lunes, 13 de octubre de 2014

Capítulo I



CAPÍTULO I

CON LOS DÍAS CONTADOS

            Era demasiado tarde para tomar lo que quedaba de café en esa taza de porcelana. Mariana casi tropezó al ponerse uno de los zapatos por el apuro que tenía. Su cuerpo nunca había sido lo suficiente cómodo, sin contar su complicado embarazo de hace dos años. El vestido crema que llevaba casi se rompe al inclinarse hacia delante para tomar los cosméticos que saltaron de su bolso.
            Un sonido timbraba en todo el departamento, pero ella no hacía caso al estridente alboroto. Más prestaba atención a la TV que proyectaba una imagen de un hombre bien vestido que hablaba del clima en Ciudad Paraíso. Esto la hizo retroceder hacia su habitación y tomar un abrigo oscuro.
            Volvió a acercarse y contemplar por tercera vez a sus dos hijos que yacían dormidos en su cama reemplazando el lugar de Nicolás, su esposo que por viajes de negocios llegaría a casa en unos días más.
            Nuevamente sonó un timbre que la quitó del trance causado por la ternura de sus pequeños y se acercó a la entrada del inmueble para abrir la puerta. Ahí se encontraba una muchacha delgada de cabello castaño vestida con jeans y una blusa blanca.
—Hola, Carmen— saludó Mariana mirando hacia abajo. Un pequeño sobre en blanco se encontraba a sus pies.
—Buenos días—. Contestó la joven que tomó el objeto del suelo entregándoselo a Mariana.
            —¿Qué es esto?
            —No sé. No lo he traído yo.
            Mariana guardó el sobre dentro de su bolso y salió del portal de su departamento.
            —El almuerzo está congelado. No olvides que Manuel no puede comer nada con azúcar.
            Antes que Carmen pueda responder, Mariana ya se dirigía al ascensor con mucha prisa.
            —Buenos días, señora Silva— saludó un hombre canoso de aproximadamente setenta años con una barba desaliñada de tres días y unas gruesas gafas. Vestía un traje negro y las venas en sus largas manos se veían hinchadas al igual que las que tenía en la sien.
            —Buenos días, señor Vialli— respondió Mariana rogando que el ascensor bajara más rápido que de costumbre. Aquel individuo alto que tenía al frente le causaba escalofríos.
            —Hasta luego señora Silva— dijo el hombre ante la prisa de Mariana que parecía haber salido del ascensor dando brincos hacia su auto. La mujer no respondió y no quitó de su mente esos ojos azules de Enzo Vialli hasta llegar a un edificio a cinco minutos de su departamento.
            Mariana era una mujer madura; su relativa corpulencia le producía vergüenza. Su rostro era adornado por delgadas cejas y unos pequeños ojos pardos, su cabello negro caía sobre sus hombros y su presencia en ese edificio hacía que los trabajadores de las cincuenta oficinas dentro se pongan nerviosos. Ella era la hija del dueño de SILCORP, Corporación dedicada a la construcción de inmuebles y creadora de la mayoría de estructuras comerciales y habitables de Ciudad Paraíso.
            Su millonario padre había dejado el negocio en manos de Paulo Silva, hermano de Mariana, ahora encargado de todas las decisiones del negocio familiar.
            La oficina de Mariana se encontraba en el piso once. Ella veía los aspectos legales de la empresa, o eso era lo que su cargo ameritaba, pero en realidad, los que trabajaban eran sus empleados y ella sólo dirigía operaciones que muchas veces hicieron perder dinero a la compañía.
            Su engreimiento y caprichos habían obligado a su padre a contratar expertos abogados para que puedan solucionar las malas decisiones que ella tomaba.
            Ya en su sitio, levantó el teléfono para llamar a su esposo que había viajado a Nova, una ciudad a 48 horas de Ciudad Paraíso.
            Nicolás no se encontraba.
            Su frustración en ese momento la hizo ponerse de pie y buscar un culpable dentro de su oficina, cuya división constaba de tres áreas donde trabajaban siete empleados, de los cuales cinco eran abogados y dos asistentes. Antes que pudiera decir alguna palabra, una joven muchacha le ofreció un cigarrillo y un encendedor. Mariana la miró con esos fríos ojos pardos y recibió el paquete de cigarrillos tomando uno y llevándoselo a la boca para que su asistente, Layla, se lo encienda.
            —Relájese, jefa…—dijo la delgada muchacha de gafas y cabello negro.
            Mariana volvió a sentarse y metió la cajetilla de cigarrillos dentro de su bolso. Fue en ese momento que vio una vez más el sobre blanco que había encontrado debajo de su puerta. Antes de tomarlo, fue interrumpida por Edgar, un muchacho que sufría de obesidad transpirando exageradamente.
            —Señora Silva, estos son los documentos que necesitará para la reunión de las cinco de la tarde.
            Mariana tomó los papeles y los puso sobre su escritorio para poder revisarlos; luego hizo una seña con una mano y ambos empleados se dieron media vuelta y se dirigieron a sus respectivos sitios.
            Cuatro horas después, Mariana salía de una de las oficinas dirigiéndose a la suya para coger su bolso y retirarse a un almuerzo de ejecutivos de la corporación. En ese momento, volvió a visualizar aquel misterioso sobre y dudó por un momento en abrirlo. Ella se encontraba de pie, vio el reloj de oro en su escritorio, marcaban la 1 en punto. No le quitaría mucho tiempo averiguar que contenía. Tal vez una carta de su esposo, pero no tenía remitente, todo estaba en blanco, aparte, ¿quién usaría el correo convencional con tanta modernidad en los últimos tiempos? Tal vez haya sido de su padre, total, el viejo Lucas nunca se acostumbró a las últimas tendencias de comunicación electrónicas.
            Finalmente, Mariana se sentó en su escritorio y abrió el sobre blanco. Dentro se encontraba una hoja de papel escrita con pluma, sin duda aquella letra no era de alguien que ella conocía. Por un momento pensó que se podían haber equivocado de destinatario, pero después de unos segundos, se le congeló el cuerpo. Sintió que su sangre salía por uno de sus orificios nasales y las manos comenzaron a temblar mientras seguía leyendo aquella maldita carta.
           
