martes, 14 de octubre de 2014

Capítulo iv



CAPÍTULO IV

CONTINGENCIA

Las pisadas producían un eco vacío en aquel pasadizo oscuro. Dos soldados escoltaban a ese hombre, ahora dueño de todo SILCORP, Paulo Silva.
La frialdad en sus ojos delataba su tranquilidad, a pesar de no haber dormido en toda la noche, su posición firme demostraba su capacidad para manejar todo tipo de situaciones.
Se encontraban en una especie de bunker bajo tierra de paredes grises, solo al final se veía una pequeña luz arriba de una compuerta, que se abrió cuando uno de los soldados pasó su identificación por una ranura magnética.
—Pase señor Silva —dijo el soldado. Su compañero y él se quedaron fuera mientras Paulo entraba a una sala de conferencias donde sólo había un sitio libre. Los otros nueve asientos estaban ocupados por siete hombres y dos mujeres.
—Tome asiento señor Silva —Habló un viejo de cabello totalmente blanco que vestía un traje elegante de color negro, se encontraba en una de las cabeceras de la mesa.
Paulo obedeció. A su costado se encontraba una supuesta anciana debido a las notorias arrugas en sus manos, su rostro era cubierto por una máscara de bruja con una larga nariz. Su cabello era rubio y sus venosos ojos se clavaron en los de Paulo que ni se inmutó ya que la presencia del niño moreno de ojos blancos al otro costado le parecía más extraña.
—No te sorprendas por la apariencia de Morric —dijo el viejo de la cabecera— es bastante inteligente y su padre le transmitió todos sus conocimientos antes de morir.
Era la primera vez que Paulo veía a esos hombres y mujeres. No todos tenían apariencias y máscaras extrañas, pero el sitio donde se encontraban aparentaba ser el lugar más seguro del mundo.
Habían pasado ya siete horas desde que llamaron a su oficina. Un hombre se identificó como Lucio y le dictó unas coordenadas aéreas a las que se debería dirigir si quería salvarle la vida a su hermana y a sus sobrinos.
La voz por el teléfono del tal Lucio era la misma de aquel viejo sentado en la cabecera. Su anciana voz era marcada con un acento extraño que Paulo no descifraba de donde podía provenir.
—Sabía que llegaría pronto —dijo el viejo— es el mismo piloto que traía a su padre a este lugar.
— ¿Mi padre? —Preguntó Paulo intrigado, mas no sorprendido.
—Tendríamos mucho para hablar señor Silva, pero se lo resumiré en pocas palabras.
—Llámame Paulo y estoy de acuerdo, no tengo mucho tiempo que perder.
—Lo sé muy bien —respondió Lucio con mirada de preocupación—, empezaré con lo más básico.
De este modo, el anciano llamado Lucio empezó a hablar mientras que los demás, incluido Paulo, escuchaban con atención.
—Como te habrás dado cuenta al llegar con tu helicóptero, estamos en el medio del desierto. No hay forma de que alguien nos pueda encontrar. Solo muy pocos sabemos sobre la existencia de este lugar. En esta mesa están sentados los líderes del mundo— Paulo entrecerró los ojos ante esto último dicho por Lucio—. Obviamente, tu padre es miembro de este grupo de hombres y mujeres…Tú estás ocupando su lugar.
Paulo miraba fijamente los ojos de aquel anciano, aunque por momentos se fijaba en las apariencias de esos supuestos líderes mundiales.
—Tu padre no está aquí por obvias razones —continuó Lucio—. El hecho de que sus nietos hayan sido secuestrados por un desconocido y que su hija haya sido amenazada de tortura y asesinato, no lo harían pensar fríamente. Aparte, Lucas está ya muy viejo, ha sido sabio de tu parte no informarle nada, podría reventarle el corazón en el instante.
—Lo sé.
—Ahora tú tomarás su lugar.
— ¿A qué se refieren con tomar su lugar?
—Ya te lo dije. Somos los líderes del mundo. Una hermandad que ha sido creada desde tiempos inmemorables delegada de generación en generación, por eso tomarás tú el lugar de tu padre.
Paulo trató de ordenar sus ideas, pero no tenía tiempo, mientras más minutos pasaba ahí, más chances tendría el asesino para matar a sus sobrinos o a su hermana.
—Nosotros te hemos traído aquí porque queremos ayudarte— seguía hablando Lucio—. La hermandad Sigma siempre se ha protegido de situaciones como la que estás viviendo Paulo. Ciudad Paraíso no se hizo en un sólo día, la construyeron nuestros antepasados, al igual que las otras ciudades del mundo. Si suceden las cosas es porque nosotros quisimos que así sucedieran. Hemos tenido el control de toda situación que ha ocurrido desde que volvió a haber vida en la Tierra. Lucas siguió los pasos de tu abuelo, y éste de su padre.
— ¿Quieres decir, que ustedes son los que toman las decisiones que rigen el destino del mundo y así ha sido siempre?
—Así es.
— ¿Y qué ha pasado entonces? ¿Ustedes tomaron la decisión de raptar y amenazar a mi familia?
Los miembros de la hermandad Sigma, se miraron entre ellos, finalmente habló Lucio.
—No sabemos de quién se trata— se hizo otra pausa—. No sabemos cuántos son, dónde se encuentran, ni tampoco sabemos cómo lo hacen.
— ¿Y cómo piensan ayudarme?
—Directamente no lo haremos nosotros.
— ¿Qué quieres decir?
—Hay una persona que podría capturar a éste o éstos asesinos.
— ¿Y quién es esta persona?
—Ya lo conocerás. Viene en camino.


