con anterioridad esos objetos. Quería que Lawson viera el mensaje en el teléfono. Pensó que sería bueno que un especialista pueda averiguar de dónde habría venido aquel mensaje.
Dentro del bolso se hallaban sus objetos personales, pero algo le sorprendió. En el interior encontró una caja pequeña de color negro, era plana y estaba hecha de plástico, tenía una etiqueta pegada que decía: Abrir aquí.
—Señora Silva —dijo uno de los policías. Su nombre era Oliver Zinder. Era bastante alto, joven, su cabello era corto y rubio sus ojos eran negros y llevaba el traje de policía azul— deme eso.
Mariana estiró la mano con aquel objeto y se lo entregó al oficial, que lo puso en una de las mesas. En el momento que se disponía a investigarlo. La caja se abrió por si sola mostrando su contenido.
—Un disco —dijo el otro policía. Su nombre era Frank Nash. Su largo cabello negro era amarrado por una cinta, sus ojos eran negros, su piel era blanca, no era tan alto como Zinder.
Mariana se preguntaba cómo había llegado eso a su bolso.
—Esperemos que venga el comandante Lawson —sugirió el policía que había tomado la caja.
—Pongámoslo ahí— dijo Mariana, señalando un reproductor de videos en discos que se encontraba debajo de un televisor—. ¿Funciona no? —le preguntó a la enfermera.
—Señora Silva —habló el policía— será mejor que analicemos este video en la comandancia.
Los ojos de Mariana se clavaron en los del sujeto.
—La vida de mis hijos está en juego…—apretó fuertemente la sábana de la camilla— ¡Ponga el disco ahora!
Lo que vieron a continuación los dos policías, la enfermera presente y Mariana, les paralizó la respiración. La madre de los niños sintió un fuerte dolor al pecho cuando los vio en aquel monitor. Las criaturas estaban sentadas en algún lugar de la ciudad, se veía la luna llena y también las estrellas. El video había sido grabado en la intemperie, en algún lugar abierto de la ciudad. Las bocinas de los autos se escuchaban, pero no identificaban el lugar, solo se veía una pared blanca donde se apoyaban las espaldas desnudas de los niños con los ojos vendados. Aún estaban con vida, sin embargo, sus cuerpos temblaban debido a que no se encontraban con ropa. El frío los iba a matar más temprano que tarde. Uno de los policías rápidamente vio que el video marcaba la hora de su grabación, 8:35pm. Su mirada se dirigió al reloj de pared de la habitación, también vio el reloj en su muñeca, ambos marcaban la misma hora, 9:26pm.
No habían pasado ni 20 segundos de video cuando comenzaron a salir letras blancas en la pantalla.
Otro mensaje.

El frío aquí afuera es intenso
Estos niños morirán bañados en sus propias lágrimas
O tal vez en la lluvia que caerá pronto
El tiempo juega en su contra
El infierno te espera Mariana
La diferencia será cuando lo encuentres
¿Antes o después de morir?

Mientras las letras y las imágenes desaparecían del monitor, se escuchó un fuerte trueno que fue precedido por una intensa lluvia.


