lunes, 13 de octubre de 2014

Capítulo II



CAPÍTULO II

CONFUSIÓN

Mientras Mariana caminaba hacia el estacionamiento del restaurante para salir hacia el edificio de SILCORP, uno de los tacos de su zapato se partió causándole un serio dolor en el tobillo. En ese momento no le prestó mucha importancia, iba a entrar a su oficina con la policía e iba a meter presos a todos los que trabajaban con ella. Si querían guerra, guerra iban a tener.
Al presionar el acelerador, una ráfaga de corriente le pasó por toda la pierna, primera vez que sentía un dolencia como ese en el tobillo. Tal vez se lo había luxado. No importaba. Su cólera podía más que su dolor.
De pronto, su teléfono celular sonó fuertemente. Ella se había olvidado de sacarlo de su bolso antes de subir al auto y eso causó que no pudiera contestar la llamada al estar conduciendo.
Cinco minutos después, llegó al estacionamiento de SILCORP. Era custodiado por cinco vigilantes distribuidos en los dos sótanos de aquel monstruo de 13 pisos.
—¡Oye! —llamó a uno de los vigilantes desde dentro de su auto cuando aún se encontraba en la entrada del estacionamiento— reúnete con todo el personal de seguridad y vayan hacia mi oficina.
A pesar que Mariana era una mujer realmente engreída y caprichosa, no podía dejar que la compañía de su padre se manche con un delito. Todo debería quedar en silencio.
El teléfono celular volvió a sonar cuando cuadraba el auto en su sitio.
Mariana dejó el volante y contestó.
—¿Quién es?
—Señora Silva…—una gruesa voz hablaba desde el otro lado de la línea— soy el comandante Darious Lawson de la policía de Ciudad Paraíso.
—Justo quiero hablar con ustedes— Mariana apoyó teléfono celular encima de su hombro y ayudándose con la parte lateral de su cabeza lo sujetó para poder tomar nuevamente el volante y terminar de estacionarse.
—Entonces lo sabe Señora Silva.
—Esos malditos se van a enterar quien soy yo.
—¿Usted sabe quién ha sido?
—Imbéciles, creen que pueden jugar conmigo… Yo no estoy para bromas estúpidas.
—¿Bromas? Señora Silva, sus hijos han desaparecido.
Fue en ese momento en que Mariana bajó del carro y a pesar del intenso dolor en su tobillo dañado corrió hacia la puerta de entrada de la cochera del edificio y se dirigió a toda velocidad hacia su departamento cruzando las calles y mirando al vacío mientras se escuchaba la voz del agente Lawson saliendo desde el auricular sin tener respuesta. Mariana apretaba con todas sus fuerzas aquel teléfono celular de color rojo mientras corría cojeando como una demente.
Cuando llegó al lobby del edificio donde vivía, encontró a tres policías tomando declaraciones a algunos de los vecinos. No prestó atención a dos señoras que intentaron detenerla.
El sufrimiento en su tobillo era intenso y se le pasó por la cabeza en ese momento subir los nueve pisos por las escaleras ya que se encontró con un mar de gente en las puertas de los ascensores.
Por el rabillo del ojo pudo ver aquella mano negra que la sujetó de un brazo y de un jalón la arrastro hacia el ascensor atravesando a toda esa cantidad de personas que preguntaban si algo había pasado.
Cuando Mariana reaccionó vio a un corpulento hombre de piel negra elegantemente vestido. Su cabello era corto y ondulado. Llevaba un grueso bigote debajo de la nariz.
—Señora Silva, soy el comandante Lawson. Estamos haciendo todo lo posible para encontrar a sus hijos.
Mariana ni escuchó lo que dijo el policía. Solo apretó varias veces el botón 9 del ascensor y miraba cómo los números cambiaban lentamente.
… Piso 6…
… Piso 7…
—Señora Silva, lo que verá allá arriba puede causarle un fuerte impacto.
… Piso 8…
—Pero tenga por seguro que ninguno de sus hijos se encuentra ahí.
… Piso 9…
La puerta del ascensor se abrió.
Tres policías resguardaban el lugar con un cinto amarillo prohibiendo el paso de los vecinos. Mariana aturdida y aún con el dolor en el tobillo caminó resguardada por Lawson.
—Déjenla pasar.
Antes que ingrese a su apartamento, Mariana pudo ver a ese vecino vestido de negro, canoso y arrugado con la mirada fría y esa cara de preocupación fingida: Enzo Vialli.