         La justicia fue creada hace muchos años… antes que el hombre vuelva a caminar sobre ésta tierra. No es la primera vez que uno de nosotros juega a ser Dios y determina quien morirá o quien vivirá de acuerdo a los pecados que cometió.
       Tú has sido juzgada, Mariana Silva. Por tus pecados y por no haberte arrepentido de ellos, pronto morirás…
        
         Fue en ese momento, en que Mariana quiso salir del trance que le había causado leer esas primeras líneas. Arrugó ligeramente la hoja escrita poniéndose de pie y esperó a que uno de sus empleados le otorgue una mirada de complicidad, pero todos ya habían salido de la oficina dirigiéndose a la cafetería del edificio.
            Tomó asiento y siguió leyendo.

         … Yo mismo te asesinaré. Cortaré tu estómago y verás cómo tu sangre y órganos se desparraman por tu gordo y asqueroso cuerpo.
No sólo tú presenciaras ese doloroso momento. También tus pequeños bastardos estarán presentes. Incluso sería bueno matarlos a ellos primero, torturarlos y que tú veas como chillan de dolor, tal vez, les dé comer la carne de tu esposo. ¿Se pondrá más enfermo el pequeño Manuel al saborear la dulce sangre de su propio padre? O tal vez obligo a que Nicolás los mate a todos y  luego se suicide.
Tal vez te deje elegir. ¿Qué te parece arrancarles a tus hijos sus pequeños deditos y luego atragantarte con ellos hasta que no puedas respirar? ¿Que tus hijos te vean morir y luego matarlos? Podría arrancarte los ojos y dejarlos colgando mientras escuchas los gritos de tus pequeños mientras los torturo…
Estaré pensándolo; mientras tanto, tendrás un poco de tiempo para ir arrepintiéndote de tus pecados aunque no creo que finalmente vayas al Cielo.
Pronto tendrás noticias de la fecha y lugar donde sucederá.

El miedo penetro en el cerebro de Mariana; tan sólo imaginarse una escena, como las descritas en aquella carta, le paralizaba los huesos. Intentó llevarse un cigarrillo a la boca, pero al abrir su bolso, un espejo cayó partiéndose al impactar con el suelo. El sonido la hizo volver en sí y tras mirar una fotografía de ella junto con su esposo y sus hijos en un marco de madera, cogió la nota convirtiéndola violentamente en una bola de papel y la arrojó al tacho de basura debajo de su escritorio.
—Hijos de puta…
Se puso de pie y caminó hacia el ascensor. Las puertas de metal se abrieron salieron tres personas: Layla, su asistente; Eric, un joven apuesto e inteligente graduado de la universidad con honores y la mano derecha de Mariana en los temas legales; y Cynthia, una muchacha morena de bellos ojos verdes y cabello castaño rizado, abogada graduada, y la única capaz de ponerle freno a Mariana en aquella oficina.
—Jefa, la están esperando…— Layla, quien mostraba una gran sonrisa, fue interrumpida.
—¡Ustedes!... ¡Imbéciles! —Mariana los miró con odio— ¡¿Quién de ustedes fue?!
—Jefa ¿qué le sucede?— preguntó asustada Layla.
—¡Están despedidos! ¡Todos!
Mariana se metió dentro del ascensor y apretó el botón con una S para dirigirse al sótano del edificio donde estaban estacionados los autos. Luego de subirse al suyo, salió dirigiéndose al restaurante donde se llevaría a cabo un almuerzo de ejecutivos.