Eric Arrieta trataba encontrar los ojos negros de Layla detrás de esas gruesas gafas, pero sólo alcanzaba a ver el reflejo del sol que entraba por la ventana de la sala de su apartamento.
La mujer estaba parada cerca de la puerta, vestida de negro como siempre, pero esta vez en lugar de tener un fajo de papeles en la mano, tenía un gigantesco cuchillo de cocina.
A pesar de que Eric era soltero, se las había ingeniado para que su apartamento se vea bastante bien. Las paredes eran de color crema, adornadas por cuadros con pinturas de paisajes. La cocina se encontraba a unos 4 metros pero Layla estaba lo suficientemente cerca como para lanzarse sobre él y apuñarlo hasta morir si es que él hacía un movimiento en falso.
—Layla…—dijo con mucho miedo el muchacho— ¿Cómo entraste?
La figura espectral de Layla sólo levantó la mano para señalar la puerta.
Antes que Eric vuelva a preguntar, la menuda mujer saltó como si fuera un felino lanzándose encima del cuerpo desnudo su víctima haciendo que ambos cayeran al suelo. La primera apuñalada cayó de lleno contra el hombro de Eric. Éste dio un chillido que fue apagado por el intenso dolor. Nunca antes había experimentado la sensación de que un objeto afilado se le incrustara cortando piel, venas, músculos y órganos.
Las lágrimas de dolor obstaculizaban su visión. Sintió como el cuchillo volvió a salir de su cuerpo. Esta vez no fue sólo un chillido, sino un verdadero grito. ¿Cómo era posible que su compañera de trabajo fuera a buscarlo hasta su departamento para asesinarlo? ¿Cómo había podido tener tanta fuerza para tumbarlo y hundirle completamente un cuchillo en el hombro siendo ella tan pequeña?
El tiempo se hacía eterno, esa segunda puñalada tardaba en llegar, o tal vez ya se había producido pero ya ni la sintió por el intenso dolor en el hombro.
Entre sus gemidos y chillidos, Eric pudo escuchar como la puerta se abría. Su último grito había alertado a uno de los vecinos.
Trató de ponerse de pie usando sólo las piernas pero volvió a caer sentado, apoyó su espalda contra una de las paredes. Pudo ver a Layla de rodillas en el suelo mirando hacia abajo y con el cuchillo aún en su mano. Parecía poseída.
Eric giró el cuello soportando el dolor en el hombro y vio la silueta de la persona que se encontraba en el marco de la puerta del edificio.  La luz del sol que entraba desde fuera hacía que no pueda ver con exactitud al individuo que había llegado tras su grito.
—Hola Eric.
—Esa voz…—habló Eric para sí. Buscaba dentro de su pasado aquella tonalidad entre masculina y femenina.
—¿Me recuerdas? —la persona dio un paso hacia delante y miró hacia Layla que aún se meneaba de un lado a otro arrodillada en el suelo. La muchacha le entregó el cuchillo.
El sol dejó de ser un impedimento para que Eric pueda ver el rostro de aquella persona que se acercaba a él con el cuchillo en la mano.
— ¡Tú…!