Las botas negras hacían que los charcos salpicaran por las fuertes pisadas que daba el comandante Darious Lawson. El frío entraba en sus pulmones y la intensa lluvia caía sobre sus ojos mientras trataba de encontrar algunas respuestas.
Enzo Vialli, el presunto asesino de Carmen Fiori y el secuestrador de los hijos de Mariana Silva se había quitado la vida lanzándose del piso once del edificio donde vivía. Según el médico forense, Daniel Roldán; el mensaje en el cuerpo de Vialli había sido escrito por él mismo justo antes de suicidarse.
La amenaza sangrante en el pecho del difunto no le asustaba, al fin y al cabo, ya estaba sin vida. No había forma que ese viejo se levantara y vuelva a caminar de nuevo. Lo que sí le incomodaba era que Vialli sabía que tenía una hija, y lo había amenazado o si no ella sufriría consecuencias. ¿Acaso habría un segundo asesino? ¿Un cómplice? O alguien que uso a Vialli y luego lo arrojó al vacío.
            Lo más importante en ese momento era encontrar a esos dos niños.
            Cuando llegó a su auto en la playa de estacionamiento del cuartel de policía, sonó su teléfono celular.
            —¿Si?
            —Comandante…—se escuchó a Frank Nash desde al auricular— tiene que apresurarse.
            —¿Qué ha sucedido?
            —Hay otro mensaje…
            —¿Qué?
            —…Un video.
            La comunicación se paralizó por unos cinco segundos, Nash esperaba la reacción de Lawson.
            —Otra cosa más comandante —volvió a hablar el policía— Mariana Silva ha sufrido otro shock nervioso y ha caído en un coma temporal.
            —Voy para allá.
            Darious Lawson subió a su auto activó la sirena, y se dirigió a toda velocidad hacia la Clínica Especial de Ciudad Paraíso.


            Layla Nazaire siempre salía preparada. Llevaba un paraguas negro que la protegía de las frías gotas que caían esa noche. Se había quedado conversando con Paulo Silva. Ella, siendo la asistente personal y principal de Mariana, tenía que enterarse de todo. Hasta que no encuentren a los niños, Layla tendría que tomar las decisiones de la oficina, y por mucho que estime a su jefa, sabía de su incompetencia y que todos ahí trabajarían mejor sin su presencia.
            La menuda mujer llegó a la puerta principal de la clínica, ya faltaba poco para las 10 de la noche. Sabía que el horario de visitas se había terminado, pero si en algo podía ayudar, ella estaría totalmente dispuesta a hacerlo.
            Layla odiaba cualquier tipo de transporte. Desde hace ocho años no se había subido a ningún auto, tampoco a trenes ni aviones. Sus padres y su hermano pequeño murieron en un trágico accidente automovilístico. Desde ese día comenzó a vivir sola en la casa de sus difuntos padres cerca del edificio de SILCORP. Vivía con tres gatos a los que alimentó antes de dirigirse hacia la clínica.
            Cruzando la puerta principal se encontraba la recepción. Una sala grande y con un escritorio de cinco metros cuadrado donde cuatro mujeres atendían a los que ingresaban.
A pesar de que era ya tarde, nunca pensó que la clínica más grande de Ciudad Paraíso estuviera tan deshabitada. Debía ser parte de las influencias de Paulo Silva para mantener la discreción con el caso de los niños desaparecidos.  
            —Por favor, ¿La habitación de Mariana Silva? —preguntó a una de las recepcionistas.
            —Señorita, no se permiten visitas a esta hora.
            —Soy la asistente personal de la señora Silva —dijo Layla tratando de adelantarse.
            La mujer la observó con tal intensidad que parecía que la mataría con la mirada.
            —¿Layla Nazaire? —Preguntó la recepcionista inclinándose hacia ella.
            —Sí… ¿Qué sucede?
            —Tengo algo para usted.
            Layla puso un gesto de no saber de lo que estaba hablando, la mujer sacó desde uno de los cajones un sobre blanco cerrado.
            —Una nota.