A pocos Kilómetros, en el piso once del edificio corporativo de SILCORP, Cynthia Jordan se levantaba de su asiento observando a cada uno de los trabajadores de la oficina legal de la empresa.
Eric Arrieta se encontraba jugando con una hoja de papel doblándolo de tal manera que asemeje a un avión. El muchacho aparentaba no tener más de 30 años, su cabello era corto y negro, su piel blanca hacía resaltar sus pobladas cejas. Vestía una camisa blanca remangada hasta los codos y un pantalón negro. Silbaba mientras se meneaba en su silla giratoria. Sabía muy bien que sus ojos azules le habían dado el prestigioso sueldo que tenía junto a la comodidad de ser el engreído de la jefa.
Al frente de su escritorio, se encontraba el de Edgar Sagnier y sus 140 kilos de sobrepeso. Su enorme cuello era ajustado por su traje oscuro que lo hacía sudar de manera dramática. Apretaba, apresuradamente, las teclas de una moderna computadora.
Por su lado pasaba Layla Nazaire llevando un fólder naranja. La menuda muchacha de traje y gafas negras caminaba hacia el escritorio de Eric.
—¿Y tú por qué no trabajas?
—Escuchaste a la jefa. He sido despedido.
—¿Y por qué sigues acá? —Layla lo miraba de pie, mientras Eric le daba los últimos retoques a su avión de papel.
—Sabes que la jefa nunca nos ha despedido en serio— añadió Edgar desde su escritorio.
—Por eso esperaré aquí sentado hasta que regrese y que nos ordene seguir trabajando— respondió el apuesto muchacho—. Mientras tanto, déjenme descansar.
—Eres un flojo Eric —dijo Layla—. Sólo porque eres su consentido te aprovechas de la buena voluntad de nuestra jefa.
—¿Buena voluntad? —habló Ornella Pereyra. Una mujer mayor de aproximadamente 55 años. Llevaba un vestido marrón y una blusa blanca. Era delgada y bastante descuidada para la edad que tenía. Probablemente era la mejor abogada del mundo. Había ganado casos imposibles y el viejo Lucas Silva había puesto una millonada para contar con sus servicios—. Esa mujer nunca ha tenido buena voluntad.
Layla sabía que era muy peligroso contradecir a Ornella. La abogada era demasiado orgullosa para que una niñata como ella se le enfrente. Siempre había amenazado con irse si es que algo le molestaba, sobretodo alguna palabra inconforme de una sobona como ella.
—No entiendo por qué la defiendes tanto Layla —siguió Ornella—. Mariana es una mujer caprichosa que ha hecho de sus vidas una miseria laboral.
Edgar miró por el costado de su monitor para tener un mejor panorama de la respuesta de Layla, pero la asistente principal de Mariana se quedó en silencio. Eric soltó una sonrisa de complicidad burlándose de la pequeña mujer.
Mientras tanto, Cynthia caminaba hacia el escritorio de Mariana sin que los otros se dieran cuenta. Se asomó hacia abajo y del tacho de basura sacó una arrugada hoja blanca. Después de estirarla de manera lisa y leer lo que decía se dirigió hacia una máquina trituradora de papeles la cual destruyó dicha hoja.