Los tres muchachos en el piso once del edificio SILCORP quedaron helados. No era la primera vez que aquella mujer les daba un grito sin causa o razón. Ya estaban lo suficientemente acostumbrados a la demencia de la hija del dueño. Antes los había despedido a todos. Pero ella, más que nadie, sabía que sin ellos, estaría arruinada.
—Gorda estúpida— dijo Cynthia mientras se quedaba parada mirando a la puerta cerrada del ascensor.
—No hagas caso— dijo Eric—. El no tener a su marido al lado debe de ponerla así.
—Que se busque otro, que no viaje tanto, o tú deberías ayudarla a ponerse al día.
Layla soltó una carcajada. La delgada muchacha ya se encontraba en su escritorio trabajando.
Cynthia no le vio la gracia pero también se dirigió a su escritorio para seguir trabajando seguida de Eric.


Los gritos y risas retumbaban en los oídos de Carmen Fiori. Ya no sabía cómo callar a Manuel y Alex, dos pequeños niños de piel blanca, cabellos negros y ojos marrones; ambos con la mitad de dientes debido a los cambios en su dentadura. Manuel siempre estornudaba. Sufría de alergia. Era un niño bastante tierno y siempre seguía los pasos de su hermano gemelo, Alex que era una bala perdida; extremadamente energético con una habilidad para aprender única.
Carmen había terminado de servir el almuerzo en la mesa, con mucho cuidado separando los ingredientes entre uno y otro hermano. Alex podía comer de todo, inclusive siempre estaba hambriento. En cambio Manuel, debido a su aparente enfermedad, no podía comer nada con azúcar. Inclusive se le prohibió tomar leche por su poca tolerancia  a la lactosa.
Alex devoraba su plato cuando el timbre del departamento sonó fuertemente. Carmen fue hacia la puerta, y abriéndola, vio el largo cuerpo de Enzo Vialli vestido con un traje negro y una gran sonrisa adornándole el rostro.


Mariana entró al restaurante con el ceño marcadamente fruncido  dando signos de molestia, la cual notaron ejecutivos que esperaban en una de las mesas.
—¿Te sucede algo, Mariana?— dijo un hombre delgado de aproximadamente setenta años con el pelo blanco.
Ella no respondió.
Se sentó al lado de una mujer pelirroja con un vestido del mismo color de su cabello. Ambas se miraron y torcieron el rostro mostrando signos de desprecio hacia la otra.
Mariana levantó la mano efusivamente haciendo gestos hacia el camarero más próximo, quien se acercó rápidamente.
—Tráigame algo con mucho alcohol.
Los presentes se miraron intrigados, Mariana siempre había tenido mal carácter, pero nunca se había comportado de esa manera; es más, ella nunca había tomado una gota de alcohol en los almuerzos ejecutivos.
De un solo trago, dejó vacío el vaso.
—Bien, comencemos— dijo ante la mirada atónita de los presentes.


Cynthia regañaba ofuscada mientras rebuscaba en un montículo de papeles.
—Maldita gorda… Ésta es la última vez que dejo que se escape sin que la mande a la mierda.
—Relájate, guapa— dijo Eric con una amplia sonrisa en el rostro—. Mas bien, ¿tienes el reporte de gastos en la semana? Los tengo que llevar al quinto piso.
—Los tengo yo.
Desde otro lado de la oficina, se escucharon los tacos de Laura, una mujer alta, rubia y de mucha clase. Si alguien odiaba profundamente a Mariana, era su cuñada. Se había casado con Paulo Silva, heredero directo de SILCORP. Años atrás, Mariana hizo todo lo posible para que Laura no se casara con su hermano; sin embargo, la hermosa rubia se salió con las suyas dándole el primer nieto al viejo Lucas Silva. Ahora, Laura trabaja también en SILCORP como asistente de Paulo.
Eric recibió el grupo de papeles traídos por Laura. Los dedos de ambos rozaron causando un ligero bochorno en el muchacho recordando un erótico episodio entre los dos hace algunos años. Si alguna mujer ponía nervioso a Eric, era Laura Silva, la mujer del ahora dueño de la empresa constructora.
Cynthia también se alegró de verla. Laura se llevaba muy bien con todos los que odiaban a Mariana, menos Layla. La menuda asistente siempre defendía a su jefa a capa y espada. A pesar de los gritos y despidos frustrados, ella sabía que Mariana sufría de ciertas crisis y no la culpaba de su mal carácter.
—Aquí está el cargo firmado— Laura estiró el brazo para entregarle un papel a Cynthia, quien agradeció con una sonrisa—. Escuché unos gritos. ¿Qué sucedió?
—Lo de siempre— dijo Cynthia.
—¿Otra vez despedidos?
—Sí —añadió Eric—. Pero creo que ahora si parecía estar muy molesta. Como si el diablo estuviera dentro de ella.
—Sus ojos—. Volvió a hablar la morena—. Esa mirada de odio. Nunca vi a alguien mirar así.
—Estupideces —dijo Laura—. Esa mujer cree que tiene el derecho de maltratar a quien le dé la gana. Sólo por ser la hijita del dueño. Ya habrá alguien que le dé su merecido.
—¿Tu lo harás? —respondió Layla desde su escritorio—. Te recuerdo que tú también estás en esta compañía no por tu talento, si no por ser mujer de Paulo Silva.
Laura miró a Layla y sonrió.
—Qué lástima que Mariana no sea lesbiana. ¿No, Layla? —la rubia se acercó a la menuda muchacha de gafas gruesas—. Aún nadie entiende por qué la defiendes tanto. Me gustaría saber si te pondrías delante de ella si alguien le disparara. ¿La defenderías de la misma muerte?
La rubia dio media vuelta y salió de la oficina.