El nudo de la corbata negra ajustaba a la perfección la camisa blanca del comandante Darious Lawson. Él y los oficiales Frank Nash y Oliver Zinder aún se encontraban en el cuarto de reposo de la clínica.
—Comandante —decía una joven enfermera —debería estar aún en cama. Sus heridas todavía no han terminado de sanar.
—No tenemos tiempo que perder —dijo Lawson mientras se acomodaba la venda en su cabeza— el asesino se sigue burlando de nosotros y hasta ahora no sabemos nada de él. Una y otra vez nos amenaza con sus juegos mentales… A nosotros, que somos policías de la ciudad más importante del mundo y no podemos atrapar a este sujeto.
—Tal vez no sea uno solo—. Dijo Zinder.
—Una mafia—. Agregó Nash.
—No lo sabremos hasta que tengamos a alguien tras las rejas.
Los tres salieron de la habitación y se dirigieron a la de Mariana Silva.
Cuando llegaron, encontraron la habitación cerrada debido a que el doctor lo solicitaba así. La paciente aún no había despertado.
Los policías que había dejado Lawson todavía se encontraban en el pasillo cuidando de Mariana. El comandante los encontró algo intranquilos. Se miraban entre ellos.
—¿Qué sucedió? —Lawson pensaba lo peor. Algo le había pasado a Mariana, el asesino había atacado de nuevo, alguno de los niños había muerto.
—Comandante —Habló uno de los policías —han asesinado a Eric Arrieta.
— ¿Y quién es ese?
—Uno de los abogados de la oficina de Mariana Silva —añadió Nash— y también amigo mío.
— ¿Quién lo mató? —Preguntó Zinder.
—Layla Nazaire— dijo uno de los policías.
— ¿Y quién es esa? —preguntó Lawson.
—La asistente principal de Mariana Silva— respondió el policía— ahora está en la carceleta de la comisaría.
Lawson, Nash y Zinder se quedaron sorprendidos. No podían creerlo. ¿Qué era lo que estaba sucediendo? Toda persona que rodeaba a Mariana Silva, era asesinada o implicada en un crimen.
—Quédense aquí —ordenó Lawson— Nash, Zinder, vengan conmigo, vamos a hablar con esa tal Layla Nazaire.