            El comandante de la policía, Darious Lawson, volvía a entrar en aquel departamento de lujo de paredes blancas ahora manchadas de rojo. Lo acompañaba la dueña del inmueble, Mariana Silva. Ella pasó el primer minuto en shock después de ver la cantidad de sangre desperdigada por sus mubles, paredes, cortinas. Pareciera que una masacre se había llevado a cabo en ese lugar. Antes de que el agente Lawson vuelva a decir una palabra, ella ya había comenzado a gritar.
            —¡Mis hijos! —la mujer comenzó a correr de un lado a otro manchando su ropa y manos con la sangre salpicada—. ¡Alex!... ¡Manuel!... ¡¿Dónde están?!
            —Señora Lawson…—el moreno policía se había quedado de pie en el medio del salón.
            —¡¿Dónde están?!... ¿¡Dónde están mis hijos?!
            —Señora… esta sangre no es la de sus hijos.
            Mariana seguía entrando a las habitaciones gritando salvajemente. Las cámaras de televisión ya habían entrado al edificio tratando de captar algo relevante por la noticia de los niños aparentemente asesinados.
            De los escandalosos gritos que provenían de la garganta de Mariana, un silencio sepulcral se estableció en ese lugar luego de entrar a su habitación y ver a una persona bañada en sangre recostada en su cama. Lawson llegó en el momento que ella se llevaba las manos a la boca tratando de impedir que el vómito salga, aunque no pudo evitar las lágrimas que cayeron como chorros de agua.
            —Señora Silva… ¿Conoce a esta persona?
            Mariana había quedado impactada sin habla ante la figura macabra de esa persona. El vientre de la víctima seguía chorreando sangre cayendo por el suelo donde se veía la larga mancha roja de haber sido arrastrada desde el salón.
            —Señora Silva…
            —Sí. Si la conozco.
            Mariana miraba los ojos de la mujer que apuntaban hacia la herida en el estómago de donde se desprendían los órganos desparramándose sobre la cama donde dormía.
            —Su nombre es Carmen… Carmen Fiori. Es la muchacha que cuida de mis hijos mientras yo trabajo.
            En ese momento la breve tranquilidad de Mariana se volvía a derrumbar cayendo de rodillas y llorar de impotencia por sus hijos probablemente muertos en esa mezcla de sangre.
            —Mis niños…
            —Sus hijos no están aquí señora Silva —Mariana levantó la mirada hacia el rostro del comandante—. Sígame por favor.
            Entraron en el baño del dormitorio. Y en el espejo encontraron un mensaje escrito con la sangre de la pobre Carmen.
           
        Escoge cuál de los dos morirá primero

Las manos de Mariana sujetaron el lavatorio debajo del espejo e intentó no caer desmayada pero la sangre que llegaba a su cerebro se volvió inestable haciéndola perder el conocimiento y por poco partirse la cabeza contra aquel lavatorio si no era sujetada por el comandante Lawson.


Eran las 5 de la tarde. Faltaba una hora para que cada uno de los trabajadores de la oficina legal de SILCORP terminara con su horario laboral y dirigirse a sus domicilios.
En ese momento llegaron Laura y Paulo Silva a paso apresurado. El actual presidente de SILCORP vestía un elegante traje negro a la medida, una corbata dorada sujeta a una camisa implacablemente blanca. Tenía un corto y humectado cabello castaño, ojos pardos y delgadas cejas, una nariz respingada y los dientes extremadamente brillosos.
Antes que Layla o los demás abogados dijeran una sola palabra, ya Paulo había comenzado a dar el anunciado.
—Buenas tardes —se acercó junto con Laura al escritorio de Ornella—. Seré lo suficientemente breve para que lo entiendan rápido ya que no hay mucho tiempo.
A pesar de su excesivo cuidado físico, Paulo cumplía con suma eficacia la gerencia general y presidencia de la compañía. Definitivamente era todo lo contrario que Mariana, por ende, su padre le dio la confianza para que él dirija SILCORP y no su problemática hermana. Eso lo sabían todos y mostraban un sincero respeto por él. Incluso Eric, a pesar que vivía eróticamente hechizado por  su esposa, Laura.
—Señores —Comenzó Paulo— mi hermana Mariana está en la Clínica Especial de Ciudad Paraíso.
—¡¿Qué sucedió?! —Preguntó Layla alarmada.
—Déjenme terminar. Sus hijos han sido secuestrados y ella ha entrado en un estado de shock que le ha hecho perder el conocimiento. La mujer que cuidaba a Alex y a Manuel ha sido asesinada en el departamento. La policía ya se encuentra moviéndose por todos lados para hallar al culpable.
Los empleados de aquella oficina quedaron congelados ante la trágica noticia.
—No puede ser…—Dijo Layla mirando hacia el vacío.
—Les digo esto para que no se enteren de otra manera  —continuó Paulo—. Si algún periodista les pregunta algo, ustedes no saben nada del tema. Recuerden que la vida de mis sobrinos está en juego.
Eric, sorprendido por el anuncio, pudo alcanzar a ver a Cynthia llorar en su escritorio. De todas las personas que odiaban a Mariana, la morena sería la última en derramar una lágrima por ella. ¿Por qué estaría llorando?