            Cuando el comandante Darious Lawson llegó al cuarto piso, donde estaba la habitación de Mariana en la clínica, encontró la puerta cerrada. Los dos policías que había asignado se encontraban en el pasillo.
            —El doctor nos ha pedido que esperemos fuera —dijo el oficial rubio Oliver Zinder.
            —¿Qué sucedió? —preguntó Lawson.
            —Llegó un paquete con éste video —Zinder le dio el disco a su comandante— pensamos que lo mejor era esperar a que venga señor.
            —Han hecho bien.
            —Tiene que verlo ya mismo. La vida de esos niños está en juego mientras hablamos— añadió Nash.
            Los otros dos asintieron con la cabeza y entraron a la habitación del frente que se encontraba vacía.
            Los tres permanecieron en silencio cuando pasaron esos 2 minutos de video.
            Cuando las letras en la pantalla se desvanecieron. Lawson volvió a acercarse al reproductor y quitó el disco para guardarlo en uno de los bolsillos de su traje.
            —Comandante —habló Nash— ¿No quiere verlo de nuevo?
            No será necesario —respondió Lawson— sé exactamente dónde los tiene escondidos.
            El comandante salió de la habitación y se encontró con el doctor que atendía a Mariana. Era un hombre calvo de gruesas gafas.
            —Doctor Linderoth, soy el Comandante de la policía, Darious Lawson. ¿Cómo está la paciente?
            —Ha vuelto a tener una recaída —respondió el doctor— su sistema nervioso es un desastre. Siempre le recomendé tomar pastillas para su stress, pero ella nunca hizo caso.
            —No la deje ni un segundo sola doctor. Dejaré al oficial Zinder si es que sucede algún imprevisto.
            —¿Imprevisto?
            —Sólo cuídela doctor —la mirada de Lawson se perdió en el pasadizo mientras dejaba atrás al Linderoth—. Vámonos Nash.
            —Sí, comandante.


            A pesar de su insistencia, Layla no pudo convencer a la anciana recepcionista para que la deje pasar y ver como se encontraba su jefa; Sin embargo, ésta le entregó un sobre cerrado.
            ¿Mariana le habría dejado órdenes?
            Se sentó en una de las sillas de la sala de espera y con mucho cuidado, notando si alguien la pudiera ver, abrió aquel sobre blanco.
            Dentro encontró una hoja también blanca con un mensaje.

Layla Nazaire,
Por más que trates ayudar a tu jefa, ésta vez no lo conseguirás. Su destino ya está escrito y en uno de estos días estaré arrancando su corazón con mis propias manos.
Los niños correrán el mismo destino, pero dependerán de ti. Salvaré a uno de ellos si es que mañana muere una persona.
Eric Arrieta.
Si quieres que uno de esos niños viva. Mata a ese hijo de perra. Ambos sabemos cuánto lo odias, cuantas humillaciones te ha hecho pasar, es el momento de cobrar venganza, ya tienes un motivo para arrancarle la vida. Hazlo por uno de los hijos de tu adorada Mariana.
Ten en cuenta, que si llevas ésta nota a la policía. La cabeza de uno de los niños será la comida de tus gatos.
Mata a Eric Arrieta.


Lawson y Nash subían por el ascensor al último piso del edificio donde se había producido el secuestro.
—Comandante, ¿cómo puede estar tan seguro?
—Esos niños nunca salieron de este edificio. El video ha sido filmado en la azotea —Lawson miraba con desesperación los números brillantes del ascensor cómo cambiaban—. Cuando vine ahora en la mañana, revisé bien éste lugar sobre todo la azotea que sería el único lugar por donde escaparía el asesino.
Nash  sabía que el comandante Lawson era realmente bueno, que tenía una memoria gráfica notable, pero nunca pensó que podía acordarse de los detalles del techo de un edificio y mecánicamente asociarlos con los que vio en el video.
De pronto, se escuchó un fuerte ruido y el ascensor se detuvo. Tras un remesón, las luces se apagaron y antes que pudieran reaccionar comenzaron a caer hasta que se produjo el impacto.