En la oficina legal de SILCORP, parecía que todo estaba yendo mejor que de costumbre. Bajos las órdenes de la experimentada Ornella Pereyra, la atractiva morena Cynthia y el obediente Edgar trabajaban mucho mejor que cuando estaban Mariana, Layla y Eric.
A pesar de todo, se preguntaban porque ni Layla ni Eric habían ido a trabajar ese día.
—Par de relajados —renegaba Cynthia—. ¿Creen que porque la jefa ha tenido problemas pueden faltar al trabajo?
— ¿Problemas? —Cuestionó Ornella mientras la miraba por encima de sus gruesas gafas—. Han secuestrado a sus hijos. A pesar de que Mariana sea una verdadera arpía hija de puta, ninguna mujer merece pasar por lo que ella está pasando.
—Es verdad —añadió Edgar—. Tú Ornella, eres madre y entiendes eso. Pero tan sólo imaginar que algún miembro de mi familia ha sido secuestrado, pues me provoca la peor de las sensaciones.
—Yo lo entiendo —dijo Cynthia— pero algo me dice que sabía que esto iba a pasar. Es más, estoy segura que ustedes también sabían que algo así le ocurriría tarde o temprano a Mariana.
Edgar y Ornella se quedaron en silencio.
—No somos los únicos a los que Mariana ha tratado mal. Todo por ser la hijita de Lucas Silva. Ella siempre creyó que podía hacer lo que quisiera con todo el mundo. ¿Cuántas veces habré deseado matar a esa maldita? ¡Millones! O tú, Ornella, sabiendo lo inteligente que eres podrías tú misma idear un plan para dar una lección a esa estúpida.
— ¿Qué quieres decir Cynthia? —preguntó la experimentada abogada.
—Que todos nosotros y muchas personas más odiábamos a Mariana Silva. Y qué lo que le está sucediendo, se lo merece.
— ¡Son sólo unos niños! —se alarmó Edgar.
—Son víctimas de los pecados de su madre —dijo finalmente Cynthia.


El sol se ocultaba, y las luces se prendían dentro de la Clínica Especial de Ciudad Paraíso. Por fin, Mariana Silva despertaba de la crisis nerviosa que la había hecho dormir casi todo un día. Una enfermera se encontraba dentro, midiendo el nivel de suero que la alimentaba.
—Señora, informaré al doctor que ha despertado.
— ¿Qué hora es?
La enfermera vio el reloj de pared en la habitación.
—Seis de la tarde.
— ¿Tanto… he dormido?
—Volvió a caer en una crisis. El doctor estimaba que despertaría a estas horas. Le diré que venga.
— ¿Dónde está Lawson? ¿Alguna novedad?
—No lo sé señora. Fuera de esta habitación se encuentran cuatro policías cuidándola.
— ¿Y mi padre? ¿Mi hermano?
—No lo sé.
En ese momento se escuchó a un hombre gritar y forcejear con los policías fuera de la habitación. Las amenazas de disparo de los policías no frenaron al individuo que exigía ver a su esposa.
El tobillo dañado de Mariana le produjo un fuerte dolor al bajar violentamente de la cama. La enfermera trató de detenerla pero ya la paciente se había arrojado hacia la puerta abriéndola para caer en los brazos de Nicolás Lender, su esposo.