Los ejecutivos de SILCORP llevaban media hora sentados y ya habían empezado a comer.
            Mariana, como nunca, había hablado sobre la seguridad y las normas de la corporación. El reforzamiento en respetar las leyes dentro de la empresa fue el tema central. Habló también de que necesitaría nuevo personal, cosa que causó la incomodidad de los otros ejecutivos ya que Mariana contaba en su oficina con los mejores abogados de Ciudad Paraíso.
            La vibración de su teléfono móvil la alertó. Mientras uno de los viejos ejecutivos de SILCORP hablaba, ella sacó el moderno aparato y vio un anuncio de haber recibido un mensaje de texto.
           
     En 7 días, morirás…

            Mariana, estuvo a punto de presionar la tecla para borrar aquel mensaje, que ni siquiera había terminado de leer. La curiosidad pudo más y continuó leyendo.
           
     Esto no es un juego, Mariana. Y si fuera así, jamás ganarías. La carta que has tirado a la basura pudiste haberla llevado a la policía.

            La silla donde estaba Mariana fue al suelo después de haberse puesto de pie. Las miradas de los presentes fueron hacia ella nuevamente. Los ejecutivos de SILCORP la observaban como si fuera una criatura rara. Nadie se llevaba bien con la hija del jefe. Además, todos pensaban que esa mujer estaba realmente loca, pero parecía que en ese preciso momento iba a explotar en un derrame cerebral. Los ojos de Mariana se encontraron desorbitados, su piel se puso de color amarillo, las manos comenzaron a temblar.
            —¿Te sucede algo, Mariana? —preguntó uno de los presentes.
            —Es uno de ellos —dijo Mariana mirando hacia la nada.
            —¿Cómo dices?
            —Hijos de perra…
            Mariana salió a toda velocidad del restaurante. Tanto los ejecutivos como el resto de gente que se encontraba almorzando, la vieron escapar rápidamente, para seguir luego comiendo.


            La sonrisa ancha de Enzo Vialli se abrió por completo mostrando sus amarillos dientes. Sus ojos azules detrás de sus gruesas gafas se clavaron en los de Carmen.
            —Buen día, señorita…
            —La señora Silva no se encuentra —dijo rápidamente Carmen tratando de cerrar la puerta, pero fue detenida por los largos dedos de Vialli.
            —Sé muy bien que la señora no está en casa —el viejo dio un paso adelante metiendo la mitad del cuerpo dentro del departamento.
            Carmen intentó presionar fuertemente la puerta para poder cerrarla, pero las intenciones de Vialli por entrar en la propiedad fueron reveladas al tumbarla de un empujón.
Los niños, sentados en una pequeña mesa en la cocina, sintieron un ruido que vino del salón. Cuando llegaron, vieron al señor Vialli y su largo cuerpo vestido de negro de pie en el portal del departamento. Carmen se encontraba en el suelo después de haber recibido el portazo.
—¡Niños! —gritó Carmen al verlos entrar al salón—. ¡Vayan al cuarto de su mamá!
—No es necesario —dijo el viejo dando un gigantesco paso al frente.
Alex rápidamente dio media vuelta y corrió usando sus pequeñas piernas hacia la habitación de su madre. En cambio, Manuel llenó sus ojos de lágrimas y antes que empezara a llorar, la mano de Enzo Vialli se dirigió hacia su rostro.

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