El sol entró extrañamente por la ventana de aquella habitación. El despertador sonó y la flojera, una vez más, invadía el cuerpo de Eric Arrieta. Al momento de pararse de la cama, tropezó con uno de sus zapatos pero se pudo mantener de pie para dirigirse al cuarto de baño.
Mientras se duchaba, pensaba en lo que había dicho Paulo Silva el día anterior. Los hijos de Mariana habían sido secuestrados y ella había caído en una crisis nerviosa que la había mandado a la clínica. No se pudo enterar de nada más. Lo que sí sabía era que los Silva tenían muchos secretos y tal vez alguien de mucho poder económico quería vengarse del viejo Lucas.
Algún día iba a pasar. La familia Silva tenía demasiado dinero. Un secuestro a los niños y pedir una recompensa no sería mala idea. Pero meterse con los Silva y con su sistema de seguridad sería imposible. Sólo Paulo y algunos más, entre ellos Eric, conocían sobre aquel sistema. El edificio donde vivía Mariana estaba completamente resguardado. Tenía cámaras y detectores por todos lados.
Hace unos años, Mariana pidió a Eric que la lleve a su casa. En esa época Nicolás también había salido de Ciudad Paraíso en un viaje de negocios. En ese momento, el joven abogado pudo ver la magnitud de la seguridad del apartamento. Sensores de calor, detectores de movimiento, incluso había un dispositivo que emitía una descarga eléctrica a quien paseaba por los pasillos del edificio sin ser identificado. El sistema se activaba de noche, y por el día sólo las cámaras tomaban los movimientos dentro del edificio.
El secuestro había ocurrido aproximadamente al medio día, y según el guardia encargado, no había entrado ni salido nadie sospechoso.
Eric salió de la ducha y sus pensamientos se vieron frenados por la presencia dentro de su sala.
¿Cómo esa menuda mujer había entrado en su apartamento? Todo en ella era negro, menos su piel, incluso el cuchillo que tenía en la mano también era negro.
—¿Layla? —dijo Eric mientras sujetaba la toalla blanca que cubría su cuerpo.


El dolor en sus piernas y brazos lo despertó. Esa habitación blanca le resultaba familiar. También los dos hombres que se encontraban parados frente a él. Ésta vez no llevaban sus clásicos uniformes de oficiales. Frank Nash llevaba un traje marrón con corbata negra, mientras que Oliver Zinder llevaba un traje azul oscuro y corbata del mismo color. Era el momento en que comiencen a pasar desapercibidos y actuar como detectives que eran. Ambos eran los mejores hombres de Lawson, que ahora se encontraba postrado en una de las camas de la Clínica Especial de Ciudad Paraíso.
—Qué sucedió —habló débilmente Darious.
—El ascensor comandante —respondió Nash—. Se cayó con nosotros dentro.
—Ha sido un milagro que estén vivos —dijo Zinder— sólo tiene contusiones en la cabeza y el brazo fracturado, Frank no tiene ni un rasguño.
—Ese si es un milagro —dijo Lawson.
—Caímos desde el séptimo piso —volvió a hablar Frank Nash—. Usted perdió el conocimiento y tuvimos la suerte de que el ruido alertara a toda la cuadra.
—¡Los niños! —reaccionó alterado Lawson.
—Apenas abrieron la puerta del ascensor y atenderlo, yo subí por las escaleras hacia la azotea lo más rápido que pude.
La mirada del detective se perdía en una de las paredes blancas de la habitación.
—¡Habla Nash! —Lawson lo hizo reaccionar.
—Era muy tarde. No pude encontrarlos, ni rastro de ellos, busqué por todo el edificio. Baje y subí las escaleras mientras se lo llevaban de emergencia a la clínica. Sólo encontré esto —Nash sacó de su bolsillo derecho una fotografía y se la entregó a Lawson—. El maldito se dio el tiempo de escribir eso en el suelo de la azotea.
El comandante visualizó la fotografía que había tomado Nash.
… Otro mensaje…

No estoy jugando Lawson. ¿Quieres que tu pequeña Adriana se quede sin papá o tal vez tú quieras quedarte sin hijita?
Ésta es la última advertencia que te doy. No te esfuerces en encontrarme. No podrás hacerlo. No intentes hallar a estos niños, que ellos verán a su madre siendo torturada y asesinada. No hagas que a tu hijita le suceda lo mismo.

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