Lawson, Nash y Zinder veían tras un vidrio a la derrotada Layla Nazaire en un cuarto a oscuras sentada en una esquina.
—Sus huellas están en toda la escena del crimen —dijo Zinder—. Sobre todo en el cuchillo con el que asesinó a Arrieta
—Han sido más de veinte puñaladas —añadió Nash—. Pobre Eric, era un buen amigo.
—Algo me dice que ustedes no creen que haya sido esta mujer —dijo Lawson.
—¡Comandante! —habló eufórico Nash—. Esta mujer mide menos de 1.60mts. Y pesa menos de 40kgs. Es imposible que pueda matar con un arma blanca a un muchacho atlético como Eric.
—Después veremos el cuerpo de Arrieta. Por ahora enfoquémonos en lo que nos pueda decir esta mujer. Es la única pista que tenemos.
Desde dentro, Layla vio como entraban los 3 hombres vestidos con elegantes trajes, uno más serio que el otro, a pesar de la escasa luz, reconocía al que iba delante, sin duda era el comandante Darious Lawson. No era para menos, ella había asesinado a una persona. No recordaba bien lo que había sucedido, pero sabía que había cometido un crimen espantoso.
Las intensas luces se encendieron cegándola parcialmente.
—Levántese señorita Nazaire —dijo Lawson ofreciéndole la mano ayudándola a ponerse de pie.
Apenas la menuda muchacha puso sus dedos en la gigante palma de Lawson, éste, de un jalón, la sentó en una silla en medio de la sala.
La mujer dio un quejido pero se resignó a aguantar ese pequeño dolor, ya que tratarían de quitarle toda la información posible incluso golpeándola. Información que no tenía.
Layla estaba al centro mientras los tres policías la miraban fijamente.
Lawson empezó.
—Señorita Nazaire. Alrededor de las ocho de la mañana usted irrumpió en el apartamento del señor Eric Arrieta.
En ese momento, Layla se había dado cuenta que ni siquiera conocía la dirección del apartamento de Eric. No recordaba cómo había llegado ahí.
— ¡Responda! —gritó Lawson sobresaltando a Layla que sólo atinaba a llorar.
—Yo sólo quería salvar a los niños—. Dijo sollozando la mujer.
Los policías se miraron.
— ¿Los hijos de Mariana Silva? —Preguntó Zinder.
—Sí…
— ¿Quieres decir que Eric Arrieta es el que secuestró a esos niños? —Esta vez preguntó Nash.
Lawson no podía creerlo. Esa pequeña mujer había encontrado al secuestrador y lo había matado a puñaladas. A Layla se le conocía por ser la más fiel ayudante de Mariana Silva y lo había demostrado al averiguar por su cuenta el paradero del criminal.
—No…—dijo Layla, sacando de concentración a Lawson—. Eric no tuvo nada que ver con el secuestro de los niños.
— ¡Entonces por qué lo mataste! —Gritó Nash—. ¡Eric era un maldito pedante pero jamás cometería un crimen!
— ¡Fue la nota! —dijo Layla soltando todas las lágrimas posibles.
— ¿Qué nota? —preguntó Lawson.
—Sólo recuerdo que leí una nota ayer por la noche, se dirigía a mí con órdenes de matar a Eric. Si no lo hacía, uno de los niños moriría. De ahí no recuerdo nada más —la mujer seguía llorando intensamente—. Luego, desperté en esa sala donde vi el cuerpo de Eric o lo que quedaba de él. Todo estaba lleno de sangre, mis manos estaban rojas sujetando un cuchillo.
—Así te encontraron los oficiales que te trajeron acá —añadió Zinder mientras Layla se derrumbaba en llanto.
Los policías se miraban entre sí buscando respuestas.


El doctor Linderoth entró a la habitación cuando Mariana había terminado de contar todo lo que sabía a su esposo. Estaban sentados tomados de la mano en la cama donde debería estar reposando Mariana. Los ojos de ambos estaban llenos de lágrimas.
Nicolás era un hombre relativamente pequeño, casi del mismo tamaño que Mariana. Su piel no era ni clara ni oscura, sus jalados ojos eran negros al igual que su escaso cabello.
—Señor Lender —dijo el doctor— créame que entiendo la situación por la que están atravesando. Pero como doctor, necesito el absoluto reposo de su esposa.
— ¿Y por qué no me lo dice a mí directamente? —preguntó malamente Mariana.
—Porque usted nunca hace caso a mis consejos médicos señora Silva —respondió seriamente el doctor.
Tanto Mariana como Nicolás sabían del prestigio de Linderoth, no había un doctor mejor que él en toda Ciudad Paraíso.
—Será mejor que descanses —dijo Nicolás levantándose de la cama—. El doctor tiene razón, ya has sufrido dos ataques nerviosos en pocas horas.
—¡¿Pero te das cuenta lo que ha ocurrido?! —Gritó enérgicamente Mariana— ¡Han secuestrado a nuestros hijos!
—Lo sé —dijo Nicolás besándole la mano— pero no podemos hacer nada, solo mantenerte segura. Hay cuatro policías armados fuera y harán todo lo necesario para protegerte.
— ¿Alguna noticia de Lawson? —preguntó Mariana a Linderoth.
—No mucho —respondió el doctor— sólo sé que tienen a un sospechoso.
Mariana sobresaltó mirando fijamente Linderoth.
— ¡¿Quién?!
—No lo sé —el doctor hizo una pausa—. Sólo esperemos que esta pesadilla termine pronto.
Mariana volvió a recostarse y comenzó a llorar intensamente con el rostro apretado contra la almohada.
— ¿Se quedará esta noche señor Lender? —preguntó Linderoth
—Así es. Necesitaré una cama extra.
—Enseguida. Haré que una enfermera traiga una —dijo el doctor mientras salía de la habitación—. Vendré luego a revisar a la paciente.
Nicolás bordeó la habitación dirigiéndose a la ventana que daba a la calle. Antes que cierre las cortinas, pudo ver la silueta de una persona en la acera del frente mirándolo fijamente. La oscuridad de la noche no dejaba distinguir al individuo pero Nicolás estaba completamente seguro que lo estaba observando.