Mariana volvió a abrir los ojos. La oscuridad había bañado sus retinas, todo se veía negro, sólo una pequeña ráfaga de luz entraba por una ventana en la puerta de aquella extraña habitación.
—¿Dónde estoy? —dijo levemente, sentía un intenso ardor en su garganta.
Trató de ponerse de pie, pero unas correas de cuero marrones sujetaban sus extremidades.
La desesperación se apoderó de ella. Se sentía mareada y no reconocía ni su propio cuerpo. No pasó más de un minuto desde que despertó y antes que comenzara a gritar.
Una ligera sombra en la oscuridad se movió ante ella y se acercó a su cama. La poca luz que entraba en aquella habitación ayudó a que Mariana visualice el rostro del individuo que estaba parado frente ella.
—Buenas noches Señora Silva —los amarillos dientes de Enzo Vialli hicieron que Mariana empiece a gritar.
El dolor en la garganta se intensificaba y el rostro de Vailli se acercaba. Hasta que la mujer despertó.
No había oscuridad, sino paredes blancas. No era sujetada por correas, sino por las delgadas manos de una pequeña enfermera intentando tranquilizarla. Y no era Enzo Vialli al que tenía al frente, era el comandante de la policía, Darious Lawson.
Mariana comenzó a jadear, se dio cuenta que estuvo gritando mientras esa pesadilla la dominaba. Se encontraba en la Clínica Especial de Ciudad Paraíso.
—¿Qué hago acá? —dijo aún con susto mientras la enfermera la ayudaba a sentarse.
—Se desmayó señora Silva —habló Lawson— y la trajimos a la clínica. Estuvo inconsciente por cuatro horas.
—Mis hijos —los ojos de Mariana volvieron a convertirse en un mar de lágrimas y se clavaron en los del policía— ¿Dónde están?
—Señora Silva…
—¡Dígame que han encontrado a mis hijos!
—Hemos descubierto al secuestrador por medio de huellas digitales.
Mariana ya sabía de quien se trataba.
—Enzo Vialli…—Dijo muy segura pero con mucho miedo.
Lawson se encontraba sorprendido.
—¿Cómo lo supo?
—Sólo dígame que mis hijos están bien, que ese maldito no les hizo nada.
—Señora Silva…
—Dígame que han matado a ese maldito hijo de perra— Mariana se puso de rodillas en la cama mirando fijamente al comandante.
—Señora Silva hay algo que tengo que decirle.
—No… No por favor… sólo dime que ese bastardo no les hizo nada a mis hijitos…—Mariana se desplomó en la cama soltando lágrimas en las sábanas blancas.
—Señora Silva, sus hijos no han sido encontrados en el departamento de Vialli.
—¡¿Pero acaso no han hecho confesar a ese hijo de puta?!
—No señora Silva…—se hizo una pausa mientras Mariana esperaba que Lawson hablase—. Enzo Vialli ha muerto, se suicidó hace una hora.
—¿Qué…?
—Se lanzó desde una de las ventanas de su departamento. Murió instantáneamente al chocar contra el suelo.

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