La desesperación invadía la mente de Paulo Silva, había recorrido gran parte de ese gigantesco bunker en el medio del desierto y sólo había visto a unos cuantos soldados y a algunos miembros de esa hermandad Sigma dispersos. Esos individuos eran realmente raros. Había visto a un hombre vestido con un traje antiguo o de alguna cultura desconocida practicando una danza de invocación. Otro hombre con un traje negro y un parche en el ojo le ofreció una galleta, pero Paulo la rechazó con una falsa sonrisa.
La paciencia se había terminado, la última hora se la pasó buscando al tal Lucio hasta que lo encontró en una sala de monitoreo de pie observando un grupo de pantallas.
—Sé en lo que debes estar pensando Paulo —se adelantó el viejo— pero confía en mí. El sujeto que vendrá, es la única esperanza para salvar a tu hermana y a tus hijos.
—He perdido mucho tiempo Lucio, y desde aquí no puedo comunicarme con nadie, no sé si el piloto de mi helicóptero se ha marchado. Probablemente mi hermana esté ya muerta.
—No. Tu hermana aún está en la clínica donde la dejaste, y si el asesino la hubiese querido matar, ya lo hubiera hecho.
— ¿Tan peligroso lo consideras?
—Por eso hemos llamado a Zen.
— ¿Zen?
—Ese es su nombre, o así es como se hace llamar. En realidad muy pocas personas lo han visto. Es uno de los seres humanos que ha controlado el mundo desde hace mucho, no se sabe en realidad su edad, algunos lo han visto como un viejo arrugado, otros como un joven. Lo que yo creo es que antes de morir deja a alguien de discípulo y le comparte todos sus conocimientos.
Mientras Lucio hablaba, ambos sufrieron esa intensa sensación. Era la primera vez que el corazón de Paulo latía tan rápido. El cuerpo le comenzó a temblar, la adrenalina que invadió su organismo era única.
—Ya está aquí. —dijo Lucio señalando una de las pantallas.
Las luces que alumbraban el nocturno desierto ayudaron a Paulo a ver al sujeto que caminaba hacia la puerta principal del bunker.
—Vamos —habló nuevamente Lucio mientras avanzaba hacia el encuentro de Zen.
Varios de los miembros de la hermandad Sigma ya estaban ahí cuando entró aquel hombre encapuchado con una gran manta marrón que cubría todo su cuerpo.
Paulo había escuchado antes sobre cierta energía que irradiaban algunos seres de culturas antiguas, o tal vez los humanos que poblaron la tierra en la era antigua, pero nunca había estado frente a frente ante uno. Hasta parecía que el aire era diferente. Ese sujeto de ahí definitivamente no era normal.
—Lucio—. Susurró el sujeto llamado Zen con una hipnotizante voz —te ves viejo.
—Tu línea de tiempo es diferente a la mía —respondió Lucio.
—Algo tarde para ti para que entiendas eso.
Lucio soltó una ligera carcajada mientras Zen se descubría el rostro.
Paulo quedó congelado por la apariencia de ese sujeto.
Su largo cabello negro era sujetado por una soga, su piel era de color canela, sus ojos eran grises, y aparentaba ser un joven de 20 años.

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